Restos funerarios en MallorcaCSIC

Historia

Hallan restos humanos de hace 3.500 años en una necrópolis que revela cómo enterraban a sus muertos los primeros pobladores de Mallorca

Los arqueólogos del CSIC descubren huesos de adultos y niños, cerámicas y un singular nicho funerario bajo los restos de una ocupación medieval en Son Sunyer, en es Pil·larí

Durante unos 3.500 años, los restos de quienes habitaron Mallorca en plena Edad del Bronce han permanecido ocultos bajo tierra, en una cueva excavada en la roca de es Pil·larí, a las afueras de Palma. Allí, bajo los vestigios de una ocupación medieval y entre huesos dispersos, fragmentos de cerámica y antiguos espacios de enterramiento, un equipo de arqueólogos ha conseguido recuperar una parte de la historia funeraria de la isla que hasta ahora apenas había podido estudiarse en su contexto original. El hallazgo se ha producido en la necrópolis de Son Sunyer, donde investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) han localizado restos humanos de unos 3.500 años de antigüedad, incluidos enterramientos infantiles, y nuevas evidencias sobre la manera en que aquellas comunidades despedían a sus muertos. La importancia del descubrimiento no reside únicamente en la antigüedad de los materiales, sino en que han aparecido en depósitos arqueológicos que todavía conservan información sobre su utilización prehistórica, algo poco habitual en las cuevas funerarias mallorquinas, muchas de ellas transformadas, saqueadas o reutilizadas a lo largo de los siglos.

La excavación se ha desarrollado durante este mes de octubre en uno de los nueve hipogeos que forman la necrópolis, concretamente en el denominado SSU9, una cueva artificial descubierta en 2024 y en la que los trabajos arqueológicos comenzaron el pasado año. Lo que los investigadores han encontrado bajo los niveles medievales documentados en campañas anteriores confirma que el subsuelo de Son Sunyer todavía guarda testimonios de su función original como espacio de enterramiento durante la Edad del Bronce. Los restos recuperados presentan cierto grado de alteración, pero conservan un valor científico considerable porque permiten estudiar conjuntamente los huesos humanos, los objetos depositados junto a ellos y la disposición de las estructuras funerarias. El investigador del Incipit-CSIC y codirector de la intervención, Pau Sureda, destaca precisamente la posibilidad de documentar estos materiales con técnicas de excavación actuales y dentro de su contexto arqueológico, una circunstancia que abre la puerta a responder preguntas que otros yacimientos de características similares no habían permitido resolver.

Uno de los aspectos que más interés ha despertado entre los arqueólogos es la disposición de los huesos. Lejos de aparecer como esqueletos completos, muchos de los restos se encuentran dispersos y desarticulados por el interior de la cámara funeraria. Esta distribución, según explica Jordi Hernández, investigador del Instituto Catalán de Arqueología Clásica y también codirector de la excavación, «podría estar relacionada con la manera en que se gestionaban los enterramientos». La hipótesis que manejan los especialistas dibuja un ritual funerario en varias fases: los cuerpos habrían sido depositados inicialmente sobre bancos de piedra o en nichos abiertos en las paredes de la cueva y, con el paso del tiempo, parte de los huesos se habrían trasladado hacia el espacio central para liberar sitio y permitir nuevas inhumaciones. De confirmarse esta interpretación, algunas zonas de los hipogeos habrían funcionado como osarios colectivos, en los que los restos de generaciones anteriores permanecían dentro del mismo recinto mientras continuaban incorporándose nuevos difuntos.

La presencia de restos infantiles añade otra dimensión al descubrimiento. Los enterramientos de niños permitirán investigar hasta qué punto los distintos miembros de aquellas comunidades participaban de unas mismas prácticas funerarias y si existían diferencias en el tratamiento de los cuerpos en función de la edad. Por ahora, los investigadores se muestran prudentes a la hora de extraer conclusiones, pero la recuperación de estos materiales ofrece una oportunidad para aproximarse no solo a los rituales relacionados con la muerte, sino también a la composición de los grupos humanos que ocuparon Mallorca hace tres milenios y medio. Los análisis previstos sobre los huesos podrán aportar información sobre la edad de los individuos, las enfermedades que padecieron, su alimentación e incluso sus características genéticas, aspectos que permitirán reconstruir con mayor detalle las condiciones de vida de aquellas poblaciones prehistóricas.

La investigación tampoco se limitará al estudio de los esqueletos. Los arqueólogos prevén someter los materiales recuperados a dataciones mediante carbono 14 para establecer con mayor precisión cuándo comenzaron a utilizarse estos espacios funerarios y durante cuánto tiempo permanecieron activos. Aunque los restos se sitúan inicialmente en torno a los 3.500 años de antigüedad, las nuevas pruebas permitirán afinar una cronología que resulta fundamental para comprender la evolución de los rituales funerarios en la isla. A ello se suma otro descubrimiento arquitectónico poco frecuente: un nicho excavado por debajo de uno de los bancos de piedra del hipogeo, una disposición que se aparta de la observada habitualmente en otras cuevas funerarias mallorquinas y que podría aportar nuevas pistas sobre la organización interna de estos recintos y las distintas formas de utilizar el espacio destinado a los muertos.

Son Sunyer constituye, además, un enclave especialmente interesante por la complejidad de su historia. La necrópolis está integrada por nueve cuevas artificiales excavadas directamente en la roca, con corredores, cámaras, bancos y nichos que presentan diferentes configuraciones. El conjunto se encuentra junto al antiguo entorno húmedo del Pla de Sant Jordi, en un paisaje donde las comunidades de la Edad del Bronce habrían establecido una separación entre los lugares destinados a vivir y aquellos reservados para los enterramientos. Sin embargo, el uso funerario prehistórico fue solo el primer capítulo de una larga sucesión de ocupaciones. En el yacimiento han aparecido también materiales de época talayótica y medieval, mientras que entre los siglos XVI y XVII parte del terreno fue explotado como cantera de marés. Aquella actividad extractiva destruyó parcialmente algunas de las estructuras originales y contribuyó a alterar un conjunto arqueológico que, pese a todo, ha conseguido conservar bajo sus sucesivas capas de ocupación vestigios de sus primeros usos.

Precisamente esa acumulación de siglos de historia explica las dificultades a las que se enfrentan los investigadores. En numerosos hipogeos de Mallorca, las transformaciones posteriores han borrado o mezclado los depósitos originales hasta hacer prácticamente imposible reconstruir cómo se desarrollaban los enterramientos. En Son Sunyer, en cambio, la identificación de niveles prehistóricos bajo las ocupaciones más recientes permite recuperar parte de esa secuencia y estudiar los materiales con una metodología que distingue las diferentes fases de utilización del recinto. Los trabajos forman parte de una investigación iniciada en 2020 y reforzada desde 2024 con la participación del Incipit-CSIC, que ha ido ampliando progresivamente el conocimiento sobre este conjunto funerario situado en el término municipal de Palma.

La campaña de este año, cuya fase de campo está previsto concluir este viernes, 30 de octubre, deja así nuevas piezas para reconstruir un pasado del que todavía quedan numerosas incógnitas. Los huesos humanos, los enterramientos infantiles, las cerámicas y la particular distribución de los nichos ofrecen indicios sobre cómo se organizaba la muerte en las comunidades mallorquinas de la Edad del Bronce, pero será el trabajo posterior de laboratorio el que permita determinar hasta dónde llega la información conservada. Tres milenios y medio después de que aquellos cuerpos fueran depositados en las cavidades de Son Sunyer, los arqueólogos empiezan a reconstruir no solo quiénes fueron las personas enterradas allí, sino también qué hicieron sus comunidades con sus restos y cómo mantuvieron durante generaciones la utilización de un mismo espacio funerario.