Espadaña del monasterio de San Isidoro del Campo
Sevilla
Pozos, acequias y almazaras: la restauración de un monasterio en Sevilla revela la vida secreta de sus monjes
Los trabajos sacan a la luz vestigios que muestran hasta qué punto la actividad económica y la organización del agua resultaban esenciales para el funcionamiento del cenobio
El monasterio de San Isidoro del Campo, uno de los enclaves histórico-artísticos más destacados de Andalucía, se encuentra inmerso en un proceso de rehabilitación que está permitiendo descubrir el modo de vida de los monjes. Los trabajos emprendidos en la almazara, el pósito y el almacén han sacado a la luz vestigios que muestran hasta qué punto la actividad económica y la organización del agua resultaban esenciales para el funcionamiento del cenobio, situado en Santiponce.
La intervención, iniciada el pasado mes de febrero, constituye la primera actuación integral sobre unos espacios de cerca de 7.000 metros cuadrados tradicionalmente vinculados a las labores agrícolas y ganaderas. Las tareas de limpieza, desescombro y análisis arqueológico están proporcionando ahora una valiosa información sobre las diferentes fases constructivas y sobre las dinámicas internas de una comunidad caracterizada por la combinación de espiritualidad y trabajo.
Uno de los descubrimientos más relevantes corresponde al sistema hidráulico localizado en el patio que conecta la almazara con el depósito de grano. La aparición de pozos, arquetas, conducciones y sumideros revela una compleja red destinada tanto al drenaje como al riego de las huertas monásticas. La conservación del pozo de la noria y de una alberca apunta incluso a un origen anterior, posiblemente relacionado con la etapa cisterciense fundacional del monasterio, levantado a finales del siglo XIII.
Estos hallazgos permiten comprender mejor la importancia que tenía la gestión del agua para el sustento de la comunidad. El abastecimiento de las huertas garantizaba la producción de alimentos y favorecía una economía prácticamente autosuficiente. El sistema descubierto refleja además un gran conocimiento técnico y una planificación orientada a optimizar los recursos disponibles, en consonancia con las prácticas habituales de los grandes monasterios medievales y modernos.
La actividad oleícola ocupaba igualmente un lugar destacado en la vida del cenobio. En la almazara han aparecido grandes tinajas destinadas al almacenamiento del aceite, así como pavimentos de piedra decorados con encintados geométricos. La magnitud de las instalaciones confirma que la producción no solo estaba destinada al consumo interno, sino que también constituía una actividad económica de considerable importancia para el mantenimiento del monasterio y de sus tierras.
Cronología de las construcciones
Las investigaciones también han permitido precisar la cronología de estas construcciones. Los estudios efectuados indican que tanto la almazara como el pósito fueron levantados íntegramente durante el siglo XVIII. La fábrica aceitera se desarrolló en dos etapas, comenzando por la zona sur y la torre de contrapeso antes de ampliarse hacia el norte. Posteriormente se edificó el pósito, igualmente en dos fases distintas.
El pósito, considerado una de las edificaciones de mayor valor arquitectónico del conjunto, pone de manifiesto la relevancia del almacenamiento de cereales en la economía monástica. La conexión directa con la almazara sugiere la existencia de un complejo productivo perfectamente articulado. En cambio, el almacén situado al sur responde a una etapa mucho más reciente, ya que fue construido a finales del siglo XIX o comienzos del XX sobre las trazas del desaparecido claustro de los Mármoles o del Aljibe y estuvo destinado principalmente a usos ganaderos.
Los trabajos de inspección en las cubiertas han aportado asimismo información sobre las soluciones constructivas empleadas por los maestros de obra. Las catas realizadas han documentado ánforas utilizadas para reducir el peso de las bóvedas y sistemas de empalomado mediante canales de ladrillo con la misma finalidad. Además, se han recuperado unas 25.000 tejas antiguas que serán reutilizadas en la restauración.
Fundado gracias al privilegio concedido por Fernando IV a Alonso Pérez de Guzmán en 1289, San Isidoro del Campo ha atravesado numerosas transformaciones y periodos de abandono. Panteón de linajes ilustres y escenario vinculado a figuras como Casiodoro de Reina, autor de la célebre Biblia del Oso, el monasterio conserva estructuras que abarcan desde el siglo XIII hasta el XX.
Los nuevos descubrimientos permiten ahora profundizar en una dimensión menos conocida del enclave: la de un espacio donde la oración convivía con una intensa actividad agrícola y productiva, indispensable para garantizar la supervivencia y la prosperidad de las comunidades religiosas que lo habitaron durante siglos.