Sánchez y el PSOE ya no hacen caso a Page y les viene bien a los tres

La vida sigue igual porque el presidente castellanomanchego sigue fuerte en su territorio y el Gobierno resiste retorciéndose y retorciendo España alrededor del independentismo y el separatismo que le sostiene

Emiliano García Page junto a Pedro Sánchez el pasado 11 de septiembre en Cuencalola pineda

Julio Iglesias, quien acaba de cumplir 82 años, cantaba La vida sigue igual, que es exactamente lo que sucede en el curioso puente que transitan el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, el Gobierno y el PSOE nacional.

Parece el puente colgante aquel de Indiana Jones y el templo maldito con los buenos en un lado y los malos en el otro, con una tensión similar de lucha y desencuentro, pero sin que nadie termine cayendo nunca a los cocodrilos.

La vida sigue igual porque Page sigue fuerte en su territorio y el Gobierno resiste retorciéndose y retorciendo España alrededor del independentismo y el separatismo que le sostiene. Y todo a pesar de todos.

Page ha vuelto a echar (en realidad nunca ha parado de hacerlo) madera al «pagismo» con su oposición a cualquier acuerdo con Junts y Puigdemont, esta vez a propósito de la posibilidad de que Cataluña consiga la gestión de sus fronteras.

Lo ha hecho con su habitual lenguaje grueso, noticioso: el «tufo racista» de «dejar un poder soberano en manos de una autonomía». Es la posición que comparten todos los contrarios a Sánchez, la cual no pueden compartir públicamente porque proviene del PSOE.

Al otro PSOE, al nacional, a Sánchez, ya no le importan mucho los golpes dialécticos del presidente castellanomanchego, pues en su luna ya se sabe que no son más que picotazos que se reparan fácilmente.

Para Page «es un tema muy serio» del que espera que no se juegue «frívolamente con ceder competencias en política migratoria». Ha dicho el político toledano que «significa segregar y poder elegir al que entra en función de que quien entre lo haga por la puerta identitaria». Y que «separar a los ciudadanos del mundo por cuestiones identitarias, es racismo».

Es una contundente declaración, pero sin consecuencias, como siempre. Es una pelea de boxeo de película, donde parece que hay golpes de verdad que alcanzan al rival, pero que en realidad, el efecto real, es fingido.

Rocky nunca le pegó de verdad a Iván Drago, pero todos los espectadores se enardecen con la apariencia lúdica de que era cierto. Dicen en el PSOE de Sánchez, entre ellos Patxi López, aquel del que dijeron que diría cosas que nos helarían la sangre, que el acuerdo con Junts solo es una «delegación administrativa» que no afecta a la soberanía ni al control de las fronteras.

Es un relato conocido como el proverbio árabe: «Los perros ladran, pero la caravana (en este caso Puigdemont) avanza». Lo advierte Page como si no lo advirtiera porque ya (casi) nadie le hace caso, como al pastor del cuento (ni toma medidas drásticas en su contra, todo son posibilidades de una y otra parte que nunca se concretan), o mejor, el caso justo para mantener las bases ideológicas de su Gobierno (y su Gobierno en definitiva), mientras Sánchez y sus socios siguen su camino con el ladrido cada vez más tenue por conocido para beneficio de las tres partes. O de las cuatro.