Los olivos de Mallorca, seña de identidad milenaria
Turismo
Mallorca busca en el aceite de oliva una nueva forma de viajar por la isla
La isla prepara su entrada en la red Oleoturismo España para convertir olivares, almazaras y productores en una nueva experiencia turística ligada al territorio y a la gastronomía
Mallorca quiere que el aceite de oliva sea algo más que uno de los productos que llegan a la mesa. La isla ha iniciado los pasos para incorporarse a Oleoturismo España, una red de ámbito nacional que reúne territorios productores y plantea alrededor del olivar una forma distinta de viajar: visitar fincas y almazaras, conocer cómo se produce el aceite, catarlo allí donde nace y recorrer el paisaje que hay detrás de cada botella.
La apuesta llega en un momento especialmente sensible para el turismo mallorquín. Mientras la isla debate cómo contener la presión de los meses de mayor afluencia, el sector intenta ganar actividad fuera del verano y atraer a un viajero que reparta su gasto por el territorio. El oleoturismo encaja en esa búsqueda porque desplaza parte de la experiencia turística desde la costa hacia el interior y la vincula con agricultura, gastronomía y patrimonio.
El primer paso ha sido la adhesión del Consell de Mallorca a la Asociación Española de Municipios del Olivo (AEMO), una de las impulsoras de Oleoturismo España junto con ocho diputaciones provinciales. La entrada permitirá avanzar hacia la incorporación de Mallorca como destino dentro de la red y, posteriormente, facilitar que empresas de la isla relacionadas con el sector puedan sumarse al proyecto.
Una experiencia auténtica
Para Mallorca no se trata de inventar un producto turístico desde cero. El olivo forma parte desde hace siglos de su paisaje agrario y continúa teniendo presencia tanto en la Serra de Tramuntana como en otras zonas productoras de la isla. En municipios como Felanitx, por ejemplo, pequeños productores mantienen una elaboración de aceite vinculada a explotaciones agrícolas locales y a una tradición que durante años estuvo destinada incluso al autoconsumo familiar. Ese patrimonio ofrece ahora una materia prima turística que otras zonas españolas llevan tiempo explotando: entrar en una almazara, caminar entre olivos, aprender a distinguir variedades, participar en una cata o sentarse después a una mesa donde el aceite deja de ser acompañamiento para convertirse en protagonista.
El movimiento también coincide con un cambio más amplio en la forma de viajar a España. Los meses tradicionalmente considerados de temporada media están ganando peso, empujados por los elevados precios de julio y agosto, la masificación y unas temperaturas estivales cada vez más extremas. En Mallorca, la planta hotelera abierta durante todo el año ha pasado de rondar el 5% antes de la pandemia a situarse alrededor del 20%, según datos de la Federación Empresarial Hotelera de Mallorca. AHí encuentra su sitio el aceite. La cosecha, las visitas a explotaciones agrícolas y la gastronomía permiten construir experiencias que no dependen del calendario de playa y que pueden llevar visitantes a pueblos y fincas alejados de los principales corredores turísticos.
La entrada en Oleoturismo España abre además una puerta comercial para los productores. La intención es que las empresas vinculadas al aceite puedan incorporarse posteriormente a la red nacional y participar en una promoción conjunta del producto y de las experiencias relacionadas con él. Mallorca suma así otra pieza al intento de enseñar una isla que existe más allá de sus calas y sus turquesa. Una Mallorca de olivares, piedra, molinos, mercados y explotaciones familiares donde el turismo puede medirse también en botellas de aceite que cuentan de dónde vienen.
Después de décadas vendiendo Mediterráneo a través del sol y la playa, la isla quiere que una parte de sus visitantes empiece a conocerla también por el sabor.