Vista de algunos de los restos catalogados por las dos estudiantes gracias a la beca del Ayuntamiento de Ibiza.AY. DE IBIZA

Los tesoros de la Ibiza púnica que llevan treinta años esperando a ser estudiados

Dos jóvenes arqueólogas recuperan la historia de la isla a través de cerámicas de hace 2.400 años, piezas importadas de Italia y África y restos de excavaciones

En el siglo IV antes de Cristo, un alfarero de Ibiza sacaba del horno una hornada de cerámica. Algunas piezas habían salido perfectas. Otras, deformadas o defectuosas, acababan desechadas. Más de 2.400 años después, aquellos restos que no sirvieron para nada a sus fabricantes se han convertido en una valiosa fuente de información sobre la actividad artesanal de la isla en época púnica.

Son algunos de los materiales que han pasado durante los últimos meses por las manos de Rocío Quesada y Sheila Marazuela, dos jóvenes arqueólogas que este martes han concluido sus prácticas en el laboratorio municipal de arqueología de Ibiza, instalado en Sa Pedrera, un lugar tan singular como es el foso de las murallas renacentistas de Dalt Vila.

Allí, entre cajas de fragmentos cerámicos, ánforas rotas y restos recuperados en distintas excavaciones urbanas, ambas han dedicado 300 horas a una tarea poco conocida fuera de los círculos arqueológicos: reconstruir, clasificar e inventariar los materiales que permiten conocer cómo vivían, qué fabricaban y con quién comerciaban los antiguos habitantes de la isla.

Y es que buena parte de los restos que han estudiado no procede de excavaciones recientes. Algunos llevan esperando su turno desde mediados de los años noventa.

Treinta años guardados en cajas

«Tenemos materiales de intervenciones que se hicieron en los años 90, en 1995, en la calle San José o en la ronda Calvi», explica Ángeles Martín, técnica de Patrimonio del Ayuntamiento de Ibiza. A estos fondos se suman otros procedentes de excavaciones más recientes en la avenida de España, Dalt Vila o las obras realizadas en el entorno de las murallas renacentistas, como la modificación del acceso al baluarte de Sant Jaume.

La acumulación de materiales es considerable. Cada intervención arqueológica realizada con motivo de una obra pública puede sacar a la luz cientos de fragmentos que deben ser limpiados, identificados y estudiados antes de su entrega al Museo Arqueológico.

«Hay bastante material acumulado aquí, todavía mucho material pendiente de procesar», reconoce Sheila Marazuela. Y no parece que el trabajo vaya a agotarse pronto. En una ciudad donde se superponen más de dos milenios de ocupación humana, cualquier excavación puede descubrir restos de épocas muy diferentes.

Desde materiales fenicios y púnicos hasta vestigios islámicos, cristianos, renacentistas o contemporáneos, el subsuelo de Ibiza conserva las huellas de los pueblos que han pasado por la isla.

Cerámica italiana y africana

Uno de los aspectos que más ha sorprendido a Rocío Quesada, graduada en Historia del Arte en Murcia y estudiante del máster de Arqueología de la Universidad de Alicante, ha sido la variedad de procedencias de los materiales. «Hemos trabajado con importaciones, muchas del sur de Italia», explica. Estas piezas presentan características que permiten diferenciarlas visualmente de las producciones locales. También han estudiado cerámicas procedentes del norte de África, reconocibles en algunos casos por el color rojizo de su pasta.

Pero entre sus hallazgos favoritos figuran precisamente los más humildes: los desechos de los alfares púnicos. «Son las producciones que no salen bien del horno por el motivo que sea», señala. Estos fragmentos permiten conocer también la parte menos visible de la actividad artesanal: las piezas que se rompían o deformaban durante su fabricación y que nunca llegaron a comercializarse.

La presencia de cerámicas extranjeras tampoco es casual. Ibiza formaba parte de las grandes rutas de navegación y comercio del Mediterráneo desde la época fenicia. «Ibiza está dentro de los circuitos de navegación y comerciales desde el siglo VIII antes de Cristo», recuerda Ángeles Martín. La isla participaba en los intercambios de productos y estilos cerámicos con otros territorios mediterráneos y, además de recibir mercancías, también exportaba sus propias producciones.

«Todos estos materiales nos están diciendo todas esas relaciones que tiene Ibiza con el resto del Mediterráneo», explica la técnica municipal. De esta manera, un fragmento de cerámica encontrado bajo una calle de Ibiza puede aportar información sobre las conexiones comerciales que mantenía la isla hace más de dos milenios.

El rompecabezas de la arqueología

El trabajo de las dos jóvenes se parece en ocasiones a resolver un gigantesco rompecabezas cuyas piezas han permanecido enterradas durante siglos. Primero deben identificar las cajas y determinar la procedencia de los restos. Después llega la limpieza, la separación por épocas y la clasificación de los distintos objetos.

Las ánforas, las jarras, los recipientes de cocina y las cerámicas importadas se ordenan por categorías, dando prioridad a las producciones locales ebusitanas. Finalmente, la información se incorpora a un inventario informático que servirá de base para posteriores investigaciones. En ocasiones también deben intentar reconstruir recipientes a partir de sus fragmentos.

«Muchas veces, cuando el contexto está un poco deteriorado, lo más complicado es pegar las piezas y montarlas», reconoce Rocío Quesada. Su compañera Sheila, graduada en Arqueología por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en el mundo fenicio-púnico, destaca especialmente los materiales recuperados en la calle Sant Josep. «Como aquí es tan potente la fase púnica, he tenido la oportunidad de trabajar un contexto muy bueno», explica. La joven también valora haber podido estudiar materiales medievales y de épocas posteriores, menos habituales en su formación académica.

Para ambas, la experiencia ha supuesto descubrir una faceta de la profesión que apenas se conoce durante los estudios universitarios. «En la carrera recibimos una formación teórica, pero no tenemos tanta posibilidad de tocar materiales, de verlos», señala Marazuela.

Prácticas y alojamiento gratuito

El programa de becas del Ayuntamiento de Ibiza funciona desde 2013 y permite que cada año dos estudiantes o recién titulados completen su formación trabajando con los fondos arqueológicos municipales. Cada beca está dotada con 2.000 euros y comprende 300 horas de prácticas, equivalentes aproximadamente a dos meses y una semana de trabajo a jornada completa.

La crisis de la vivienda afecta también a estos becarios. Por este motivo, el Ayuntamiento proporciona alojamiento a los beneficiarios de estas becas de forma gratuita. La medida se adoptó en 2015 y, desde entonces, los beneficiarios de esta ayuda pueden alojarse en Can Tomeu, una casa payesa municipal situada en un entorno rural. La medida pretende evitar que el coste de los alquileres impida la llegada de estudiantes de otras comunidades autónomas.

Las becas se convocan a nivel nacional mediante concurrencia competitiva. Este año se presentaron seis aspirantes, aunque en otras ediciones se han registrado hasta 14 solicitudes. Solo en la época de la pandemia de COVID-19 descendió el número de solicitantes. En 2021 fue solo una persona la que optó a la beca y, casualmente, era un estudiante residente en la isla.

El programa, por otro lado, también ha servido de puerta de entrada al mercado laboral. Algunos antiguos participantes han terminado trabajando como arqueólogos en Ibiza, mientras que otros han regresado posteriormente para colaborar en la formación de nuevas promociones. Es el caso de Ana Martina, que fue becaria en 2013 y este año ha participado como profesional en el acompañamiento de las dos jóvenes.

Un pasado que todavía espera

El laboratorio municipal, trasladado en 2025 desde la zona de Can Misses al foso de las murallas, conserva materiales de excavaciones realizadas a lo largo de varias décadas. Entre ellos figuran también restos renacentistas recuperados durante las intervenciones en el baluarte de Sant Jaume, que se suman a las producciones púnicas, las importaciones mediterráneas y los objetos de épocas posteriores.

El trabajo de clasificación constituye solo una primera fase. Una vez inventariados, los materiales pueden ser objeto de investigaciones más especializadas antes de su depósito definitivo en el Museo Arqueológico. Mientras tanto, las cajas siguen esperando su turno en el laboratorio.

Para Rocío y Sheila, estos dos meses han supuesto una oportunidad de conocer la arqueología fuera de las excavaciones universitarias. Para Ibiza, su trabajo representa un pequeño avance en una tarea que parece inagotable: reconstruir una historia de más de dos mil años que todavía permanece, en buena parte, guardada en fragmentos de cerámica.