Cárcel de Segovia

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La cárcel de Segovia, al límite: agresiones, funcionarios de baja, escasez de médicos y una plaga de cucarachas

Los funcionarios de prisiones reclaman ser declarados agentes de la autoridad y un estatuto propio que reconozca su labor

El Centro Penitenciario de Segovia atraviesa uno de los momentos más delicados de los últimos años. El aumento de las agresiones, las bajas médicas de los funcionarios, la falta de personal sanitario y una plaga de cucarachas reflejan el deterioro de un centro que, según sus trabajadores, está superando todos los límites.

Los presos de la prisión segoviana de Perogordo están repartidos en seis módulos residenciales y en otro de ingreso, además de la enfermería, una zona de aislamiento y un centro de tercer grado fuera del recinto principal. Sin embargo, la plantilla se ve cada vez más mermada por las lesiones y el desgaste psicológico derivados de un entorno que describen a este periódico como «más tenso y menos controlado que nunca» y donde los internos no tienen «ningún tipo de disciplina».

Lo que sucede en Segovia no es un caso aislado: forma parte de una crisis que se extiende por buena parte del sistema penitenciario español, marcada por la escasez de medios y el creciente clima de tensión dentro de los muros.

«En toda España la situación es igual», relata Carlos, funcionario de prisiones con 34 años de experiencia, 21 de ellos en el centro segoviano, quien señala directamente al Ministerio del Interior dirigido por Fernando Grande - Marlaska como responsable de una política penitenciaria errónea. «Antes había 1.500 presos de primer grado en toda España, ahora lo han dejado en 500, y han pasado al segundo grado a 1.000. Tocamos a diez personas por prisión en primeros grados. Eso significa que los más peligrosos están mezclados con el resto, y eso genera conflictos diarios».

Las consecuencias, asegura, se notan a diario. «La gente normal que puede tener un resbalón y acabar presa no puede cumplir tranquila. En las salas comunes hay extorsiones y peleas constantes». A su juicio, también se están concediendo terceros grados «a discreción». «De 30 presos que pasaron al tercer grado el año pasado, 20 o 25 han tenido que regresar al segundo grado. Es un peligro para la sociedad», denuncia.

El impacto sobre el personal es evidente. En estos momentos, afirma, «hay varios compañeros de baja por agresiones, tanto físicas como psicológicas». A eso se suman los incidentes recientes, con «amenazas de secuestro a funcionarios, incendios, inundaciones y destrozos en celdas».

Falta de médicos y una plaga de cucarachas

A los problemas de orden interno se le añade la falta de personal sanitario. «Antes había seis médicos en esta prisión, ahora solo quedan dos, y no dan abasto. Aquí a todas horas hay urgencias», relata el funcionario de prisiones a este medio.

Pero si algo simboliza el abandono que denuncia la plantilla es la plaga de cucarachas que, según asegura, lleva más de medio año extendida por las instalaciones: «Las ves por las paredes, por el techo, incluso por los despachos. En cada oficina hay varias trampas y en cada una puede haber 20 cucarachas pegadas. Es espantoso».

Los trabajadores reconocen que el servicio de mantenimiento «hace lo que puede», pero sostienen que el problema se agrava porque las cucarachas «han anidado en profundidad, hasta quince metros bajo tierra, donde los productos no llegan». A eso se suma, dicen, la falta de disciplina de algunos internos: «Tiran pan, fruta y restos de comida por las ventanas, lo que atrae a los insectos y hace imposible controlar la plaga».

El funcionario reclama además un reconocimiento jurídico que el colectivo lleva años exigiendo: «Queremos que nos declaren agentes de la autoridad y que se nos dote de un estatuto propio. Si un preso te agrede y se declara insolvente, no cobras indemnización. Si fuéramos agentes, el Estado sería responsable civil subsidiario», concluye.

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