Castilviejo
La fortaleza celtíbera de Guadalajara que atrapaba al enemigo con una muralla en zigzag única en España
Caballos y carros debían atravesar un pasillo de apenas cuatro metros y avanzar expuestos ante los defensores de Castilviejo
Antes de alcanzar la puerta, el atacante ya había perdido buena parte de su ventaja. Los caballos no podían cargar, los carros apenas tenían espacio para maniobrar y los soldados debían avanzar por un estrecho corredor mientras quedaban expuestos frente a la fortificación.
Así funcionaba el formidable sistema defensivo del castro de Castilviejo, una fortaleza celtibérica levantada en un cerro próximo a Guijosa y Cubillas del Pinar, dentro del término municipal de Sigüenza, en Guadalajara. Un recinto de apenas 3.500 metros cuadrados que convirtió la orografía y la piedra en una trampa cuidadosamente calculada.
El poblado se alza a unos 1.150 metros de altitud sobre una formación de calizas. Sus habitantes aprovecharon las fuertes pendientes que protegían buena parte del cerro y concentraron las defensas artificiales en el flanco más accesible. Allí construyeron una sucesión de obstáculos que debía romper cualquier ataque antes de que llegara a la entrada.
Primero aparecían dos grandes campos de piedras hincadas. Después, un foso. Al fondo se levantaba una gruesa muralla trazada en zigzag, rematada por una torre. El expediente oficial de protección patrimonial describe este conjunto como el primer sistema de defensa contra la caballería de estas características documentado al sur del Sistema Central.
Un corredor que conducía hacia la muralla
Las piedras hincadas, conocidas también como caballos de Frisia o chevaux-de-frise, eran bloques clavados en el terreno y distribuidos de manera que dificultaban el avance de animales, vehículos y combatientes. No formaban una barrera compacta, pero obligaban a reducir la velocidad y desordenaban cualquier formación.
En Castilviejo estaban repartidas en dos áreas. La situada al norte ocupaba aproximadamente 819 metros cuadrados y la del sur otros 625. Entre ambas quedaba un paso irregular de unos 20 metros de longitud y entre tres y cuatro metros de anchura.
Era el único camino practicable a través del campo de piedras. Sin embargo, atravesarlo no permitía entrar directamente en el poblado. Los atacantes debían girar hacia el norte y avanzar junto a la fortificación hasta alcanzar la puerta, situada en uno de los extremos. Durante ese recorrido continuaban expuestos a los defensores y todavía tenían que superar el foso.
La disposición resultaba especialmente eficaz contra los caballos y los carros, pero también entorpecía a la infantería. Los obstáculos rompían el impulso del ataque y convertían el último tramo de la aproximación en una marcha lenta y previsible.
Una muralla única en España
Tras las piedras y el foso se encontraba la defensa más excepcional del recinto. La muralla tenía un grosor medio de unos dos metros y estaba formada por dos paramentos de piedra caliza con un relleno interior de tierra y bloques de distintos tamaños.
Su longitud es de unos 80 metros si se mide sin contar los salientes, pero alcanza los 97,19 metros siguiendo todos sus quiebros. En lugar de dibujar una línea recta, se dividía en cinco tramos unidos mediante sucesivos codos. El último terminaba en una torre rectangular de aproximadamente 13 metros por seis, desde la que se controlaba el extremo meridional y el paso natural abierto hacia el valle.
El expediente publicado en el Boletín Oficial del Estado define esta muralla en cremallera como «única en España» y sitúa sus principales paralelos en el Mediterráneo oriental, particularmente en fortificaciones helenísticas como la de Gortina o Gortys de Arcadia, en Grecia. La comparación no demuestra que Castilviejo fuera construido por ingenieros orientales, pero sí evidencia la singularidad y complejidad de su diseño.
Los quiebros permitían adaptar la construcción al cerro y multiplicaban los ángulos desde los que podía vigilarse la aproximación del enemigo. La torre protegía el final de la línea defensiva, mientras los escarpes naturales cerraban los otros lados del asentamiento.
Tres ocupaciones separadas por siglos
Las excavaciones han identificado tres grandes momentos de ocupación sin continuidad entre ellos. El más antiguo se sitúa al final de la Edad del Bronce, entre los siglos XII y X antes de Cristo. La fase principal corresponde al poblado celtibérico del siglo III antes de Cristo, al que se atribuyen las defensas más visibles.
Mucho después, entre los siglos X y XI, el cerro volvió a utilizarse como una pequeña atalaya o fortaleza de época islámica. Su emplazamiento permitía vigilar las tierras que se extienden hacia el Henares y varios caminos históricos, entre ellos la ruta que comunicaba Emerita Augusta con Caesaraugusta y el paso entre Sigüenza y Molina de Aragón.
El interior del recinto se conserva peor que sus defensas. Su planta era aproximadamente triangular y han aparecido restos muy arrasados de construcciones cuadradas o rectangulares asentadas directamente sobre la roca. Algunas viviendas pudieron aprovechar la muralla como pared trasera.
Castilviejo era conocido arqueológicamente desde 1929, aunque las primeras excavaciones no comenzaron hasta 1977. Décadas de trabajos permitieron limpiar, estudiar y consolidar parte de sus estructuras. El Consejo de Gobierno de Castilla-La Mancha lo declaró Bien de Interés Cultural con categoría de Zona Arqueológica mediante un acuerdo aprobado el 6 de septiembre de 2012 y publicado en el Diario Oficial regional doce días después.
El yacimiento es actualmente de acceso libre y conserva un panel explicativo frente al conjunto defensivo. Desde allí todavía puede entenderse la estrategia concebida hace más de dos mil años: conducir al enemigo por el único paso disponible, obligarlo a perder velocidad y hacer que afrontara el ataque final bajo la vigilancia de una muralla que no se parecía a ninguna otra de la Península.