Carmen Franco Polo y María del Carmen Delgado, el 12-06-1955, en la puesta de largo de Gloria March Delgado

Predios mallorquines

El 'reino' de s'Avall: la heredad de 1285 que Joan March convirtió en su 'Casa Madre'

La joya de la corona del financiero mallorquín donde reinó la matriarca Carmen Delgado, entre el contrabando de posguerra, fiestas legendarias y desencuentros con Franco

Joan March Ordinas llegó a poseer las mejores possessions de Mallorca, con la excepción de las que habían sido del archiduque Luis Salvador, cuyos herederos, en aquellas fechas, nunca quisieron desprenderse de ellas. El magnate mallorquín, uno de los hombres más ricos del mundo, las compraba a los nobles de la isla, que no las podían mantener. Lo hacía, don Joan, en su decidido afán de aumentar el volumen de sus grandes negocios. Con proyectos bien diferenciados: las propiedades rústicas del Pla y el Raiguer fueron parceladas para ser vendidas a precios razonables y bajos intereses a los agricultores que aspiraban a tener sus propias tierras y a vivir de la agricultura y la ganadería, por aquel entonces una actividad muy rentable.

Así fue como en Verga llevó a cabo, seguramente sin proponérselo, una auténtica reforma agraria, que ningún gobierno local o nacional hubiese podido realizar. De esa manera surgió en Mallorca un minifundio que, con los recambios generacionales, se mantuvo casi intacto hasta hace muy poco tiempo. Aquellos esforzados payeses pagaron durante muchos años el capital más intereses de las fincas que habían adquirido y don Joan acaparó simpatías y fidelidades en toda la geografía rural mallorquina, donde era considerado «uno de los nuestros, no como los señores». Durante muchos años, en Mallorca, solo podías ser verguista o antiverguista.

March se reservó para sí mismo las fincas de la costa, que necesitaba para su actividad más rentable: el contrabando de tabaco, incluso petróleo y armas en los convulsos tiempos de guerra. En la costa norte de Mallorca —la más abrupta e inaccesible— March compró fincas que habían pertenecido a la nobleza mallorquina desde los días del Repartiment: Mossa, Albarca y es Cosconar en tierras próximas a Lluc, Ternelles en Pollensa, s'Estorell en Lloseta, y muchas otras. Pero la joya de la corona, la «Casa Madre» de los March, fue siempre s'Avall, en ses Salines.

La había comprado por 750.000 pesetas -150.000 duros- a don Jorge Dezcallar y Gual, XVI marqués del Palmer, cuya familia la había tenido en propiedad desde 1285. De aquella finca, que en el momento de ser adquirida por Joan March tenía una extensión de 2.440 hectáreas, había nacido la actual Colonia de Sant Jordi, hoy enclave turístico del sureste mallorquín.

Aquella zona fue ya parcelada y «establecida» en 1889 gracias a una ley de asentamientos agrícolas promulgada por la Corona española. El marqués que se desprendió de aquella joya rural y paisajística prácticamente no vio una peseta, pues era un gran deudor de March, a quien había vendido ya otras propiedades ubicadas en Campos. Eran tiempos de ruina para la clase alta mallorquina, en general incapaz de hacer frente a los retos que les planteaba el siglo XX.

March

El potentado de Santa Margalida llevó a cabo una gran reforma en las antañonas cases de la possessió. Fue entre 1943-44, cuando Mallorca vivía los más duros años de la posguerra. El buen saber arquitectónico de Gabriel Alomar convirtió un edificio casi ruinoso en un auténtico palacio de Part Forana y s'Avall se convirtió en un reducto privilegiado.

Allí se celebraban bodas de tronío, grandes fiestas de puesta de largo de las nietas de don Joan y encuentros de negocios al más alto nivel. Su jardín de cactus era motivo de admiración de los visitantes, así como el anfiteatro en el que se celebraban bailes y conciertos.

En Ses Salines existe una leyenda urbana según la cual la carretera que une el pueblo con la emblemática finca fue construida a raíz de una visita de Franco a la misma, en ocasión de la boda de una de las nietas del magnate. Nada más lejos de la realidad: no existe constancia documental alguna de tal visita. En realidad, March se llevaba muy mal con el dictador, quien en 1942 había dictado contra él una orden de búsqueda y captura. Consta, eso sí, que Carmen Polo era invitada a las fiestas de postín que se daban en s'Avall y que asistió a alguna de ellas.

Doña Carmen Delgado, la matriarca

La gran dama y señora de s'Avall no fue nunca la esposa de Joan March, sino su nuera, la consorte de Joan March Servera. Carmen Francisca de Paula Delgado Roses, hija de un marino mercante, conoció al primogénito del matrimonio March-Servera en un baile de disfraces del Círculo Mallorquín. El potentado no vio con buenos ojos aquel enlace, pero el flechazo -por parte del joven- fue de tal magnitud que nada pudo hacer para impedirlo. De poder hacerlo, se habría equivocado –y aquel hombre cometía pocos errores–, pues con el paso del tiempo aquella joven bella e inteligente se convertiría en su gran aliada, «la mujer más importante de la familia», según expresión del propio March.

Doña Carme, como fue siempre conocida y nombrada por quienes la tratamos, era una dama alta, de perenne sonrisa y un trato encantador. Al morir Joan March, el 10 de marzo de 1962, asumió su papel de matriarca de la «Casa», que ejerció siempre con discreción y eficacia. Tras su porte señorial se ocultaba una mujer enamorada del campo, de la agricultura y ganadería. En todas las fincas de la familia tenía siempre una habitación dispuesta —incluso con la chimenea encendida, en el invierno—, pues los payeses que la administraban sabían que podía llegar en cualquier momento. Conocía todos los rebaños de ovejas, el número de cabezas de ganado y las incidencias que pudieran haber sufrido. Se mostraba especialmente cercana en el trato con los amos y madones, a quienes llamaba por sus nombres. Ejercía una autoridad serena, conocía los problemas de aquellas familias y los atendía con solicitud.

Un día me confesó que todo eso lo había aprendido de su suegro. «Trata bien al servicio —le había dicho— y él te servirá bien a ti». En Can March, en los tiempos en que no existía la seguridad social, los trabajadores que caían enfermos recibían el salario íntegro. Tanto don Joan como doña Carme valoraban especialmente la lealtad. En s'Avall, cuando llegaba una nueva sirvienta, recibía siempre el mismo consejo: «la mejor de las palabras, la más considerada, será siempre la que no salga de tu boca».

Las fiestas en s'Avall eran legendarias. Se organizaban para celebrar eventos familiares, pero también en ocasión de la jubilación de un trabajador especialmente apreciado. En aquellas ocasiones, el homenajeado ocupaba un sitio de honor junto a doña Carmen y sus hijos. Se organizaban bailes típicos, espléndidas matances y también eventos sociales a los que se invitaba a la alta sociedad mallorquina.

La gran matriarca de los March ejerció su poder –que llegaba a todas las empresas de la Casa– a lo largo de 42 años. Fue una emperatriz sin corona, discreta y astuta, sonriente como una chiquilla y dura cuando la ocasión lo requería. Sabía quedar bien con todo el mundo, pero dirigía el timón de la gran nave con mano de hierro. Cuando sus amigas le pedían una recomendación para sus hijos o nietos —un puesto en la Banca March era entonces como un seguro de vida—, ella enviaba la lista al director general, con una nota al margen: «Son compromisos, pero tú elige solamente a los más válidos».