«Noche Toledana», dibujo original de Domingo Muñoz

«Noche Toledana», dibujo original de Domingo Muñoz(Colección de grabados del Archivo Municipal de Toledo)

La frase que todos decimos y que nació entre sangre y superstición

Por las calles empedradas de Toledo aún resuena una expresión que nació entre sangre, superstición y zumbidos de mosquitos

Hoy decimos que hemos pasado una noche toledana cuando el sueño se escapa, el calor ahoga o las preocupaciones no dan tregua. Yo ya acumulo unas cuantas —por motivos distintos, ligados a gente menuda—. Pero el origen de esta expresión es mucho más antiguo: un entramado de tres historias que se cruzan entre la leyenda y la realidad.

Una frase que todos decimos sin saber por qué

La Real Academia Española define pasar una noche toledana como «pasar la noche sin dormir».

Sencillo, sí. Pero, ¿por qué toledana? ¿Qué tiene la Ciudad Imperial que la convirtió en símbolo del desvelo, del insomnio y de las noches que se vuelven eternas?

Detrás de la expresión hay siglos de historia, superstición y cotidianidad.

Algunos la atribuyen a una matanza medieval; otros, a las insoportables noches de verano junto al Tajo; y otros, a antiguas costumbres mágicas ligadas al amor. Ninguna explicación es absoluta, pero todas coinciden en algo: Toledo es una ciudad que nunca duerme del todo.

El foso de Toledo: la noche en que corrió la sangre

La primera versión nos transporta al siglo VIII, cuando Toledo estaba bajo dominio musulmán. Las crónicas cuentan que el gobernador Amrus ben Yusuf organizó un banquete con los principales nobles de la ciudad.

Aquel festín, que parecía un gesto de reconciliación, se convirtió en una emboscada.

En plena noche, los invitados fueron degollados sin piedad y sus cuerpos arrojados a un foso junto a la muralla.

La matanza, conocida como la Jornada del foso de Toledo, dejó una huella profunda en la memoria popular.

Desde entonces, la expresión «noche toledana» habría quedado asociada al horror y a la traición. Una noche de insomnio forzado, de miedo y de sombras que no se disipan.

Aunque no existen documentos que confirmen con certeza aquella tragedia, la leyenda sobrevivió durante siglos, transmitida de generación en generación. Y con ella, la idea de que Toledo fue escenario de una noche en la que el sueño —y la paz— desaparecieron para siempre.

Covarrubias y los mosquitos del verano

La segunda teoría, mucho más terrenal, tiene un respaldo histórico y filológico más sólido.

En 1611, el erudito toledano Sebastián de Covarrubias, autor del Tesoro de la lengua castellana o española, escribió que la «noche toledana» era aquella que se pasa «de claro en claro, sin dormir, por los mosquitos que atormentan a los forasteros».

Nada de espadas ni conspiraciones: solo el calor sofocante del verano, el zumbido incesante de los insectos y las picaduras que impiden conciliar el sueño.

Una explicación sencilla, pero verosímil, que demuestra cómo el lenguaje popular sabe convertir la incomodidad cotidiana en ironía y exageración.

Retrato de Sebastián de Covarrubias

Retrato de Sebastián de CovarrubiasJuan Bautista de Espinosa

Porque quien haya dormido una noche de julio en Toledo sabe que los mosquitos del Tajo pueden ser tan despiadados como cualquier enemigo medieval.

El propio Covarrubias, nacido y criado en la ciudad, conocía bien esa sensación de desvelo y bochorno. De ahí que la expresión, desde el siglo XVII, quedara fijada en el castellano con el sentido que aún conserva: una noche larga, pesada, imposible de dormir.

Las mozas de San Juan: la noche del desvelo amoroso

Poco después de Covarrubias, otro peso pesado de la lexicografía española, Gonzalo Correas, ofreció una interpretación muy distinta —y quizá la más curiosa— del origen de la expresión.

En su Vocabulario de refranes y frases proverbiales (1627), el humanista recogió una superstición popular que algunas mujeres practicaban en la noche de San Juan, la más mágica del año.

Según creían, se casarían con el primer hombre cuyo nombre oyeran al filo de la medianoche. Por eso, permanecían despiertas, en silencio, escuchando tras las ventanas o junto a las puertas, con el corazón acelerado y los ojos bien abiertos.

La hoguera de la noche de San Juan

La hoguera de la noche de San JuanEugenio Lucas Velázquez

En palabras del propio Correas: «Noche toledana (...) es la escucha que hacían mozas necias, noche de San Juan, de la palabra primera que oían dadas las doce en la calle, pensando que con el que se nombrase se habían de casar. De allí salió decir ‘noche toledana’ por noche mala, por el desvelo que pasaban».

Así, la expresión adquirió un nuevo matiz: no solo la vigilia forzada por el calor o los mosquitos, sino también el insomnio del deseo y la espera. Una noche en la que Toledo, envuelto en superstición y esperanza, velaba entre la realidad y la magia.

Tres rostros de una misma ciudad

Las tres versiones —la sangrienta, la realista y la supersticiosa— parecen contradecirse, pero en el fondo hablan del mismo Toledo.

Una ciudad donde las noches no son simples horas oscuras, sino escenarios de historia, de calor y de misterio. Donde el sueño se resiste porque el pasado sigue despierto.

Tal vez la expresión haya nacido de todas ellas a la vez: del rumor de los mosquitos, del eco de las espadas y del suspiro de las muchachas que esperaban su destino.

Toledo, al fin y al cabo, es una ciudad de capas, y su lenguaje también.

Cuando digas «he pasado una noche toledana»…

…estarás evocando siglos de historia y superstición.

Una frase que guarda en su eco la violencia de un pasado lejano, el calor de las noches junto al Tajo y el alma romántica de una ciudad donde los sueños y las pesadillas caminan de la mano. Porque en Toledo, incluso el insomnio tiene historia.

Y quizá por eso, cuando alguien dice que ha pasado una «noche toledana», no solo habla de una mala noche: habla, sin saberlo, de la ciudad que hizo del desvelo una leyenda.

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