El artista junto con el magnate chino que le ha fichado

Arte

El artista español que ha conquistado a una de las fortunas galácticas de China y vestirá con su sello 4.000 murales por medio mundo

José Luis Mesas, que ha desarrollado buena parte de su carrera entre Miami y Asia, ha firmado un contrato de diez años con un poderoso empresario chino tras deslumbrarlo con un mural en Budapest

José Luis Mesas es todo a lo grande. ¿Pinta? Se lanza a murales gigantescos. ¿Habla? Arrolla con su conversación. Es una kalashnikov de titulares. ¿Se alía con alguien en su negocio? Pues le da por seducir a un magnate chino híper-ultra-mega-rico, de los que encabezan rankings en Asia y Europa. Una fortuna de la Champions que ha puesto sus ojos en el universo creativo de este artista español, de raíces mallorquinas e historia peculiar, y le ha fichado para que decore 4.000 inmuebles de su propiedad con sus creaciones pictóricas. A lo grande, lo dicho.

Y todo por un mural en Budapest. Aunque conviene rebobinar, porque en esta historia hay un empresario chino que colecciona arte, un pintor español que trabaja a mano alzada sobre superficies que a otros les producirían vértigo y una panorámica de la capital húngara que terminó haciendo las veces de celestina. También hay un contrato de diez años, proyectos en varios continentes y un protagonista que se siente más querido fuera que dentro de su país. «Yo llevo quince años trabajando con China», explica Mesas a El Debate, empeñado en aclarar que su desembarco en el universo de las grandes fortunas asiáticas no es exactamente un golpe de suerte caído del cielo. Ha vivido diez años en Miami, cuatro en China y asegura que allí su obra goza de un reconocimiento que España todavía le regatea. «En China soy muy reconocido», insiste. Aquí, en cambio, su nombre sigue ligado a una fachada mallorquina que levantó tantas pasiones como ampollas.

Pero volvamos a Budapest, donde comenzó este último capítulo de su biografía. Uno de sus representantes -tiene dos, uno de ellos, chino-, conocedor de los movimientos del potentado, le avisó de que iba a visitar un edificio y organizó las cosas para que Mesas estuviera allí, pincel en mano. El artista recibió el encargo de pintar un mural y libertad para decidir qué hacer con él. Miró por la ventana. Delante tenía el puente, los edificios, la ciudad desplegada ante sus ojos y se lanzó. A lo loco, dejando fluir las neuronas, el alma y la mano.

El magnate apareció, contempló el resultado y quedó fascinado. Mesas cuenta que determinados elementos de la composición conectaban, además, con símbolos de prosperidad de la cultura china. El entusiasmo fue suficiente para que aquel encuentro derivara en una propuesta que habría dejado sin habla a más de uno. No a Mesas, que parece tener siempre una respuesta preparada. «Me dijo: «Tengo estos proyectos, vamos al notario y lo hacemos». Y en quince días lo hicimos todo».

Hay otro detalle delicioso en este encuentro. Resulta que el multimillonario ya poseía tres cuadros de Mesas. El pintor sabía que aquellas obras habían terminado en China, pero ignoraba quién las había comprado. Fue su nuevo mecenas quien se las enseñó. De manera que el flechazo de Budapest tenía, por parte del coleccionista, ciertos antecedentes. Lo que vino después fue una sucesión de destinos y encargos difícil de encajar en una agenda convencional. Budapest, Canarias, Málaga, China, Nueva York. El acuerdo, según relata el artista, se extenderá durante diez años y contempla intervenciones en propiedades del empresario -4.000, marea-, que quiere convertir el lenguaje pictórico de Mesas en una seña de identidad de su patrimonio inmobiliario.

En Budapest ya ha visitado los terrenos de una promoción residencial en la que deberá ocuparse de las fachadas y de las zonas comunes. También tiene previstos trabajos en Marbella y proyectos en China, donde menciona dos edificios especialmente preparados para resistir terremotos. Lo cuenta con la naturalidad de quien anuncia que el martes tiene dentista. «Él quiere todo lo suyo pintado por mí», resume.

¿Y qué significa exactamente que cuatro mil edificios puedan acabar llevando su firma? ¿Habrá un patrón común, una iconografía repetida hasta la saciedad, una especie de franquicia artística? Mesas es categórico. «Nunca repito, pero sí que se ve quién soy yo». Puede pintar una montaña, un paisaje o cualquier otro motivo, pero siempre lo somete a su propio lenguaje. Que se lo pregunten, si no, a los palmesanos que transitan por delante del hotel Artmadams. Su fachada, convertida en un gigantesco estallido de color, fue objeto de una batalla legal (manoseada por la izquierda como bandera antihoteleros) y que aún tiene pendiente el último capítulo: la sentencia definitiva que deberá resolver si esas pinturas rompedoras son legales o no. «Todo lo que he hecho aquí ha sido polémico», asegura, aunque también reconoce que no ha pasado demasiado tiempo en España.

A su juicio, en la batalla del Armadams hubo más cosas en juego que la valoración de una obra artística. «Había gente a la que le encantaba mi obra», recuerda. Considera que se mezcló la política con la iniciativa de un hotelero que había apostado por la cultura. La fachada permanece donde estaba y el pintor no cree que vaya a desaparecer. Mientras tanto, al otro extremo del mapa, un empresario chino le pide que multiplique su particular manera de entender las paredes. Porque Mesas tiene una relación peculiar con las dimensiones. Cuanto más grande, mejor, y todo a mano alzada, sin tecnología ni IA. «Yo pinto a mano alzada. Saco el lápiz, pinto y nunca borro una línea. Me sale así, no puedo hacer otra cosa».

Su biografía, por cierto, empezó bastante lejos de los coleccionistas multimillonarios y las recepciones empresariales. Mesas cuenta que pasó parte de su infancia en un centro de menores. Allí alguien reparó en sus habilidades para el dibujo y decidió darle una oportunidad. Tenía apenas siete años cuando comenzó a formarse con maestros de pintura. «Vieron algo en mí», recuerda. Con el tiempo pudo aprender de pintores reconocidos internacionalmente y ahora, 48 años después, le toca la Lotería en el gran gigante asiático.