Una zona afectada, a 30 de octubre de 2024, en Letur, Albacete, Castilla-La Mancha (España)
La otra dana: siete muertos olvidados en Castilla-La Mancha y un silencio que duele
Mientras el foco se posaba en la devastación de Valencia, en los rincones de Castilla-La Mancha se vivía un luto profundo, sin alertas claras, sin preguntas que llegasen a los altos responsables y con un presidente regional que, al menos públicamente, salió indemne
El 29 de octubre de 2024, el cielo decidió romperse sobre los tejados de Letur (Albacete) y las laderas de Mira (Cuenca). Una lluvia que no fue solo agua. Fue violencia, fue vértigo, fue una furia sin nombre capaz de arrancar casas y destinos. El arroyo del casco antiguo se convirtió en amenaza. Seis personas murieron en Letur, una más en Mira, y la tragedia se instaló en pleno corazón de la sierra albaceteña y en la serranía de Cuenca. Mientras tanto, el país entero observaba al Levante y contaba cientos de víctimas en la Comunidad Valenciana, opacando lo ocurrido en Castilla-La Mancha.
Aquella tarde nadie escuchó una alerta salvadora. Solo el estruendo del agua cuando ya era tarde para huir.
Cuando el dolor no hace ruido
En Valencia, la dana desencadenó un terremoto político y mediático. Se exigieron explicaciones. Se cuestionó cada minuto de la respuesta institucional. Aquí, en cambio, el duelo se vivió en voz baja. Un dolor recogido entre montañas que no encontró eco más allá de ellas.
Los telediarios pasaron de puntillas. Los vecinos recogieron barro en silencio. Los familiares enterraron a los suyos con la amarga sensación de que nadie preguntaba lo suficiente. En Castilla-La Mancha, la tragedia se asumió como un golpe inevitable de la naturaleza. Y eso duele casi tanto como la pérdida.
Las preguntas que siguen en el aire
¿Por qué no se activaron sistemas de aviso a la población cuando el riesgo estaba identificado por los servicios meteorológicos?, ¿Por qué en esta región no se exigieron responsabilidades políticas con la misma contundencia que en otras?
El Gobierno regional decretó tres días de luto y aseguró que no recibió avisos de las confederaciones hidrográficas del Segura y del Júcar. Sin embargo, esa afirmación no responde a lo esencial: la obligación de proteger a la ciudadanía frente a un peligro anunciado.
En Castilla-La Mancha nadie ha explicado públicamente qué alertas se intentaron, qué canales se activaron o por qué el pueblo no fue avisado. Y nadie preguntó con insistencia al presidente Emiliano García-Page qué hizo su gobierno en esas horas críticas. El silencio institucional se instaló demasiado pronto. Y continúa.
Un agente de la Guardia Civil trabaja en una zona afectada, a 30 de octubre de 2024, en Letur
Siete vidas, siete mundos
Detrás de las estadísticas hay nombres que no se dejan olvidar.
Mónica Martínez y Jonathan Muñoz tenían 37 años y dos hijos, Izan y Lara. Estaban en casa cuando la riada golpeó su segundo piso con la fuerza de una bestia ciega. La corriente los arrastró y sus hijos aprendieron a una edad imposible que la ausencia pesa más que una casa derrumbada.
Dolores Veiret, 92 años, había visto crecer a generaciones enteras desde su ultramarinos. Su cuerpo no resistió el envite del agua.
Antonia López, 71 años, fue hallada cuatro días después a kilómetros del lugar que la vio nacer. La distancia de su hallazgo recuerda lo lejos que puede llevar el agua lo que arranca.
Manuel García y Juan Alejandro, operarios municipales, murieron cuando intentaban terminar su jornada. El pueblo no pudo proteger a quienes lo protegían cada día.
En Mira, la noche se llevó a Celsa, de 88 años. La alcaldesa reconoce que, un año después, «el ánimo sigue muy a flor de piel.»
No son siete. Son infinitos para quienes los querían.
La reconstrucción sin verdad
Se trabajó sin descanso para reconstruir calles, puentes, accesos, canalizaciones. El turismo rural regresó. Las fiestas se celebraron en otra ubicación. La vida volvió porque la vida insiste, aunque falten quienes la hacían plena.
Pero la reconstrucción física no basta. Queda pendiente una reconstrucción moral: la del relato, la de la responsabilidad, la de la prevención. Y esa aún no ha comenzado. Porque aquí no se ha hecho una autocrítica seria. Aquí no se han narrado los errores. Aquí no se ha asumido que algo falló y que ese fallo costó vidas. Cuando la tragedia se archiva sin aprendizaje, la vulnerabilidad se hace crónica.
El silencio que también hiere
El agua arrastró personas. La falta de respuestas arrastra memoria. Lo que mata una vez es la tragedia. Lo que mata dos veces es el olvido. Y ese olvido, cuando es político, se convierte en una injusticia duradera.
Castilla-La Mancha merece saber qué ocurrió exactamente aquel 29 de octubre. Las familias lo merecen más que nadie. Los pueblos también. Porque si no se corrige lo que falló, lo inevitable será volver a fallar.
Que este recuerdo duela para que sirva
Aquel 29 de octubre, aquella tarde en que el cielo se quebró, fue una lección escrita a base de dolor. Recordar no es recrearse en la herida. Recordar es evitar que vuelva a abrirse. Recordar es exigir transparencia -que no hubo y no hay-. Recordar es pedir verdad. Recordar es proteger. Siete muertos no son un accidente menor. Siete muertos merecen una explicación mayor.
He aquí una llamada. Una advertencia. Un acto de memoria. Una defensa de la vida y del derecho a pedir cuentas. Que este recuerdo duela. Que este recuerdo incomode. Que este recuerdo obligue a actuar. Porque lo invisible también existe. Y lo olvidado exige justicia.