Álvaro Ibáñez, tirador burgalés que se se despide de la esgrima a los 31 años
De la esgrima a las clases de pádel: el campeón burgalés que envaina la espada pero no se aleja del deporte
Tras una vida dedicada al deporte y después de hacerse un hueco como uno de los grandes referentes de la esgrima en Burgos, el tirador Álvaro Ibáñez cuelga la espada para centrarse en su trayectoria laboral
El sonido del acero marcó durante años el rito de su vida. Entre saltos, silencios tensos y victorias trabajadas, el burgalés Álvaro Ibáñez fue construyendo mucho más que un palmarés... Forjó su identidad dentro de la esgrima nacional. Tras una vida dedicada al arte de la espada, el tirador dice adiós a su gran pasión, pero lo hace con ilusión y orgulloso del trabajo realizado y de los logros obtenidos.
Su pasión empezó pronto, aunque también de forma totalmente fortuita. La oportunidad surgió a raíz de una exhibición de esgrima que organizaron en su colegio, que le acercó a un deporte que, hasta el momento, para él era casi desconocido. «No había escuchado hablar de la esgrima, solo en algún momento esporádico, pero no tenía ni idea de qué iba el deporte», explica Ibáñez a la Agencia Ical. Sin embargo, su «conexión» con la espada fue inmediata, y decidió acudir a la Sala de Esgrima de Burgos donde les daban la opción de practicar gratis durante una semana.
«Lo hice y al concluir la semana de prueba, varios de los profesores me animaron a apuntarme porque se me daba muy bien», recuerda con cariño Álvaro. La primera vez que cogió una espada sintió una «conexión especial», una especie de «adrenalina» que le acompañó durante su trayectoria como tirador. «A la larga, los resultados hablaron. El esfuerzo y la dedicación en el deporte dieron luego sus frutos», añade.
Así empezó a entrenar con regularidad, acudiendo cada sábado a la sala de esgrima, mientras lo compaginaba con otras actividades extraescolares. Con el paso del tiempo, sin embargo, la esgrima fue «ganando terreno», hasta convertirse, a los 15 años en principal dedicación fuera del entorno escolar.
Álvaro Ibáñez, en acción
«A esa edad empezaron a llegar los primeros resultados nacionales, y con ellos las primeras salidas y participaciones en competiciones europeas y mundiales», continúa Álvaro. De hecho, cuando apenas contaba con 16 o 17 años ya se le ofreció ir a Madrid a entrenar en un centro de alto rendimiento (CAR). Para el burgalés era todavía muy pronto y lo rechazó porque quería finalizar el bachillerato en su ciudad natal. Una vez finalizados sus estudios, la respuesta fue otra, y se lanzó a la gran ciudad para seguir formándose como tirador.
De esta forma, empezó una etapa que, aunque llena de esfuerzo y trabajo, disfrutó mucho. En total fueron casi once años los que pasó en el CAR de Madrid, y «exprimió al máximo» su tiempo allí. «Me considero una persona bastante echada para adelante y extrovertida y enfoqué esa experiencia con mucha ilusión y ganas de desarrollarme», recuerda.
Y los metales hablan por él. A lo largo de su trayectoria, Álvaro Ibáñez ha construido un destacado palmarés, coronándose como bicampeón de España absoluto de espada masculina, y sumando medallas con el equipo de España en categorías inferiores, así como participaciones en competiciones mundiales y europeas en categorías absolutas. El 2017 fue para él un año importante, y a día de hoy considera que fue «su mejor año a nivel de resultados». En aquel entonces tenía solo 22 años, y fue el año que se alzó con la victoria en el Campeonato de España absoluto individual y equipos, quedando además entre los 32 mejores del mundo.
«Cuando levantas un título así sientes una satisfacción brutal, de trabajo realizado», explica Álvaro, que recuerda las palabras que siempre le han dicho otros deportistas para describir momentos así, y que llegado el momento él también experimentó. «Ves que lo que estás haciendo tienen sus frutos y es una sensación inigualable», añade.
Decir adiós al deporte de su vida
Sin embargo, toda etapa llega a su fin y la de Álvaro Ibáñez en la esgrima se cierra tras años de entrega a un deporte que marcó su vida. A finales de 2022, el burgalés hizo un último intento de clasificarse para los Juegos Olímpicos de París 2024, y tras no lograrlo, decidió que había llegado el momento de dar un paso a un lado.
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No fue una decisión impulsiva, sino que Ibáñez la meditó mucho. «Tomar esa decisión siempre es difícil, pero soy una persona muy echada para adelante y me gusta tener un plan alternativo. El punto de inflexión llegó tras quedarse a las puertas del objetivo olímpico. Ante un panorama cada vez más exigente, Ibáñez valoró las opciones junto a su entrenador, y finalmente optó por «apartarse» de la competición con 29 años.
Aunque se alejó de la alta competición, la esgrima no desapareció de su vida. El deporte sigue siendo un eje fundamental en su día a día, ahora desde otras facetas, como su trabajo como profesor de pádel o la práctica ocasional sobre la pista. «El mundo deportivo siempre me va a acompañar porque me encanta practicar deporte», afirma.
Ibáñez se despide de la competición, pero lo hace con cariño y orgullo por todo lo logrado, y con las ganas de ser recordado como alguien que siempre dio el máximo de sí mismo, dejando atrás una carrera definida por el esfuerzo y la pasión.