Juan Bausà, a la derecha, el joven cura con cinco parroquias en Mallorca

Juan Bausà, a la derecha, junto con un feligrés de la parroquia de LlosetaM. M.

Entrevista Juan Bausá

El cura de 32 años que pastorea cinco parroquias en Mallorca: «No me hice sacerdote por descarte sino por amor»

Juan Bausá asume la rectoría de la costa de Calvià con las ganas de acercar la Iglesia a una generación que busca comunidad frente a «la epidemia de la soledad»

Tiene 32 años y pertenece a una generación en la que ser sacerdote ya no responde a una tradición familiar ni a una expectativa social. Juan Bausá Puigserver estudió Filosofía, recorrió el Camino de Santiago y allí comenzó a tomar forma una llamada que acabó llevándole al seminario y, en diciembre de 2022, al sacerdocio. Ahora asume una nueva responsabilidad: será rector de las cinco parroquias de la costa de Calvià —Portals Nous, Palmanova, Magaluf, Son Ferrer y El Toro—, además de continuar especialmente vinculado a los jóvenes y al mundo universitario.

Su historia permite hablar no solo de la Iglesia de Mallorca, sino de algo que empieza a percibirse entre una parte de las nuevas generaciones: jóvenes que, después de crecer en una sociedad profundamente secularizada, vuelven a hacerse preguntas sobre Dios, la fe, la comunidad y el sentido de la vida.

P- Tiene solo 32 años y acaba de ser nombrado rector de cinco parroquias. ¿Le pesa más la responsabilidad o puede más la ilusión?

R- Me alegra mucho que el señor Obispo haya depositado su confianza en mí para que asumiera esta responsabilidad. La verdad es que, con el susto, los primeros días me costó un poco dormir, pero intento ponerlo todo en manos de Dios. Soy consciente de que me subo a un tren en marcha: las parroquias tienen su historia, y a mí no se me pide comenzar de cero, sino seguir anunciando a Cristo.

También estoy muy agradecido al rector anterior, mn. Pep Toni Guardiola: me acogió con cariño, me presentó a las comunidades y siempre me ha animado. Ha entregado más de 20 años de su vida al servicio del Evangelio en estas parroquias, he aprendido mucho gracias a él. Además, tengo la suerte de estar acompañado por muchas personas que colaboran con gran generosidad.

P- Para empezar por el principio: ¿cómo era Juan Bausá antes de pensar siquiera en ser sacerdote?

R- Siempre he sido una persona inquieta, con un punto rebelde, idealista y enamoradizo. Eso forma parte de mi ADN. Además, en casa procuraron cultivar en nosotros el deseo de trascendencia, la búsqueda de la verdad y la belleza… Todo eso ha ido moldeando mi carácter, y pienso que el Señor se servía de ello para ir preparando el terreno.

P- Usted ha contado que la llamada se hizo especialmente fuerte después de hacer el Camino de Santiago. ¿Qué ocurrió allí?

R- Tras un tiempo de enfriamiento de la fe (en la etapa universitaria), y una pequeña crisis personal, en el Camino de Santiago me fijé en mi padre y en cómo rezaba el Rosario todos los días, dedicaba un tiempo a la oración, buscaba los horarios de Misa en las parroquias… Eso me hizo pensar: «lo que a mí me falta lo tenía delante y no lo he sabido valorar». Podría hablar de una especie de «envidia sana», que fue creciendo poco a poco. Después del verano, al regresar a la universidad, busqué a un sacerdote y le pedí acompañamiento espiritual.

P- ¿Recuerda un momento concreto en el que pensó: «Dios me está pidiendo que sea sacerdote»?

R- Sí, con mucha claridad. A la vuelta del Camino de Santiago, mi padre me regaló un ejemplar del Nuevo Testamento, con la condición de utilizarlo. Durante unos días de retiro espiritual, me detuve en el encuentro de Jesús con el joven rico, en el Evangelio de san Marcos. Era el primero o segundo sábado de febrero de 2016, en torno a las 13:00h. Abrí el pasaje, y al llegar al momento en que Jesús dice «una cosa te falta…», supe que me lo estaba diciendo a mí, y que estaba destapando una inquietud antigua que llevaba toda la vida ignorando por temor. Le pido a Dios que mantenga siempre este recuerdo en mi memoria.

Abrí el pasaje, y al llegar al momento en que Jesús dice 'una cosa te falta…', supe que me lo estaba diciendo a mí"

P- ¿Y cuál fue su primera reacción? ¿Ilusión, miedo, resistencia...?

R- Mucho vértigo, me sentí sobrepasado, como cuando de repente dejas de hacer pie en el mar.

P- ¿Le costó renunciar a la vida que podía haber tenido: pareja, formar una familia, una profesión...?

R- Claro que sí, ¿a quién no le costaría? Todas esas cosas son buenísimas. Pero siempre he tenido en cuenta que no me he hecho sacerdote «por descarte», sino por amor. Y tampoco se trata de renunciar a todo ello porque sí: he dejado algunas cosas muy buenas para pertenecer por completo a Cristo, que es lo mejor que me podría haber pasado. Estoy seguro de haber elegido bien: soy muy feliz.

P- ¿Cómo reaccionaron sus amigos cuando les dijo que quería entrar en el seminario?

R- Hubo de todo, aunque en general se sorprendieron bastante. Recuerdo especialmente a mi mejor amigo: ¡le sentó fatal! Y fue muy sincero conmigo. Pero con el tiempo lo aceptó, y años después le casé y he bautizado a sus hijos.

P- Para alguien de 20 o 30 años, hacerse sacerdote hoy puede parecer una decisión radicalmente contracultural. ¿Lo es?

R- Puede parecer una locura… Pero siempre es contracultural elegir el amor por encima del ego. En una cultura tan centrada en el bienestar y en la realización personal, además, es comprensiblemente sorprendente. ¿Cómo se puede entender, sin fe, que algunos opten por entregar su vida sin buscar una compensación asegurada? Pero paradójicamente, el resultado es una vida plena, con un horizonte muy amplio.

P- Hay quien piensa que los jóvenes se están alejando definitivamente de la Iglesia. Usted trabaja directamente con ellos. ¿Es realmente así?

R- Quizás haya que preguntarse también qué imagen de la Iglesia hemos transmitido. Si vivo la Iglesia como una entidad opresiva y moralista, es normal que me resulte antipática, y termine por ignorarla. Pero también creo que hay jóvenes que, tras un tiempo de indiferencia, se acercan con menos prejuicios, con una curiosidad genuina y con el deseo de encontrar algo más que discursos.

Veo a los jóvenes con unas ganas enormes de conectar, de pertenecer, de sentirse parte de un grupo. Pero a la vez, les veo con mucho miedo a la frustración"

Los cristianos tenemos el reto de vivir en profundidad la comunión de la Iglesia para ofrecer un testimonio maduro y convincente.

P- Ha hablado de jóvenes que proceden incluso de familias no creyentes y que se acercan por primera vez a la fe. ¿Qué están buscando?

R- Aristóteles decía que el hombre desea, por naturaleza, conocer. Y la meta del conocimiento es la verdad. Quien se acerca a la fe busca también la verdad. Los cristianos seguimos a Jesús, que dice de sí mismo «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Eso es lo que buscamos todos, también los jóvenes. Una verdad que interpela y que hace madurar. ¡Una verdad que da vida!

P- ¿Cree que detrás de esa búsqueda hay también una generación especialmente afectada por la soledad?

R- Recuerdo una anécdota que me ocurrió en un colegio. En una encuesta, pregunté a los alumnos de secundaria (entre otras cosas) cuál era su mayor temor. Prácticamente todas las respuestas coincidían: la soledad, el aislamiento, el rechazo… Durante el confinamiento se hizo especialmente evidente que una de las grandes epidemias de nuestro tiempo es la soledad. El individualismo nos mata: no puedes meter el océano en un vaso.

Veo a los jóvenes con unas ganas enormes de conectar, de pertenecer, de sentirse parte de un grupo. Pero a la vez, les veo con mucho miedo a la frustración. No es fácil.

P- Tenemos jóvenes permanentemente conectados a través del teléfono y, al mismo tiempo, muchos dicen sentirse solos. ¿Qué puede ofrecerles la Iglesia que no encuentran en una pantalla?

R- La comunión con Dios (que no es un dios solitario, sino pura relación de amor) y con los demás. La tecnología puede conectarnos con muchas personas, pero no sustituye la relación personal, la experiencia de saberse amado, perdonado, acompañado… La Iglesia puede ofrecer precisamente eso: una relación viva con Dios y con otras personas de carne y hueso.

P- Durante muchos años, decir que uno iba a misa podía resultar incluso incómodo entre los jóvenes. ¿Está desapareciendo ese complejo?

R- Un aspecto muy positivo de nuestra sociedad es el deseo de autenticidad, de transparencia. Se valora, quizás más que en otros momentos, la coherencia. Por eso es posible que algunos sientan más libertad para manifestar públicamente su fe.

P- ¿Está percibiendo en Mallorca ese fenómeno del que también se habla en otros lugares: jóvenes que vuelven a la misa, a la adoración o que piden ser bautizados sin proceder de familias religiosas? ¿Quizás los colegios religiosos también les conectan más verdad?

R- Es cierto que en los últimos años se percibe un aumento en la práctica religiosa de los jóvenes. Después de un tiempo largo en el que las encuestas siempre marcaban un descenso, llama la atención que haya un cambio. Hay muchos factores que ayudan (algunos movimientos en la Iglesia, grupos de música como Hakuna, testimonios de influencers renovadas por el encuentro con el Señor…).

No hay que reducir la fe a ideología, moralismo o autoayuda. Cuando un joven entra por primera vez en una parroquia, tiene que poder descubrir que allí le hablarán de Dios y de su propia vida"

De todos modos, y sin caer en el pesimismo, creo que hay que ser prudentes y aprender a contar como Jesús: de uno en uno, porque a Él no le interesa una multitud: le interesamos cada uno.

P- ¿Las redes sociales y nuevos referentes católicos están ayudando a que un joven pueda hablar de su fe con más naturalidad?

R- Sí, claro: las redes son, muchas veces, el primer contacto que muchos jóvenes tienen con la fe. Pero no pueden sustituir el encuentro personal ni la vida de una comunidad (humanamente llena de imprevistos e imperfecciones). Usando una imagen: la puerta sirve para atravesarla, no para quedarte en el umbral. Lo interesante es entrar hasta la cocina.

P- ¿Y qué tendría que hacer una parroquia para que un joven de 18 años que entra por primera vez no sienta que aquello no tiene nada que ver con su vida?

R- No reducir la fe a ideología, moralismo o autoayuda. Cuando un joven entra por primera vez en una parroquia, tiene que poder descubrir que allí le hablarán de Dios y de su propia vida, que él mismo se puede reconocer en el Evangelio, que la fe no es un conjunto de normas ni una técnica para sentirse bien, sino un camino de seguimiento de Jesús.

P- Ahora pasa de vicario a rector de Portals, Palmanova, Magaluf, Son Ferrer y El Toro. Son cinco parroquias y cinco realidades sociales bastante diferentes. ¿Cómo se pastorea una comunidad tan diversa?

R- Es complejo… Por una parte, creo que es fundamental acompañar a cada comunidad con sus peculiaridades y sus historias. Y por otro lado, ayudar a vivir un aspecto fundamental de nuestra fe: la catolicidad. Sería un error que la diversidad nos llevara a vivir cada uno por su cuenta. Precisamente, creo que el reto consiste en ensanchar la mirada para descubrir que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos.

En la práctica, esto puede traducirse en el esfuerzo por trabajar en equipo, en estar dispuestos a escuchar y servir a los demás, en mirar más allá de lo inmediato.

P- Portals probablemente sea una de las zonas de Mallorca donde más fácilmente se identifica bienestar económico con felicidad. Como sacerdote, ¿comprueba que tener resueltas las necesidades materiales no evita las grandes preguntas personales?

R- Lo que compruebo cada día es que a todos nos asusta sufrir, todos necesitamos amar y ser amados, todos queremos vivir con sentido. Las cosas materiales pueden satisfacer algunas necesidades, pero no responden por sí solas a las grandes cuestiones de la vida. Por otro lado, las carencias nos abren el apetito.

Como le gusta decir a mn. Pep Toni Guardiola: todos somos existencialmente pobres, pero a veces no nos damos cuenta.

P- ¿Qué quiere cambiar o impulsar ahora que asume la responsabilidad de estas parroquias?

R- Me ilusiona profundizar en los vínculos entre la parroquia y las familias. Desde el curso pasado estamos trabajando en esa dirección, intentando llevar el Evangelio a las familias, y no limitar la catequesis exclusivamente a los niños. Creo que necesitamos comunidades donde la fe pueda vivirse también en el hogar, y donde las familias se sientan verdaderamente acompañadas. Quizás esto sea una respuesta válida al individualismo que nos está asolando.

P- ¿Sueña con conseguir que las parroquias sean algo más que un lugar al que se acude los domingos?

R- ¡Claro que sí! Me encantaría que todos los que se acerquen descubran en la Iglesia un pulmón que quiere llevar el oxígeno del amor de Dios a todo el cuerpo de la sociedad.

P- ¿Cómo responde a quien dice: «Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia»?

R- Entiendo su desengaño: el pecado dentro de la Iglesia provoca escándalo, y no debemos minimizarlo. Pero le invitaría a descubrir que ese Dios en el que dice creer ha querido salvarnos entrando en relación con un pueblo concreto, con unas comunidades concretas… La fe cristiana no es una espiritualidad individualista: necesitamos una comunidad que nos ayude a vivirla.

Habrá más vocaciones cuando haya más cristianos enamorados de Jesús"

P- ¿Y a quien sostiene que para ser buena persona no hace falta creer en Dios?

R- Le doy la razón: hay muchísimas personas sin fe que hacen un gran bien a los demás. El cristianismo no nos propone ser buenas personas, sino una vida nueva a partir del encuentro con Jesucristo.

P- ¿La Iglesia debe adaptarse al mundo o corre el riesgo de perder precisamente aquello que tiene de diferente?

R- Los cristianos estamos llamados, precisamente, a transformar el mundo desde el Evangelio. Ahora bien, eso no significa que vivamos «al margen» de la sociedad. La Iglesia ofrece a Jesucristo, y trata de hacerlo en cada momento con el lenguaje más adecuado.

P- En Mallorca, como en buena parte de España, faltan sacerdotes. ¿Por qué cree que hay tan pocas vocaciones?

R- Habrá más vocaciones cuando haya más cristianos enamorados de Jesús.

P- ¿Cree que Dios sigue llamando con la misma intensidad y somos nosotros quienes hacemos demasiado ruido para escucharle?

R- Muy probablemente. Nos asusta el silencio, porque saca a la luz muchas cosas que no queremos ver. Pero me parece que el silencio es el lenguaje preferido de Dios. La fe exige una cierta valentía.

P- Si ahora mismo un chico de 18 o 20 años leyera esta entrevista y llevara meses preguntándose si puede tener vocación, ¿qué le diría?

R- Que lo consulte con un cristiano referente para él: un sacerdote, un religioso o religiosa, un catequista, un amigo. Y le diría que es normal asustarse: ¡no pasa nada!

P- ¿Cómo distingue una persona una verdadera llamada de Dios de una emoción pasajera?

R- El tiempo es un buen aliado del discernimiento, porque hace madurar los verdaderos deseos del corazón, mientras que disipa los falsos. Es clave la perseverancia en la vida ordinaria.

P- Después de todo lo vivido, ¿volvería a decir que sí?

R- Sin duda.

P- Un santo.

R- El buen ladrón.

P- Un libro que no sea la Biblia.

R- Lo que no muere nunca, de Takashi Nagái.

P- Una persona que haya marcado su fe.

R- La Madre Verónica Berzosa.

P- Un lugar de Mallorca para rezar.

R- El convento de santa Clara.

P- Una canción.

R- Mediterráneo, de J. M. Serrat.

P- Una cualidad imprescindible en un sacerdote.

R- El buen humor.

P- Lo mejor de tener 32 años y ser cura.

R- Haber dicho que sí a tiempo.

P- Lo más difícil.

R- La falta de experiencia.

P- Una cosa que le pediría hoy a Dios para Portals y para las demás parroquias que acaba de asumir.

R- Fe.

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