Melón de La ManchaSabor Quijote

Por esto el melón manchego es (y será siempre) la fruta del verano

Del grito del vendedor ambulante al sello de calidad internacional: la historia de una joya manchega que refresca, emociona y permanece

«¿Qué dicen estos melones? ¡Có-me-me, có-me-me!, ¡El melonero, oiga!, ¡Ha llegado el melonero! Al rico melón de La Mancha, que no es un melón cualquiera. ¡Me lo quitan de las manos, señora!»

Este era —sigue siendo y quiero que sea— el sonido de mis veranos. Aún hoy, hay furgonetas que atraviesan las calles de los pueblos castellanomanchegos con altavoces encendidos, como si quisieran recordarnos que el tiempo no ha pasado del todo. La voz del vendedor, ahora amplificada y metálica, sigue despertando la misma sonrisa que hace décadas: esa que sabe que el verano ya ha llegado, y que lo mejor está por partirse en dos sobre la encimera.

Porque hay rituales que resisten el paso del tiempo. Como el de elegir el melón más grande, más dulce. Llevarlo a casa. Cortarlo con un cuchillo afilado. Escuchar el crujido de la cáscara al romperse. Oler su interior antes de probarlo. Y dar el primer bocado, frío, jugoso, inconfundible.

Ese melón que viaja en furgoneta por nuestros pueblos, es el mismo que hoy lleva un sello de prestigio: Indicación Geográfica Protegida (IGP) Melón de La Mancha. Un producto que ha conquistado los mercados más exigentes sin perder su alma de campo. Porque hay frutas que solo alimentan, y otras —como esta— que también emocionan.

El sabor que manda en el mercado

La tradición tiene ahora también el respaldo de los números. Según Marta Rodríguez, CEO de Marcafruit, empresa referente en el sector hortofrutícola de Castilla-La Mancha, «lo que más se vende en verano es la sandía y el melón. También fruta de hueso como la ciruela o el melocotón, pero el consumo estrella lo lideran esas dos frutas». Y la razón es simple, pero poderosa.

«Al principio del verano se consume más sandía porque llega antes. Pero conforme avanza la temporada, el melón gana protagonismo: aguanta más, tiene mejor conservación, y llega hasta octubre. Además, es un producto manchego, de aquí, y eso lo valora cada vez más la gente», explica Marta Rodríguez.

Una fruta que no solo refresca. También conecta con el territorio, con la estacionalidad y con una manera de vivir.

Donde la tierra se convierte en dulzura

La historia del melón manchego comienza en un mapa que parece trazado por el sol. La comarca natural de La Mancha, a más de 600 metros de altitud y junto al Alto Guadiana, extiende sus brazos entre campos abiertos, cielos infinitos y pueblos que huelen a tierra recién removida. Alcázar de San Juan, Tomelloso, Socuéllamos, Herencia, Argamasilla de Alba o Manzanares son algunos de los municipios donde esta fruta no solo se cultiva: se cría como se cuida lo que es de uno.

Allí, el invierno prepara la tierra con labores profundas que la oxigenan. En primavera, llegan los acolchados: plásticos que protegen la humedad del suelo y aceleran el crecimiento de las plantas. Todo se hace con precisión, pero también con paciencia. El trasplante se realiza a mano, planta por planta, con el saber heredado de generaciones. Y cada fruto que nace bajo el sol manchego lo hace con carácter: resistente, dulce, firme, auténtico.

El momento exacto, ese que solo el agricultor conoce

No hay maquinaria que sustituya a la experiencia. Ni calendario que dicte el punto perfecto. El melón manchego no se corta por rutina: se cosecha a conciencia. Porque el melón avisa, pero solo a quien sabe escuchar.

Los agricultores miran el color de la piel, la elasticidad de su base, el peso en la mano, el tono de la «cama». Lo golpean suavemente y escuchan su sonido, grave y tenso como un instrumento afinado. La primera hoja marchita es otra pista. Entonces sí: es el momento.

La recolección se hace a mano, en varias pasadas por semana, para asegurar que cada pieza llega al consumidor en su punto justo. Cada corte es una decisión. Un acto de precisión. Un respeto profundo por el fruto y por quien lo va a saborear.

Refresca, nutre y emociona

Lo mejor del melón manchego no es solo su sabor. Es todo lo que aporta al cuerpo y al alma. Con más de un 90% de agua, es un hidratante natural perfecto para los días de calor intenso. Además, contiene vitaminas A, C, B1, B3, potasio, fibra y antioxidantes, lo que lo convierte en un aliado digestivo, diurético, bajo en calorías… y absolutamente delicioso.

Su versatilidad es otra de sus virtudes. Acompaña al jamón en los almuerzos veraniegos, refresca las meriendas, protagoniza cenas ligeras y brilla como postre sin necesidad de nada más. Frío, en rodajas o en cubos, el melón es ese amigo que nunca falla.

Por eso no sorprende que, junto a la sandía, compita por el título de fruta del verano. Pero si hay una fruta que cuenta historias mientras alimenta, que refresca y remueve por dentro… esa es el melón de La Mancha.

Una etiqueta que guarda el alma del campo

La Indicación Geográfica Protegida no es solo un sello. Es una garantía de origen, de respeto por el producto, de orgullo por la tierra. Cada melón con la etiqueta de la IGP Melón de La Mancha ha sido cultivado en su zona natural, siguiendo normas estrictas que aseguran su calidad, su trazabilidad y su sabor inconfundible.

Pero además, el sello protege algo más profundo: una forma de vida. Detrás de cada melón hay familias, cooperativas, pequeños agricultores que mantienen viva una economía local que resiste el abandono del campo. Cada vez que alguien compra un melón manchego, está apostando por esa resistencia. Por una agricultura sostenible, digna, y llena de verdad.

Una fruta que nunca se va

Hay sabores que solo aparecen una vez al año. Pero cuando llegan, se quedan para siempre.

A veces, cuando corto un melón en mitad de agosto, me parece oír de nuevo aquella voz. No en el recuerdo, sino en la calle. Porque aún pasa la furgoneta. Aún suena el altavoz. Aún se grita ese «¡el melonero, oiga!» que me devuelve, por un segundo, a mi infancia.

Ese melón no es solo una fruta. Es una estación entera. Es la memoria dulce de quienes crecimos al ritmo del campo.

Y quizá por eso —por sabor, por historia, por identidad el melón manchego es, y será siempre, la fruta del verano. O al menos del mío. Con permiso de la sandía.