Tres años después del 7-O el odio antisemita se recrudece, avivado nada menos que por un sacerdote
Le reto a un debate, reverendo Mercant, a ver si cara a cara se atreve a proferir semejantes insultos contra la nación de mis antepasados
Menorca no ha cambiado, al menos el rincón de Ciudadela que acostumbro a visitar a principios de otoño. En el Prinsotel La Caleta nos tratan de maravilla. En sus jardines o junto a las piscinas, provisto de una novela intrascendente pero muy buena, trato de olvidar el verano loco que se nos fue sigilosamente mientras constatábamos que las inacabables tardes de estío se nos habían encogido, como un suspiro entrecortado entre la piel del alma. Entre la molicie de mis horas vacías -o no tanto, cómo podrán comprobar los lectores de este artículo- aparecen los recuerdos de la última vez que estuve en este pequeño paraíso. Era a principios de octubre de 2023 y, como en esta ocasión, me traje también «deberes» de casa. La presidenta Prohens, para la que en aquel momento trabajaba, me había encargado una gestión cerca de la embajada de Israel. Las primeras tareas realizadas dieron sus frutos y estaba prevista una audiencia oficial a la embajadora Rodica Radian Gordon en el Consolat para la mañana del lunes 9 de octubre. El sábado anterior, o sea el día 7, lo pasé recluido en mi escenario vacacional con el móvil apagado y el ánimo en modo sosiego. Cuando apareció la primera estrella en el cielo menorquín, conecté el celular. Me encontré un montón de mensajes y ninguno bueno. Varios de ellos eran de la propia Prohens y otros tantos los remitía la embajadora. Israel había sufrido el peor ataque terrorista de su historia y los muertos se contaban por centenares, aunque era posible que con el paso de las horas esta cifra se doblase o triplicase. Naturalmente, la audiencia quedaba suspendida sine die. A los pocos días escribí un artículo titulado: «Hoy somos víctimas y mañana seremos verdugos».
Aquel atentado cambió mi vida. Como judío mallorquín y chueta pronto comprobé que el odio perenne se redoblaba, mutando en formas nuevas. A medida que avanzaba la guerra de Gaza vimos que una parte de la sociedad mallorquina manifestaba su rechazo hacia todo lo judío. Grupúsculos de extrema izquierda que no sabrían localizar a Israel en el mapa -es posible que madò Farta, sin calavera ni rebossillo, formara parte de los mismos- organizaban manifestaciones en las que se nos llamaba «asesinos de niños» y otras lindezas. Tres años antes, un virus había vaciado nuestra sinagoga y en aquel momento casi que lo consiguió el miedo.
El odio no ha cesado -es tri milenario- y en la mañana del pasado domingo mis vacaciones se vieron alteradas por una nueva ofensa, esta vez procedente de un sacerdote. Un tal reverendo Mercant Simó inundaba las redes con un chiste antisemita en el que citaba a Yahavé, denominaba «talmúdicos» a los miembros del gobierno de Israel al tiempo que negaba toda legitimidad al actual estado «fundado por hombres». Asqueroso, el mensaje, de principio a fin.
La fundación «Ledor Vador» -a la que no pertenezco- ha anunciado gestiones cerca del obispo Taltavull, al considerar «intolerable» la clerical ofensa. Les tomo la delantera sin ningún afán competitivo desde la seguridad de la existencia de miedos indefinidos, prudencias excesivas y gestiones palaciegas que siempre van despacio. Me parece del todo punto execrable -diga lo que diga el obispo- que un sacerdote aproveche la actual ola de odio para sacar a colación lo que él denomina «el Israel bíblico» con el fin de deslegitimar un estado democrático que fue atacado por un ejército de terroristas y violadores y que, cómo todos los estados, tiene derecho a defenderse. Le reto a un debate, reverendo Mercant, a ver si cara a cara se atreve a proferir semejantes insultos contra la nación de mis antepasados.
Por cierto: ¿sabe que Jesús, su madre, los doce apóstoles y la totalidad de los primeros cristianos fueron judíos?