Collage Luis Ramón Roibal Tejedor «Luis Roibal»
El pintor de Cuenca que vendía sus cuadros en Estados Unidos y confiaba su longevidad a la cazalla
Luis Roibal llevó su trabajo por los cinco continentes y continuó pintando en su retiro de Uña mientras recibía quimioterapia
Luis Roibal conservó hasta sus últimos años el humor y la determinación que habían marcado toda su vida. Con 87 años, presumía de mantenerse en buen estado y atribuía su aspecto a una costumbre poco convencional: tomar cada mañana un pequeño trago de cazalla serrana.
Aquella anécdota revela el carácter de un artista que nunca dejó de trabajar. Ni siquiera cuando el cáncer y las sesiones de quimioterapia comenzaron a debilitarlo. Desde su casa-estudio de Uña, en plena Serranía de Cuenca, Roibal seguía enfrentándose a lienzos de grandes dimensiones destinados a Estados Unidos.
Este 31 de agosto se cumplen 96 años del nacimiento de Luis Ramón Roibal Tejedor, uno de los creadores conquenses con mayor proyección internacional y, al mismo tiempo, una figura desconocida para buena parte de las generaciones más jóvenes.
Nació en Cuenca en 1930. Su padre, José Roibal, regentaba un taller mecánico en la calle Diego Jiménez que posteriormente convirtió en el Cine Royal. Luis quedó huérfano con siete años y pasó su infancia junto a su madre, Bonifacia Tejedor, y su hermana Carmen en la casa-portería de las Escuelas Aguirre.
De Cuenca a los cinco continentes
Roibal estudió en el Instituto Alfonso VIII y acudió a la Escuela de Artes y Oficios, donde coincidió con futuros referentes como Cruz Novillo, Tete Manzanet y Óscar Pinar. Después ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, donde recibió formación en grabado de Esteve Botey y aprendió pintura con Pancho Cossío.
Su primera exposición llegó en 1951, en el Salón Rojo de la Diputación de Cuenca. También colaboró como dibujante en el periódico Ofensiva e impartió clases de dibujo y pintura en la Casa de Beneficencia. Aquellos primeros trabajos ya mostraban un estilo alejado de la pintura más convencional de la época.
En 1960 fijó su residencia en Madrid, aunque nunca se desvinculó de Cuenca. Eligió Uña como refugio creativo y convirtió la Serranía en una de sus grandes fuentes de inspiración.
Abraham Lincoln
Su trayectoria desbordó pronto los límites de la pintura. Fue dibujante, ilustrador, publicista, profesor, arquitecto de interiores, cineasta y responsable de proyectos vinculados a la artesanía. Trabajó en decenas de empresas, hoteles, edificios y oficinas repartidos por los cinco continentes, además de intervenir en la rehabilitación de una veintena de Paradores de España. Participó en más de 130 proyectos, ferias y exposiciones y, en 1972, llevó a Moscú la primera Exposición de Artesanía Española.
Su obra encontró una acogida especialmente importante en Norteamérica. De hecho, llegó a vender más cuadros allí que en España. En 2001 regresó a exponer en Cuenca después de casi medio siglo alejado de las salas de su ciudad.
Un legado repartido por Cuenca
Roibal dejó una huella reconocible en numerosos rincones de la capital conquense. Realizó dibujos sobre la coronación de la Virgen de las Angustias, ilustró durante años las portadas del Boletín Municipal y fue el autor del cartel de la Semana Santa de 1957.
Entre sus obras más singulares se encuentra el retablo de San Felipe Neri, cuyas tablas incorporan los rostros de conocidos personajes conquenses. También diseñó la iglesia de San Román, en Villa Román, y el monumento dedicado al humorista José Luis Coll en el camino de San Isidro.
Retablo San Felipe Neri
Roibal mantuvo esa actividad hasta el final. Durante los últimos meses de su vida, era trasladado en ambulancia hasta Cuenca para recibir quimioterapia. Al regresar a Uña y recuperar fuerzas, volvía a colocarse delante del lienzo.
«Voy a poder con el cáncer porque tengo que terminar unos cuadros de gran tamaño para los Estados Unidos», aseguró entonces al periodista José Vicente Ávila. No consiguió vencer la enfermedad. Falleció el 20 de julio de 2018, poco más de un mes antes de cumplir 88 años.
Años antes, durante una entrevista, le habían advertido de que acabaría muriendo mientras trabajaba. Su respuesta resumió toda una vida consagrada al arte: «No puede —ni debe— ser de otra manera».