Esqueletos Halloween

Esqueletos HalloweenUnsplash

¿Un católico puede celebrar Halloween?

Mientras el mundo se disfraza de miedo, dos sacerdotes toledanos invitan a vestirse de luz y mirar al cielo

Llega el final de octubre y las calles se tiñen de naranja y negro. Calabazas con sonrisa forzada, esqueletos en los escaparates, telarañas, arañas de plástico, colegios llenos de disfraces. Halloween lo ha invadido todo. Pero entre tanta máscara, vuelve una pregunta que no pasa de moda: ¿un católico puede celebrar Halloween?

La cuestión no es menor. Mientras muchos ven la noche del 31 como una simple fiesta, la Iglesia recuerda que en esas fechas se celebra algo mucho más profundo: la victoria de la vida sobre la muerte. Desde Toledo, el sacerdote Valentín Aparicio, conocido en redes como @curadetoledo, ha querido responder con claridad en su programa Café con Fe. «No se trata de prohibir nada —dice—, sino de recordar qué estamos celebrando realmente. El cristiano no vive de la oscuridad, sino de la luz».

A su lado, el sacerdote Luis Hill, natural de Alcalá de Henares y vicario parroquial en Sonseca, aporta el contexto histórico. Porque, como explica, Halloween no nació como una fiesta pagana, sino como la víspera cristiana de Todos los Santos. «La palabra viene de All Hallows Eve, la noche de todos los santos, que con el paso del tiempo se fue deformando hasta perder su raíz cristiana».

Padre Valentín y Luis Hill

Padre Valentín y Luis HillCafé con Fe

Una fiesta que nació en Roma

El origen se remonta al siglo VII, cuando el papa Bonifacio IV decidió consagrar el Panteón de Roma —un templo pagano dedicado a todos los dioses— a la Virgen María y a todos los mártires de la Iglesia. Aquello fue un gesto simbólico y poderoso: el cristianismo transformaba un lugar de idolatría en una casa de santidad. De ahí nació la solemnidad de Todos los Santos, el 1 de noviembre.

Unos siglos después, la Iglesia añadió el Día de los Fieles Difuntos, el 2 de noviembre, para rezar por las almas del purgatorio. «Es la gran fiesta de la esperanza —recuerda Hill—, porque celebramos a quienes ya están en el cielo y pedimos por quienes aún caminan hacia él. En el fondo, hablamos de vida, no de muerte».

La deformación: del cielo a las tinieblas

Sin embargo, con el paso del tiempo, la raíz cristiana de esta fiesta se vio desplazada por costumbres importadas del mundo anglosajón. «Nuestra cultura ha sufrido un colonialismo espiritual», lamenta el padre Valentín. «Hemos pasado de sacar a los santos en procesión a disfrazar a los niños de brujas».

El sacerdote toledano explica que el problema no está en los disfraces inocentes, sino en la pérdida de sentido. «El demonio no crea nada —recuerda Hill citando a Tolkien—, solo corrompe lo que ya existe. Y eso ha pasado con Halloween: se ha ensuciado una fiesta que nació para hablar del cielo».

Valentín lo resume con una metáfora sencilla: «Si un veneno llevara una calavera en la etiqueta, nadie lo bebería. Pero si te lo sirven en un batido de fresa, te lo tomas sin pensar. Halloween es eso: un veneno disfrazado de juego».

Para ambos sacerdotes, lo peligroso no es disfrazarse una noche, sino acostumbrarse a convivir con la oscuridad como si fuera un juego. «Cuando celebramos la muerte como espectáculo —explica Hill—, olvidamos que la fe cristiana no banaliza el dolor, sino que lo redime».

Tres formas de celebrar la vida

El joven sacerdote de Sonseca recuerda que la Iglesia siempre ha hablado de tres estados: la Iglesia militante, la que lucha en la tierra; la purgante, la que se purifica; y la triunfante, la que ya goza de la presencia de Dios. «En estos días —dice— celebramos precisamente esa comunión. Los santos del cielo interceden por nosotros, y nosotros rezamos por los difuntos. Es una cadena de amor que atraviesa el tiempo».

Por eso, el 1 y el 2 de noviembre no son días de tristeza, sino de gratitud. Las flores en los cementerios, las misas, las velas encendidas… no son rituales vacíos, sino signos de fe en la vida eterna. «El cristiano —añade el padre Valentín— no teme a la muerte. La mira de frente, sabiendo que no tiene la última palabra».

Holywins: la respuesta luminosa

En muchas parroquias de Toledo y de toda España, los niños ya no se disfrazan de monstruos, sino de santos. Es la fiesta de Holywins —«la santidad vence»—, una alternativa alegre que devuelve a estas fechas su sentido original.

Luis Hill recuerda que en su parroquia de Sonseca los pequeños preparan con sus familias disfraces de su santo favorito, aprenden su historia y explican qué les inspira. «Se premia no al más terrorífico, sino al que mejor conoce a su santo», cuenta. «Así aprenden que ser santo no es algo antiguo ni aburrido, sino la aventura más grande».

Valentín coincide: «Los jóvenes necesitan héroes, y los santos son los verdaderos héroes de la historia. Sus vidas arrastran más que cualquier sermón». Él mismo confiesa que cada mañana reza sus letanías personales: diez santos que le acompañan como amigos y referentes. Hill, por su parte, se declara devoto del cura de Ars y de San Giuseppe Moscati, el médico de los pobres. «Busca la verdad, ama la verdad, sé fuerte en el sacrificio», repetía Moscati. Palabras que hoy, entre tanto disfraz, suenan más necesarias que nunca.

De las calabazas al cielo

En el fondo, el mensaje del padre Valentín no es condenar, sino iluminar. «No nos disfracemos de muerte —dice—. Celebremos la vida, la luz, la santidad. Somos hijos del día, no de la noche». Y cita a San Pablo: «Sois hijos de la luz e hijos del día».

Entre tazas de café y palabras que invitan a mirar hacia arriba, el sacerdote toledano y su compañero de Sonseca recuerdan que la fe cristiana no teme a la oscuridad: la transforma. Por eso, mientras muchos se preparan para celebrar Halloween, ellos invitan a celebrar Holywins. Porque, al final, se trata de elegir qué queremos festejar: la muerte… o la victoria sobre ella.

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