Con su inconfundible silueta sobre el valle del Eresma, el Alcázar de Segovia parece sacado de una película
Los desastres que el Alcázar de Segovia superó a lo largo de sus más de 900 años de historia para lucir aún majestuoso
Su primera mención documental data del año 1122 y, desde entonces, ha superado guerras e incendios para convertirse es uno de los castillos medievales más famosos del mundo
El Alcázar de Segovia, símbolo militar y real de Castilla y León, ha sido testigo de episodios bélicos e importantes incendios que han transformado su fisonomía a lo largo de los siglos. Su imagen austera, como lo eran los reyes castellanos, ha dado la vuelta al mundo al mostrarse elevado sobre la roca en la confluencia de los valles del Eresma y el Clamores, pareciendo guardar la ciudad que se extiende a sus pies.
La primera de las desgracias que asoló el imponente monumento segoviano tuvo lugar durante la Guerra de los Comuneros (1520–1522). Segovia fue escenario de combates y asedios que dañaron su tejido urbano y sus fortificaciones; el Alcázar, por su papel militar y simbólico, resultó afectado por los enfrentamientos y el uso de artillería.
Grabado del Real Colegio de Artillería en el Alcázar de Segovia fundado en 1762 por Carlos III
La historia señala cómo Segovia fue una de las ciudades que impulsaron la revuelta comunera y vivió los primeros y más violentos incidentes del movimiento que se extendió por la Meseta Central entre 1520 y 1522.
La respuesta realista incluyó el envío de tropas y maniobras de sitio contra plazas rebeldes; Segovia llegó a ser cercada y amenazada con artillería procedente de otras localidades, lo que generó combates en las murallas y en el entorno del Alcázar. Estos episodios provocaron daños en la trama urbana, en murallas y en edificios públicos por fuego, impactos y saqueos.
El Alcázar de Segovia, fortaleza real y cuartel de autoridades, ocupaba una posición estratégica y simbólica: controlar el Alcázar significaba controlar la ciudad. Por ello fue objetivo de operaciones militares y de tensiones entre facciones; los combates en su entorno y el empleo de artillería contra posiciones defensivas contribuyeron a daños estructurales y pérdida de bienes en el recinto y sus dependencias.
Uno de los perfiles que muestra la característica forma de barco con la que se define al Alcázar de Segovia
Aunque se llegó a reconstruir algunos años después, en la segunda mitad del siglo XVII el Alcázar de Segovia ya no era solo una fortaleza medieval, había acumulado funciones militares, administrativas y simbólicas. La Torre del Homenaje, emblema vertical del conjunto, concentraba dependencias, almacenes y elementos constructivos de madera que la hacían especialmente vulnerable al fuego.
El 10 de julio de 1681 se declaró un fuego en la cubierta de la Torre del Homenaje. Las llamas se propagaron con rapidez por las armaduras y artesonados de madera, alimentadas por el calor estival y la escasez de medios de extinción organizados. Vecinos y servidores del Alcázar intentaron contener el avance con cubos y mantas, pero la altura y la configuración de la torre dificultaron las labores.
Los relatos que recogen las crónicas locales conservadas describen escenas de pánico y esfuerzo colectivo: muebles, enseres y parte del tejado fueron arrojados al exterior para evitar su pérdida total; algunos documentos y objetos de valor fueron sacados a la carrera. La columna de humo fue visible desde gran parte de la ciudad, y el estruendo de tejas y maderas desplomándose quedó grabado en la memoria.
El fuego que arrasó su cubierta
El incendio arrasó la cubierta y dañó las armaduras de la torre, provocando el colapso parcial de elementos de madera y afectando a las yeserías y a los forjados contiguos. Aunque la estructura pétrea resistió en gran medida, la pérdida de la cubierta dejó la torre expuesta a la intemperie y obligó a intervenciones urgentes para evitar un deterioro mayor por la lluvia y el tiempo. El siniestro también supuso la pérdida de bienes muebles y archivos menores, y obligó a replantear el uso de la torre en los años siguientes.
Más allá de los daños físicos, el incendio del verano de 1681 se instaló en la memoria colectiva como un recordatorio de la fragilidad del patrimonio. La Torre del Homenaje, símbolo de poder y continuidad, quedó marcada por aquel episodio, que condicionó restauraciones posteriores y la percepción pública del Alcázar como un monumento que había sobrevivido a múltiples calamidades.
Dos siglos después, la noche del 6 de marzo de 1862, el Alcázar sufrió su peor percance. Dos horas bastaron para que el fuego afectase a toda una fortaleza de más de 800 años.
El peor percance, en 1862
Éste fue el suceso más documentado y traumático para el Alcázar, probablemente originado por una estufa o un accidente en dependencias de la Academia de Artillería. El fuego en esta ocasión arrasó gran parte del interior, como artesonados, techumbres y mobiliario, que quedaron destruidos, y el edificio quedó reducido a un cascarón. Solo se salvaron piezas aisladas, como un cuadro atribuido a Carducci y algunos libros que fueron arrojados por ventanas.
La reconstrucción no fue inmediata, ya que por razones políticas y administrativas las obras comenzaron décadas después y se llevaron a cabo bajo la dirección de arquitectos como Antonio Bermejo y Joaquín de Odriozola. Éstos, entre finales del siglo XIX y 1898, devolvieron al Alcázar su aspecto actual, incorporando elementos neogóticos y soluciones constructivas modernas.
Los incendios y las guerras no solo dañaron materiales y obras de arte, sino que alteraron la función del Alcázar (albergó la Academia de Artillería), desplazaron colecciones y dejaron huellas en la memoria urbana de Segovia. El siniestro de 1862, en particular, se recuerda como un punto de inflexión que dio paso a una restauración que hoy define la imagen turística del monumento.