Vista de Sa Dragonera

Vista de Sa DragoneraGetty Images/iStockphoto

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El gran dragón dormido de Mallorca: mito, piratas, contrabando, una especie única y casi una isla del lujo

Durante siglos fue el guardián de la costa mallorquina, cargado de historias, extraño y fascinante, hoy es un espacio natural protegido

Dicen que, cuando el Mediterráneo todavía estaba lleno de criaturas mágicas, un dragón marino protegía la costa occidental de Mallorca. Emergiendo del agua como una montaña viva, ahuyentaba a los piratas, vigilaba las rutas de navegación y mantenía a salvo a los pueblos del litoral. Nadie se atrevía a acercarse demasiado. Su cuerpo era enorme, su lomo afilado y su presencia bastaba para hacer retroceder a cualquier barco.

Con el paso del tiempo, aquel dragón quedó petrificado. Castigado por los dioses o vencido por el propio mar, se durmió para siempre, transformado en piedra, con la cabeza orientada al norte y la cola estirada hacia el sur. Desde entonces, permanece inmóvil frente a la costa, como si todavía siguiera vigilando.

Sa Dragonera

Ese dragón sigue ahí. O al menos eso es lo que parece cuando se observa el horizonte desde la costa suroeste de Mallorca, entre Sant Elm y el Port d’Andratx. En días claros, la silueta es evidente, pero lo que en realidad se ve es Sa Dragonera, una isla deshabitada situada a menos de un kilómetro de la costa mallorquina.

Tiene algo más de tres kilómetros de longitud, apenas medio kilómetro de anchura y un relieve abrupto que culmina en el pico de na Pòpia, a más de 350 metros de altura. Su perfil estrecho, escarpado y alargado explica por qué parece este ser mágico.

Aunque algunos estudios apuntan a un origen latino en el nombre, relacionado con grietas del terreno, para los habitantes de Mallorca se ha llamado Sa Dragonera porque es la isla del dragón, así de sencillo.

Flora, posidonia y el dragón balear

La pequeña isla está llena de vegetación seca y salvaje: pino blanco, acebuche, lentisco, palmito, romero e hinojo marino. Bajo el agua, las praderas de posidonia forman uno de los ecosistemas marinos más ricos de la zona, un auténtico bosque sumergido que da refugio a decenas de especies.

Y, como si el mito se negara a desaparecer del todo, la isla está habitada por un animal que parece hecho a medida para la historia: el dragón balear. Una lagartija negra endémica que solo vive en este entorno y en algunos islotes próximos. Es pequeña, rápida y omnipresente. Al pisar la isla, los visitantes la ven por todas partes, y la leyenda del dragón cobra más sentido que nunca. Las pequeñas lagartijas mallorquinas son la versión reducida del gigante dormido.

Refugio de piratas y contrabandistas

Durante siglos, su posición estratégica frente a la costa la convirtió en un punto clave para la navegación. Fue utilizada como refugio por piratas y corsarios que atacaban la isla, aprovechando sus calas, cuevas escondidas y sus vistas, excelentes para la vigilancia marítima.

Más tarde, en el siglo XX, la isla volvió a ser escenario de actividades clandestinas. Durante la posguerra española, Sa Dragonera fue utilizada como punto de contrabando entre Mallorca y la península. Como no vivía nadie y estaba tan cerca de la costa, era un espacio perfecto para que estos criminales pudieran guardar mercancías y evitar controles policiales.

Del sueño de oro a espacio natural protegido

En los años setenta, una empresa privada impulsó un proyecto real para convertir Sa Dragonera en un complejo turístico de lujo, con puerto deportivo, hotel, casino y residencias. La operación inició trámites oficiales y estuvo a punto de salir adelante. No obstante, un gran movimiento ecologista, que desembocó en una gran batalla judicial, acabó tumbando el plan. Pero las protestas ecologistas y una larga batalla judicial acabaron frenando el plan.

En 1987, el Consell de Mallorca compró la isla y en 1995 fue declarada parque natural y espacio protegido. Desde entonces, cualquier urbanización quedó definitivamente descartada. Pero se puede visitar. Llegas en barco normalmente desde Sant Elm o desde el entorno de Andratx, y el desembarco se hace en Cala Lladó, un pequeño embarcadero natural desde el que parten senderos a pie que llevan hasta los faros, miradores y antiguas torres.

Historias reales, leyendas y un mito legendario incrementan el interés histórico de uno de los pocos enclaves del Mediterráneo donde únicamente reina la naturaleza.

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