Oleo don Bruno

Oleo don Bruno

Ca l'Abat y Bruno Morey o la increíble vida de un canónigo heterodoxo

«Don Bruno», como era conocido en toda Mallorca, fue un gran orador, persona de profundas convicciones cristianas y un narciso impenitente

Subí muchas veces la empinada cuesta que, superando curvas que exigían una gran destreza al volante, conducía a la explanada del gran caserón conocido como ca l'Abat. Desde allí podía contemplar un paisaje maravilloso, el esplendor de la Serra de Ponent hendiendo sus ciclopeas moles en el mar. La Punta de sa Pedrissa parecía un gigante rendido a la inmensidad de las aguas. El lugar era un refugio para privilegiados, un rincón escondido en el que, a lo largo de más de sesenta años, vivió un personaje muy especial: don Bruno Morey, canónigo doctoral de la Catedral, persona controvertida por su heterodoxia, criticado y admirado a la vez por quienes disfrutaban de su hospitalidad, señalado de puertas para adentro por su vida presuntamente disoluta y agasajado por una corte de personajes de la alta sociedad de Mallorca hasta que desapareció la opulencia, de la que ellos disfrutaban, dando paso a un declive que acabaría en tragedia.

Don Bruno Morey y la possessió de ca l'Abat fueron indisociables, no se entendía la existencia del recio caserón sin el personaje que vivía en el y que lo convirtió en centro de actividades sociales, en lugar de almuerzos solemnes en aquel antañón comedor, con servidores enguantados y antiguos cuadros -incluido un supuesto Zurbarán- colgando de las paredes. Pero aquella magnificencia tuvo fecha de caducidad: el anciano clérigo -mal que les pese a muchos un hombre también entregado a la causa del Evangelio- tuvo que abandonar un día, a los 96 años, su paraíso. Murió a los 101, pobre como una rata, en una residencia de la Iglesia, dejando solo una tumba y su dietario personal, cincuenta tomos encuadernados por las monjas salesas, cuyo destino final desconozco.

Contar la historia de don Bruno Morey y de ca l'Abat supondría para mi un esfuerzo sobrero: ya lo hice en 1991 en un libro que escandalizó y conmocionó a la sociedad mallorquina a partes desiguales. En el presente reportaje procuraré atenerme a las normas periodísticas, hacerme a un lado para que emerjan el personaje y su entorno. No va a ser fácil, porque dediqué a ambos un par -no mallorquín- de años de mi vida.

Bruno Morey nació en Valldemossa en 1915. Hijo de una humilde bordadora y de un payes de montaña, manifestó desde muy niño una fuerte inclinación religiosa. Sus juegos infantiles consistían en subirse a un cajón o una silla para desde allí pronunciar sermones. Ingresó en el seminario en 1928. Era un chico listo, un pequeño narciso que a su temprana edad ya se había sumergido en el mundo de la literatura. Su estancia en el seminario -entonces dominado por un sentido de la disciplina muy estricto- no le resultó fácil. Allí destacó por su gran inteligencia y, muy especialmente, por su capacidad oratoria. Tras su ordenación sacerdotal vivió los primeros tiempos de la Guerra Civil de manera convulsa. Muchos le reprocharían más tarde sus querencias falangistas. Sirvió como capellán en el campo de concentración de son Catlar y después marchó a Roma para cursar estudios superiores. Era el 15 de octubre de 1939, pocos meses después de la victoria de Franco y también del estallido de la II Guerra Mundial. Voló a Roma desde la base de hidroaviones del Puerto de Pollensa. En la semana anterior a aquel viaje y en la posterior el aparato que cubría esta insólita linea se estrelló en medio del mar y nunca más se supo. Él contaba que el avión parecía una libélula. Cuando amerizaron en Ostia dio gracias al Altísimo por haber salido con vida de la peripecia.

Quizá fuera en Roma donde se despertó una de las características más notables de Bruno Morey: su fascinación por el lujo y el boato, que le valió grandes críticas por parte de la envidiosa sociedad mallorquina de aquella época. En la Ciudad Santa el joven clérigo desarrolló también una

indisimulada admiración por Pio XII, al que conoció personalmente. Vivió y estudió en el Colegio Español de Roma permaneciendo -según sus propias palabras- «al margen de cuestiones políticas» en los tiempos revueltos del fascismo. En junio de 1943 regresó a Mallorca con el título de Licenciado en Derecho Canónico bajo el brazo. Por aquel entonces sintió la vocación monástica, pensando incluso en retirarse a Silos. Quien fuera su madrina de ordenación le hizo desistir prometiéndole construir un pequeño claustro en el jardín de ca l'Abat, finca de la que era propietaria. Doña Jerónima Capó, que ese era su nombre, constituye uno de los grandes misterios en la vida de Bruno Morey. Según el canónigo, al ofrecerse la señora a apadrinar su ordenación sacerdotal, él no podía sospechar que eran parientes cercanos. El caso es que desde su acceso al sacerdocio, y aun mucho antes, el joven Bruno se convirtió en el protegido de la señora Capó, quien a su muerte le legó ca l'Abat en herencia.

Tras unos años dedicado a su ministerio -en los que se reveló como un gran predicador- ejerció de notario eclesiástico de la Curia, cargo que el, en su poderosa ambición, consideró siempre como «menor». Quizá por ello se presentó a las oposiciones a Canónigo Doctoral. Alguno de sus rivales, temiendo su valía, había intentado disuadirle con el argumento de que «te perfumas, usas reloj de pulsera y conduces un automóvil». Pero Morey arrasó en aquellas oposiciones. Fue el comienzo de su leyenda.

Instalado en ca l'Abat, primero en compañía de su protectora, que murió en la década de los años 50, se convirtió en una celebridad isleña. Cuando Carmen Polo, esposa del dictador Franco, visitaba Mallorca, él se convertía en su confesor. Sus tronantes sermones llenaban las iglesias de Mallorca. En aquellos tiempos pre conciliares el talante abierto y su vida personal, en cierto modo mundana, le causaron problemas con los prelados de turno. Con todos sin excepción tuvo serios enfrentamientos. Nunca consiguieron doblegarlo. Se convirtió en el sacerdote del hotel Formentor -entonces paradigma del lujo y la exquisitez- y al mismo tiempo vicario de la parroquia de Palma Nova, donde ejerció una intensa labor social. Fundó una asociación juvenil -la «Reja»- con cuyos componentes acudía al extrarradio de Palma, donde menudeaban las chabolas de gitanos. Pero también llevaba a los jóvenes a la playa y los confesaba en su automóvil dando vueltas por el Born.

El reverso de tan singular personaje fue su completa inutilidad en el mundo de los negocios. Poseedor de un más que notable patrimonio rural e inmobiliario dilapidó su fortuna en desgraciadas operaciones financieras y en mantener su palacete rural, donde celebraba misas -la capilla era pequeña y coquetona- y también fiestas sociales en las que reunía a lo mejor y más florido de la sociedad mallorquina.

Cuando me encargó escribir sus memorias, primavera de 1990, la imparable decadencia de ca l'Abat había iniciado ya su triste cuenta atrás. El canónigo, sin embargo mantenía la plenitud de sus facultades. Cada revés económico suponía la pérdida progresiva de una parte de su propiedad rural , hasta que solo le quedó el caserón y unas pocas tierras circundantes. Finalmente, cayó en manos de un desaprensivo que le encandiló con la promesa de crear en ca l'Abat un centro de estudios de las tres religiones monoteístas. El final fue trágico, muy triste, y daría para otro libro.

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