Letur tras el paso de la DANA que deja seis personas desaparecidas en el municipioEUROPA PRESS

Letur, un año después de la dana: cuando el agua arrasó las calles, pero no la humanidad

El agua destruyó casas y caminos, pero no pudo con la empatía que unió a todo un pueblo bajo la misma esperanza

Letur. Un nombre que todavía estremece cuando alguien pronuncia la palabra riada. Hace justo un año y un día, el agua se llevó seis vidas y dejó una herida abierta en el corazón de la sierra del Segura. Pero también dejó algo que no se mide en litros ni en daños materiales: una lección de humanidad. Como la que regaló ayer Virginia Ortiz a toda España.

Cruz Roja Albacete lo recuerda con nitidez. Aquella noche del 29 de octubre de 2024, el cielo se rompió sobre el pueblo y el arroyo se desbordó con una violencia que nadie esperaba. «Lo que más me marcó fue el valor humano. La capacidad de las personas para adaptarse a lo que estaban viviendo. Ese fue nuestro trabajo allí», recuerda Guadalupe Rubio, referente del Equipo de Respuesta Inmediata de Intervención Psicosocial (ERIE), que permaneció diez días junto a los vecinos de Letur.

A su lado, Milagros García, responsable provincial del equipo de Logística y Albergue Provisional, comparte el mismo recuerdo grabado a fuego: «La bajada del coche fue impresionante. El ruido del agua, la oscuridad, el barro y la destrucción nos dejaron noqueados».

El silencio tras la tormenta

Cuando los equipos llegaron, poco antes de la medianoche, el rugido del agua era lo único que se escuchaba. «No había luz. No había voces. Solo ese sonido atronador del arroyo, como si el pueblo respirara dolor», rememora Rubio.

El colegio se había convertido en centro de acogida para los evacuados, aunque muchos vecinos se refugiaron en casas de familiares. Allí comenzaron las labores de apoyo emocional. «Empezamos a atender a supervivientes y familiares de los desaparecidos. Algunos habían sido rescatados de situaciones límite y solo querían volver a ayudar en las búsquedas. Tenían esperanza, una esperanza desesperada», relata.

El equipo psicosocial trabajó desde ese instante para acompañar el duelo, contener el miedo y aliviar la culpa. «No podemos acabar con el dolor —dice Rubio—, pero sí ayudar a que las personas liberen las emociones que están sintiendo. A que no se enquisten. A pasar de la reacción al principio de la aceptación».

No todos pudieron hacerlo solos. Muchos vecinos fueron derivados posteriormente a los servicios de Salud Mental. «Nosotras somos el primer eslabón, el parapeto inicial. Después necesitan acompañamiento especializado para continuar su proceso de duelo, que en este caso fue traumático».

La otra riada: la de la solidaridad

Entre tanto dolor, brotó algo inesperado: una riada distinta, de fraternidad. «Desde que amanecía hasta que anochecía, llegaba gente de otros pueblos con comida, con palas, con mantas. Todos querían ayudar. Fue una oleada imparable», recuerda Milagros García.

En apenas unas horas, Cruz Roja desplegó 80 camas, decenas de mantas y kits de higiene para los equipos de búsqueda y las familias afectadas. «Hasta un gato nos acompañó toda la emergencia —ríe García—. Le pusimos nombre: Romeo. Estuvo con nosotros hasta que apareció su dueño. Fue un pequeño alivio en medio del caos».

Esa red de solidaridad, insisten ambas, fue clave para amortiguar el golpe. «El apoyo social es un escudo. El pueblo entero se volcó. Nos costó irnos porque habíamos creado un vínculo muy fuerte con Letur», confiesa Rubio.

Pero incluso los héroes necesitan cuidarse. «Aunque tengamos muchas herramientas, debemos saber cuándo parar. Diez días sin descanso podían haber acabado con nosotras. En emergencias, también hay que saber soltar».

El valor que no se llevó el agua

Hoy, Letur ha vuelto a respirar. El arroyo corre tranquilo, las calles han sido reconstruidas y las cicatrices se han ido transformando en memoria. Pero el eco de aquella noche permanece. Y el silencio sigue doliendo. Mucho.

«Ojalá el agua vuelva pronto a ser sinónimo de vida», escribió hace unos días la letureña más ilustre, María Rozalén, en recuerdo de su pueblo.

Porque la dana arrasó casas, huertos y caminos, pero no logró destruir lo esencial: la humanidad.

La que se vio en cada abrazo entre desconocidos, en cada plato de comida compartido, en cada lágrima acompañada.

Un año después, Letur sigue siendo el mismo pueblo de piedra y de corazón, pero con una enseñanza imborrable: que la resiliencia no es resistir sin sentir, sino sanar juntos. Que, incluso cuando el agua lo destruye todo, siempre hay algo que permanece. Y eso, en Letur, tiene nombre propio: solidaridad.