Jaume I de Mallorca

Jaume I de Mallorca

Historia

La cruzada cristiana de Mallorca

La conquista de 1229 situó a Jaime I al frente de una empresa avalada por Roma que reunió a aragoneses, catalanes, occitanos y provenzales contra la Mallorca almohade

«Jacques, le roy d’Aragon, conquist la terre de Majorque sur les sarrasins». Esta frase de la Crónica de Saint Denis resume de una manera clara y escueta lo que fue la conquista de Mallorca de 1229, una empresa aragonesa y cristiana. Con la bula del 13 de febrero de ese año, Gregorio IX había concedido la categoría de Cruzada a la expedición de Mallorca. Sin embargo, no fue la primera de un soberano aragonés. En 1064, Sancho I había liderado la campaña contra los sarracenos en Barbastro, convocada por Alejandro II y considerada la primera Cruzada de la historia, casi treinta años antes de las campañas en Tierra Santa.

La Cruzada de Mallorca fue la continuación de la reconquista cristiana iniciada trescientos años atrás desde los antiguos condados de la extinta Marca Hispánica: Aragón, Urgel y Barcelona. La de Mallorca fue otra empresa protagonizada y promovida por el rey de Aragón: «En lan 1229 lo dernier jorn de desember (…) pres lo senhor de Jacme d’Aragon Malhorgas an sas ostz» («Thalamus Parvus» de Montpellier). Como era costumbre, junto al monarca montpellerino marcharon a la conquista de Mallorca tropas y caballeros de sus señoríos, así como de los condados aliados y vasallos de Aragón, Cataluña, Provenza, Languedoc y Gotia, a pesar de lo reciente que aún estaba el desastre de la Cruzada albigense para este último territorio.

A diferencia de las bulas de Cruzada tradicionales, dirigidas contra el islam, en 1208 el papa Inocencio III había proclamado una campaña contra los cristianos cátaros del Languedoc y Gotia. La Cruzada albigense —denominada así por tener en la ciudad de Albi su centro neurálgico— prometió a la nobleza francesa no solo la salvación espiritual, sino también la posesión legal de las tierras confiscadas. El incentivo material había desencadenado la conquista por parte de Simón de Montfort de condados clave como Carcasona, Béziers, Albi, Razés, Narbona y Termes, un conjunto de territorios vinculados por vasallaje o alianza a la Casa de Aragón.

Para colmo de males, la tragedia se cebó con la Casa de Aragón. El rey Pedro II murió en 1213 durante la batalla de Muret, y su joven hijo, el infante Jaime, fue capturado y retenido por Simón de Montfort en el castillo de Carcasona. En aquel combate, el monarca aragonés había liderado un heterogéneo ejército de coalición que unía a la élite de la caballería pesada aragonesa con las fuerzas de la resistencia occitana —encabezadas por los condes de Tolosa, Foix y Cominges, contingentes provenzales y las activas milicias urbanas de Tolosa—. Tras el desastre de Muret, el equilibrio de poder en la región se fracturó definitivamente en favor de Francia, dejando a la Casa de Aragón solo con el control del Rosellón, Montpellier y Provenza, y bajo la titularidad de los jóvenes huérfanos Jaime de Aragón y Ramón Berenguer de Provenza, que además había perdido a su tutor y tío, el desventurado Pedro de Aragón.

Ante el nuevo mapa de dominio francés, el papa Inocencio III cambió de estrategia y pasó a apoyar a la Casa de Aragón. La muerte en una Cruzada del rey aragonés —otrora héroe de Las Navas de Tolosa— a manos de otros cristianos forzó a Roma a replantearse sus alianzas. Apenas un año antes, Pedro II de Aragón había sido una pieza clave en aquella trascendental batalla contra los almohades, aclamada en toda Europa como la gran victoria de la cristiandad en un momento de estancamiento en Tierra Santa.

Por ello, el pontífice había exigido a Montfort la liberación del infante Jaime y, para evitar que creciera entre nobles sedientos de venganza, ordenó su entrega a la Orden del Temple. El pequeño fue trasladado al castillo de Monzón, donde los templarios lo tutelaron y formaron como un soberano guerrero. Una suerte similar corrió la rama aragonesa de Provenza: con el fin de evitar que su heredero fuera utilizado como peón político por Francia, Inocencio III dispuso que también quedara bajo custodia templaria en Aragón. De este modo, tanto el montpellerino Jaime como el aquisextano Ramón Berenguer pasaron a estar bajo la tutela de Guillem de Mont-rodón, maestre de la Orden del Temple en Aragón y Provenza.

Mont-rodón mantuvo la tutela de los infantes Jaime y Ramón en el castillo de Monzón hasta 1217. Aquellos años juntos nacieron entre los dos primos una estrecha amistad y un vínculo de confianza que perduraría toda la vida. Con solo nueve años, Jaime fue reclamado por la nobleza aragonesa y catalana para asumir el trono de un reino convulso, sumido en el caos y las revueltas nobiliarias, mientras que Ramón partió hacia Provenza.

Esta profunda complicidad se tradujo en una alianza histórica estratégica. Jaime I respaldó diplomáticamente al monarca aquisextano para consolidar su poder en Provenza frente a las injerencias francesas y las presiones de la nobleza local. Por su parte, a pesar de las dificultades internas de Ramón Berenguer V, la destacada participación de marselleses y nizardos junto al rey aragonés en la expedición a Mallorca quedó inmortalizada por Mateo París en su «Chronica Majora»: «Anno 1229 capta est insula Maiorica que sita est inter Africam et Marsiliam a rege Aragoniae et civibus Masilie».

Para la Iglesia, la recuperación de Jerusalén y las campañas en la Península y Baleares constituían dos frentes de una misma Guerra Santa. De hecho, la Cruzada contra los almohades de Mallorca se emprendió pocos años después de las Navas de Tolosa y de forma paralela a otras grandes ofensivas peninsulares. El papa Honorio III ya había concedido la bula de Cruzada a Fernando III de Castilla en 1225, mientras que en 1230 Gregorio IX otorgó el mismo rango a las expediciones de Alfonso IX de León contra Mérida y Badajoz. En ese mismo contexto el emperador Federico II Hohenstaufen —tío por matrimonio de Jaime I— había entrado triunfalmente en Jerusalén para ser coronado rey de la ciudad el 18 de marzo de 1229. Con la firma del Tratado de Jaffa con el sultán Al-Kamil, pasaron a dominio cristiano las localidades de Belén, Nazaret, Sidón y Torón, así como la mayor parte de Jerusalén, con la excepción explícita de la Cúpula de la Roca por su relevancia sagrada para el islam.

En el frente peninsular, Jaime I tampoco lo tuvo fácil. Durante los quince primeros años de su reinado afrontó constantes disputas y rebeliones con la nobleza aragonesa, que llegó a tomarlo como prisionero cuando solo contaba con dieciséis años. En 1227, el monarca tuvo que hacer frente a un nuevo alzamiento aristocrático liderado por su tío, el infante Fernando; un conflicto que, gracias a la mediación del papa Gregorio IX, se resolvió con la firma de la Concordia de Alcalá. Tras someter a la nobleza levantisca, Jaime I obtuvo por fin la estabilidad necesaria para emprender sus campañas contra los musulmanes de Baleares y Valencia, sumándose así al proyecto de Roma para expandir la cruzada en la Península y el Mediterráneo.

A finales de agosto de 1229 en Tarragona y en Salou estaban concentrados para embarcar para la Cruzada de Mallorca («nós anam en est viatge en fe de Déu, e per aquells que no el creen, e anam sobre ells per dues coses, o per convertir-los o per destruir-los»; Jaime I de Aragón) prelados y barones catalanes, barones y caballeros aragoneses, caballeros de Navarra, caballeros del Languedoc y de Gotia y caballeros de Provenza, colectivos burgueses catalanes, roselloneses, bearneses, gascones, provenzales y aragoneses y gentes aventureras de muy diversa procedencia, en especial italianos, franceses y castellanos. Además de la bula de Cruzada del mes de febrero, una vez ya hubo zarpado la imponente flota el papa emitió un breve ordenando al superior de los dominicos de Barcelona y a fray Ramón de Peñafort a predicar la cruzada en las regiones de Arlés y Narbona para conseguir apoyos económicos y militares destinados a la conquista de Mallorca.

La inmensa mayoría de los expedicionarios procedían de los dominios patrimoniales de Jaime I (el reino de Aragón, el condado de Barcelona, los marquesados de Lérida y Tortosa y el señorío de Montpellier) y de sus condados vasallos (Rosellón, Ampurias y Urgel), así como de los territorios de sus tradicionales aliados de Bearne, Languedoc y Gotia (Carcasona, Nimes, Narbona y Béziers), además del condado de Provenza, gobernado por su primo Ramón Berenguer V. A pesar del terrible impacto de la Cruzada albigense, todos esos territorios seguían unidos por unos estrechos lazos políticos y culturales forjados durante siglos, por su pasado visigodo común y, sobre todo, por una misma lengua —la lengua de oc—. Constituían la llamada Gran Provenza, una entidad geopolítica y cultural que se extendía desde Barcelona hasta Marsella («homines provincialium partium a Massalia usque Barchinonam», Guido de Lusignan, rey de Jerusalén, 1187), a la que se unió a partir de 1229 el reino de Mallorca.

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