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Decenas de personas durante una manifestación pacífica, a 30 de agosto de 2026, en Ceuta

Decenas de personas durante una manifestación pacífica, a 30 de agosto de 2026, en CeutaEuropa Press

Ceuta y las cosas que se fueron

El síndrome de ciudad náufraga, abandonada a su suerte por el resto de la tripulación, lleva un tiempo instalado en Ceuta

Nuestros reyes visitan Ceuta. Desde sus orígenes, toda monarquía es ante todo un agregado, acumulado durante siglos, de gestos simbólicos. Y este gesto, que algunos consideran inútil y otros inconveniente, me parece de suma importancia. Como hijo y nieto de ceutíes, la visita real (aunque se haya hecho esperar demasiado) me parece una auténtica bendición que traerá esperanza a una ciudad angustiada que vive desde hace meses en un auténtico estado de sitio no declarado.

Desconozco los detalles del itinerario real. Pero doy por supuesto que incluirá la Plaza de África, corazón de la ciudad. En la Plaza de África, incrustado en las centenarias murallas, se encuentra el Parador de Ceuta. Ese lugar está asociado en mi memoria a felices recuerdos de infancia, cuando, en los veranos que pasábamos al otro lado del Estrecho con mis abuelos paternos, tomábamos un delicioso chocolate caliente que olía a trópico y nos dejaba churretes en las caras en lo que entonces se llamaba el Hotel Muralla. Como habían hecho mis abuelos de niños llevados por mis bisabuelos a la salida del colegio.

Cuando mis abuelos iban en su infancia a la Plaza de África a tomar chocolate, todavía no existía el Parador y en esa plaza todavía se alzaba la llamada Torre del Reloj. Una vieja y orgullosa torre blanca con balconaje de hierro levantada en 1730, durante el reinado de Felipe V, por el entonces gobernador de Ceuta, Manuel de Orleans. La erudición local asegura que el reloj de la torre fue el primero que hubo en todo el norte de África, o al menos el primer modelo con isocronismo del péndulo, el último grito entonces en el arte de la relojería.

Por desgracia, este singular edificio fue demolido en el año 1966 y de él no quedan más que fotos en blanco y negro que mi padre me decía que no le hacían justicia. Mi tío abuelo, el poeta ceutí Antonio Rodríguez Guardiola, dedicó unos versos a la torre cuando esta fue demolida, un poema titulado Cosas que se fueron. La vieja torre había sido testigo de sus chocolates de infancia y sus amoríos de juventud. En una de sus estrofas se lee:

El forastero que escuche
este fúnebre lamento,
no comprenderá mi pena.
¿Qué sabes tú forastero?
Yo soy ‘caballa’; yo lloro
porque la amé; porque tengo
enterrados a mis padres
en la Perla del Estrecho.

Quizá a nuestros reyes les enseñen en su visita un antiguo escudo que estaba en la Torre del Reloj. Un gran escudo grabado en piedra del primero de los Borbones que tiene una inscripción en la que se lee: Reinando Don Felipe V en España mandó hacer la Torre, Reloj, Campana y Balcón, el Excmo. Sr. Don Manuel de Orleans, Conde de Charny, Gobernador de esta Plaza y Teniente General.

Su descendiente, Felipe VI, es parte del vínculo de Ceuta con el resto de España. Un vínculo histórico que, como todo vínculo, debe ser revivido, hecho carne, de cuando en cuando, o morirá. Y la larga sombra del Sultán se alargará sobre la ciudad. El síndrome de ciudad náufraga, abandonada a su suerte por el resto de la tripulación, lleva un tiempo instalado en Ceuta. Si el náufrago finalmente se ahogara, si Ceuta pasara a la triste lista de cosas que se fueron, algo en mi interior morirá con ello. Y también algo en el alma de España.

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