tribunaJosé María Viejo

¿De quién es Gaudí?

El artista vuelve a ser objeto de disputa en un debate que trasciende lo cultural y refleja tensiones identitarias del presente más que la complejidad del pasado. El reto es evitar que el patrimonio se convierta en instrumento político.

La polémica surgida en Reus en el marco de algunos actos vinculados al Año Gaudí 2026 tiene un origen concreto. Diversos sectores del nacionalismo catalán han denunciado lo que consideran un intento de «españolización» de Antoni Gaudí, a raíz del uso del español y de determinadas decisiones narrativas y simbólicas en actos conmemorativos oficiales. Según esta interpretación, la forma de presentar al arquitecto no sería neutral, sino una operación cultural orientada a diluir o reinterpretar su adscripción identitaria.

Palacio Episcopal de Astorga, de Gaudí

Palacio Episcopal de Astorga, de GaudíTurismo Castilla y León

Lo que podría haberse mantenido como una discusión razonable sobre criterios culturales o lingüísticos se desplazó con rapidez al terreno político. Gaudí pasó a ser invocado no como objeto de estudio histórico o artístico, sino como símbolo en disputa, sometido a una lógica de alineamientos ideológicos actuales. El debate dejó de girar en torno a su obra para centrarse en quién tiene legitimidad para narrarla y desde qué marco identitario debe hacerse.

Este desplazamiento no es anecdótico. Más allá del episodio concreto, lo que aflora es una lógica más profunda y persistente: la tendencia a convertir el patrimonio cultural en un espacio de confrontación política, en el que las figuras del pasado son convocadas no tanto para ser comprendidas en su complejidad histórica como para ser alineadas simbólicamente con debates identitarios del presente. En este contexto, la acusación de «españolización» de Gaudí funciona más como un síntoma de esa tensión que como una controversia histórica en sentido estricto.

Resulta significativo que este tipo de debates emerjan con especial intensidad en momentos conmemorativos. Precisamente cuando el foco debería situarse en la divulgación del conocimiento, la investigación y la reflexión cultural, la efeméride corre el riesgo de convertirse en un espejo de las urgencias políticas del momento. Algo similar ha ocurrido en determinados artículos y tribunas recientes publicados en la prensa, cuyo tono roza en ocasiones lo esotérico al atribuir a Gaudí supuestos postulados ideológicos o posicionamientos políticos anticipatorios, como si el arquitecto hubiera elaborado –avant la lettre– un programa coherente con debates del siglo XXI. Estas lecturas, más próximas a la proyección simbólica que al análisis histórico, dicen más sobre las necesidades del presente que sobre la realidad del pasado.

Desde una perspectiva académica conviene recordar una advertencia clásica de la historiografía. Como señalaba Eric Hobsbawm, el pasado se convierte con frecuencia en un depósito de símbolos al servicio de causas actuales. Aplicado a Gaudí, el riesgo es evidente: transformar una obra compleja, profundamente enraizada en su tiempo, en un repertorio de consignas útiles para disputas ajenas a su contexto histórico.

Frente a estas lecturas, el primer elemento que conviene subrayar es la proyección internacional de Gaudí. Su obra alcanzó una visibilidad global excepcional para un arquitecto de su época, y lo hizo por razones estrictamente artísticas y técnicas. La originalidad de su lenguaje formal, la innovación estructural y la síntesis entre artesanía, naturaleza y simbolismo explican que su influencia se haya extendido mucho más allá de Cataluña y de España. No es casual que siete de sus obras hayan sido reconocidas como Patrimonio Mundial por la UNESCO, una distinción concedida sobre la base del valor universal excepcional y no de consideraciones identitarias locales. Este reconocimiento introduce un dato incómodo para las lecturas excluyentes: Gaudí pertenece hoy a una comunidad cultural de alcance global.

Esa proyección no es una abstracción, sino una realidad material y territorial. Se manifiesta con claridad en distintos puntos de la geografía española. El Capricho de Gaudí en Comillas (Cantabria) –una de sus obras más singulares–, la intervención que desarrolló en la Catedral de Palma en Islas Baleares, y las que conservamos en Castilla y León: la Casa Botines de León y el Palacio Episcopal de Astorga, construidas a finales del siglo XIX.

En este punto, cabe recordar qué fue lo que trajo a Gaudí hasta nuestra tierra. El origen de esta estancia profesional reside en la existencia de una próspera colonia catalana en la provincia leonesa. Era el caso del obispo de Astorga, Juan-Bautista Grau i Vallespinós, mecenas de Gaudí y con quien mantuvo una gran amistad además de compartir lugar de nacimiento, Reus. A través del obispo Grau, Gaudí recibe el encargo de construir el Palacio Episcopal astorgano y es en 1889 cuando pisa la localidad leonesa por primera vez. De forma paralela, Gaudí recibe otro encargo, en este caso para la ciudad de León: un edificio que albergara un almacén de tejidos y viviendas que sirvieran de residencia para los propietarios, además de actuar como pisos de alquiler. La misión de construir este edificio, que inició en 1892 y completó en solo diez meses, llegó de la mano de los comerciantes locales Simón Fernández y Mariano Andrés, también a través del obispo Grau. Hoy es el Museo Casa Botines Gaudí de León, el museo privado más importante y con mayor crecimiento de Castilla y León.

En todo caso y volviendo al debate inicial, este mapa territorial desmonta cualquier intento de encerrar su legado en una adscripción identitaria cerrada: Gaudí trabajó, dialogó y dejó huella en contextos culturales muy diversos, formando parte de un patrimonio compartido.

Reconocer esta dimensión amplia no implica negar el contexto histórico en el que se gestó su obra. Gaudí fue un creador profundamente arraigado en la Cataluña de finales del siglo XIX y comienzos del XX, en diálogo con el modernismo, con la tradición constructiva mediterránea, con la religiosidad de su tiempo y con las transformaciones sociales derivadas de la industrialización. Situarlo con rigor histórico no supone apropiarse de su figura, sino comprenderla en su complejidad. El problema aparece cuando ese contexto se transforma en una frontera simbólica rígida, diseñada para responder a debates actuales más que para explicar el pasado.

Casa Botines, en León, obra de Gaudí

Casa Botines, en León, obra de GaudíTurismo León

Gaudí vivió en un tiempo marcado por tensiones sociales, redefiniciones identitarias y conflictos ideológicos, pero las categorías desde las que se pensaba entonces no coinciden con las actuales. Proyectar sobre él lógicas políticas posteriores implica incurrir en un anacronismo que empobrece la interpretación de su obra. Ni la lengua empleada en un acto conmemorativo ni la narrativa institucional de una celebración pueden resolver retrospectivamente cuestiones identitarias que pertenecen a otro tiempo. La historia del arte exige una distancia crítica orientada a comprender, no a instrumentalizar.

El Año Gaudí 2026 se presenta oficialmente como una conmemoración cultural destinada a poner en valor la dimensión artística, técnica y creativa del arquitecto. Si ese es el propósito declarado, resulta fundamental preservar el espacio cultural de la lógica de la trinchera política. Esto no implica negar el debate público ni ignorar sensibilidades territoriales, sino establecer una jerarquía clara: el patrimonio cultural no debe convertirse en rehén de coyunturas ideológicas, sino afirmarse como un ámbito de encuentro, conocimiento y reflexión compartida.

La polémica de Reus, en definitiva, ofrece una oportunidad que convendría no desaprovechar. No para decidir quién tiene derecho a «definir» a Gaudí, sino para reflexionar sobre cómo se gestionan las grandes figuras culturales en sociedades pluralistas y sometidas a una elevada presión identitaria. Gaudí no necesita ser adjetivado para seguir siendo relevante; su obra posee una elocuencia propia que trasciende etiquetas coyunturales. Comprenderlo como un creador arraigado en un contexto histórico preciso y, al mismo tiempo, dotado de una proyección territorial, nacional y universal indiscutible es probablemente la forma más honesta –y más exigente– de afrontar su legado. Separar el análisis histórico del combate político no empobrece el debate público: lo eleva.

  • José Maria Viejo del Pozo es director general de la Fundación Obra Social de Castilla y León (Fundos).
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