Gascas de Alarcón
El pantano que se tragó un pueblo entero de Cuenca y devuelve sus calles cuando baja el agua
Gascas de Alarcón tenía 541 habitantes en 1940. Pocos años después, sus vecinos tuvieron que abandonar sus casas antes de que el embalse sepultara el municipio
Para contemplar Gascas de Alarcón hay que esperar a que el agua se retire. Cuando desciende el nivel del embalse, especialmente durante los meses más secos, una sucesión de piedras comienza a emerger junto a la orilla. Primero aparecen algunos muros; después, los restos de viviendas y el trazado de unas calles que condujeron a casas habitadas hasta mediados del siglo XX.
No son las ruinas de una antigua civilización. Son los restos de un pueblo conquense que tuvo ayuntamiento, escuela, huertas y cientos de vecinos antes de quedar sepultado por las aguas del Júcar.
El Instituto Nacional de Estadística contabilizó en Gascas 437 habitantes en 1920, 440 en 1930 y 541 en 1940, el último censo anterior a su desaparición como municipio. Su territorio terminó incorporado a Olmedilla de Alarcón.
Una fértil huerta a orillas del Júcar
La tradición histórica sitúa el nacimiento de Gascas durante la repoblación de Cuenca acometida bajo el reinado de Alfonso VIII. Su nombre se ha relacionado con los caballeros procedentes de la Gascuña francesa que habrían llegado a finales del siglo XII vinculados a Leonor de Inglaterra, esposa del monarca castellano.
Aquellos pobladores encontraron un lugar privilegiado junto al Júcar. Gascas se convirtió en uno de los escasos pueblos de la provincia con huertas de regadío. Sus habitantes aprovechaban tanto el río como el arroyo de Gascas y organizaban el reparto del agua mediante turnos para garantizar el riego de cada parcela.
Las frutas, verduras y hortalizas producidas en aquellas tierras se vendían en otras localidades conquenses. El agua era, precisamente, la fuente de riqueza del pueblo. Décadas después terminaría siendo también la causa de su desaparición.
Obligados a empezar de nuevo
La construcción del embalse de Alarcón cambió para siempre el valle del Júcar. A medida que avanzaban las obras y aumentaba el nivel del agua, las familias de Gascas comenzaron a desmontar sus casas, recoger sus pertenencias y buscar otro lugar en el que rehacer sus vidas.
Buena parte de los vecinos se trasladó a Olmedilla de Alarcón y Valverde de Júcar, aunque otros tuvieron que marcharse más lejos. El pueblo ya había sido completamente abandonado antes de 1951.
Valverde del Júcar
Entre los testimonios recuperados por el historiador Ramón Madrigal figura el de Eduardo Herreros Zamora, un joven que se marchó a realizar el servicio militar a Tenerife. Mientras estaba fuera, su familia le iba contando por carta cómo el agua alcanzaba las viviendas. Cuando regresó, Gascas ya no existía y los suyos se habían instalado en Valverde de Júcar.
El pueblo que vuelve a la superficie
El agua no logró borrar Gascas por completo. Cuando el embalse de Alarcón pierde volumen, vuelven a distinguirse el trazado de las calles, los cimientos de las viviendas y parte de sus antiguos muros. Entre los restos más reconocibles se encuentra una pared de piedra con un arco que perteneció a una casa particular.
A orillas del pantano se levantó en 2010 un monolito en recuerdo del pueblo y de las familias que tuvieron que abandonarlo. Desde entonces, sus antiguos habitantes y descendientes se reúnen cada año en Olmedilla de Alarcón para rendir homenaje a la localidad desaparecida.
Gascas fue borrado de los mapas administrativos, pero continúa resistiéndose al olvido. Cada vez que el agua retrocede, el pantano devuelve durante unas semanas las calles de aquel pueblo y la memoria de más de 500 personas que tuvieron que dejar atrás sus casas, sus huertas y la vida que conocían.