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La Virgen del Rocío en su ermita.HERMANDAD MATRIZ DE ALMONTE

Nadie lo vio venir: un cante flamenco rompió el silencio ante la Virgen del Rocío el último día del año

Un cantaor toledano sorprendió a los presentes al entonar unos campanilleros improvisados ante la Blanca Paloma en una escena cargada de emoción

Nadie lo esperaba. Pero entonces, entre la emoción y el asombro, la voz se alzó. No fue una voz cualquiera. Fue la de Jorge Molero, cantaor flamenco natural de la localidad toledana de Cabañas de la Sagra, que decidió despedir el año cantándole Los campanilleros a la Virgen del Rocío, provocando la sorpresa y el silencio reverente de todos los presentes.

Ocurrió ante la Blanca Paloma, en uno de esos momentos que no se anuncian ni se programan, pero que quedan grabados para siempre en la memoria. El cante brotó sin artificios, sin escenario ni focos, solo la emoción desnuda de quien sabe que hay lugares y días que merecen verdad.

Quienes se encontraban allí no tardaron en darse cuenta de que estaban asistiendo a algo especial. El eco del flamenco se mezcló con la devoción, y Los campanilleros —ese cante íntimo y profundo— envolvieron la ermita en una atmósfera casi irreal. Algunos se quedaron quietos, otros grabaron con el móvil, muchos simplemente cerraron los ojos.

No era una actuación prevista. No había aplausos al terminar, sino miradas cómplices, emoción contenida y alguna lágrima discreta. Porque el flamenco, cuando es verdadero, no necesita aviso.

De Toledo a El Rocío: una voz que cruza caminos

Jorge Molero llevó hasta tierras onubenses el pulso de Toledo y la tradición flamenca, demostrando que el cante no entiende de fronteras cuando nace del respeto y la fe. Desde Cabañas de la Sagra hasta la aldea del Rocío, su voz encontró un puente natural entre dos mundos unidos por la emoción.

El gesto no pasó desapercibido. En un lugar cargado de simbolismo, donde cada paso y cada silencio tienen significado, el cante se convirtió en una ofrenda inesperada, un modo distinto de decir adiós al año viejo y dar la bienvenida al nuevo.

El flamenco como oración

No hubo espectáculo, pero sí liturgia. Porque Los campanilleros, en ese contexto, son más que música: son una forma de oración cantada, una conversación íntima con la Virgen. Y eso fue lo que muchos sintieron ayer en el Santuario de la Blanca Paloma: que el flamenco había encontrado su sitio exacto.

Cuando la voz se apagó, volvió el silencio. Un silencio distinto, cargado de respeto y emoción. Nadie dijo nada durante unos segundos. No hacía falta.

Lo que ocurrió ayer no figura en ningún programa oficial, pero ya forma parte de esos instantes únicos que solo viven quienes estuvieron allí. Un cantaor toledano, una Virgen, un cante antiguo y una despedida de año que nadie olvidará.

Porque a veces, el año no se despide con uvas ni campanadas, sino con un quejío sincero que atraviesa el alma.

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