Imagen aérea del paraíso del autor

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Predios mallorquines

El paraíso escondido de Mallorca y su misterioso caserón del siglo XVII que aún guarda secretos inconfesables

Entre lagunas y paisajes de ensueño, s’Albufereta esconde una fascinante historia de poder, intrigas políticas, banquetes exclusivos y reuniones clandestinas entre personajes influyentes de la isla

Los días otoñales encalmados -el mar quieto, casi estático, el cielo plomizo- son los mejores para visitar s'Albufereta. Ignoro si el archiduque Luis Salvador eligió uno de esos días para hacerlo pero la descripción que nos dejó en su monumental «Die Balearen» muestra la minuciosidad del científico que, entre asombrado y curioso, contempló esta maravilla: “Próximo a Alcúdia además del estany d'en Bauló, situado casi en el centro de la Gran Bahía, se encuentra otro pantano, bastante menor, llamado l'Albufereta, a un kilómetro de distancia de Alcúdia y ya situada en la Bahía de Pollensa. Tiene una circunferencia de 2'3 kilómetros pero siempre escasa profundidad. La Albufereta comunica con el mar que está próximo pero como está a nivel más bajo nunca se vacía por completo. Sus aguas son saladas. Desemboca en un arroyuelo llamado el REC.

El noble austríaco nos habla también de los molinos de s'Almadrava, originarios del siglo XVI y que en los ya lejanos años 80, cuando este reportero visitó el lugar, estaban casi completamente derruidos. S'Albufereta -dejando aparte los maravillosos paisajes de la zona, obra del Creador- surgió de la mano del hombre. En efecto, sin los trabajos llevados a cabo por William Hope y Juan Federico Bateman a partir de 1866, no existiría este prodigioso paraje. En esa fecha ambos adquirieron la finca -concretamente el 3 de agosto de aquel año- a don Francesc Asprer y Martorell ante el notario Gaietà Socies. La intención que animaba a ambos compradores nos la explica también el archiduque:

Las anguilas de las famosas espinagades pobleres, que ahora se compran en Valencia, salían en gran parte de s'Albufereta

...”Desgraciadamente, este proyecto que tanta influencia tendría sobre la salubridad de Pollença (sic) y Alcúdia y de los terrenos vecinos, de momento se ha abandonado a causa del poco rendimiento pecuniario obtenido por la Compañía. Esta sociedad ha alquilado las pesqueras de l'Albufereta y aprovecha las cañaveras (Phragmites Canyet) para la fabricación de papel. Esta planta, llamada también carrizo es muy abundante. La Compañía la recoge, la prensa y la exporta a Inglaterra, donde es transformada en papel con excelentes resultados”

En realidad lo que hizo el ingeniero inglés fue abrir dos portones al REC, consiguiendo así inundar s'Albufereta. Ideó un sistema muy ingenioso que hace 40 años -y cabe esperar que aún hoy- funcionaba perfectamente. Consiste en un sistema de siete compuertas a través de las cuales se controla el nivel del agua. Este flujo-reflujo, controlado por quien sabe hacerlo, provocaba que una gran cantidad de peces penetrasen en el humedal, que se convirtió así en un pequeño paraíso para los pescadores. Las anguilas de las famosas espinagades pobleres, que ahora se compran en Valencia, salían en gran parte de s'Albufereta.

La intrahistoria, entre la leyenda y los complejos pleitos de la época

Cómo ocurre en la casi totalidad de las grandes propiedades mallorquinas, s'Albufereta tiene su intrahistoria, que en algunos capítulos resulta altamente evocadora mientras que en otros no es precisamente edificante. La casa que se levanta junto a los canales, visible desde la carretera y construida nada menos que en 1677, guarda entre sus paredes secretos que nunca serán desvelados. Y aquí surge un personaje fascinante, aunque no precisamente ejemplar: la del presbítero Melchor Tugores, omnipresente en la vida social, polític, cultural y económica de sa Pobla durante todo el siglo XX.

Su acceso a la carrera eclesiástica no se produjo a través de las vocación religiosa sino en cumplimiento de una disposición testamentaria que llevaba implícita una jugosa herencia. Es capellà Peraire, como era conocido en sa Pobla y en toda Mallorca, era hijo de un terrateniente local que fundó la Cooperativa Agrícola Poblense (CAP), hoy extinta. Don Melchor era un hombre culto que en todo momento desmontó el conocido refrán según el cual no se puede estar en misa y repicando. El sí supo estar en el altar y el campanario, y también en muchos otros sitios: los centros de poder locales y provinciales, los negocios agrarios -llegó a ser propietario de un gran patrimonio rural- y la política. Su rivalidad personal con Rafael Serra Company -último alcalde franquista del lugar y primero de la nueva democracia- dividió al pueblo en dos bandos, marcando una impronta que aún hoy condiciona el devenir político del pueblo. Baste decir que en las primeras elecciones municipales -abril de 1979- Melchor Tugores ostentaba el control de la UCD local.

Tugores se hizo con la propiedad de s'Albufera mediante complejas y no muy ejemplares maniobras que los más viejos de sa Pobla todavía recuerdan

Entre las muchas propiedades -urbanas, pero sobre todo rústicas- de Melchor Tugores figuraba s'Albufereta, con sus tierras, sus lagunas y su famosa casa, que convirtió en escenario de célebres comidas y cenas, de acceso restringido, en las que no se arreglaba el mundo, por supuesto, pero sí que se marcaba impronta en la vida política y socio económica de toda la comarca. Si las paredes del viejo caserón -que él supo convertir en un pequeño museo- pudiesen hablar, investigadores y novelistas dispondrían de una fuente privilegiada para entender qué ocurrió, y porqué, en sa Pobla y alrededores en una época que aun no ha sido desvelada, ni mucho menos.

Tugores se hizo con la propiedad de s'Albufera mediante complejas y no muy ejemplares maniobras que los más viejos de sa Pobla todavía recuerdan, aunque nadie quiere explicarlas con detalle. Allí colocó a personas de su confianza para que manejaran el complejo sistema de conservación del humedal. L'amo en Toni «Pixera» y l'amo en Pep «Verdera» -este último un gran maestro en el manejo de la barcaza que recorría los canales- son nombres que hoy permanecen en el olvido, aunque sin ellos s'Albufereta no se habría conservado. Tambien el de Pixedis «Goris» cocinera de la casa, famosa por sus arroces y sus guisos a base de anguilas, que solo a un reducido grupo de amigos del propietario les era dado poder degustar. Al final de su vida, don Melchor alquiló la casa a un grupo de amigos que en los años 80 y hasta mucho después continuaron con la tradición de las comilonas y las conspiraciones, coronadas por el celebre cremadet, que levantaba el ánimo y desataba la lengua.

Hoy en día s'Albufereta es Reserva Natural, aunque la propiedad de la misma sigue en manos privadas. Se puede visitar sin perros, ni bicis, ni drones, aunque pocos de los amantes de la Naturaleza sepan actualmente -ni quieran saber- las historias que guardan las cuatro paredes del oscuro caserón. Visible, como ya he dicho, desde la carretera.

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