Una calle estrecha entre edificios hechos de piedras rojas, en el pueblo de Madriguera, Segovia
El pueblo de Segovia donde todas las casas son rojas
No es un capricho estético ni una moda rural; pero sí uno de los rincones más singulares para una escapada tranquila, fotogénica y auténtica
En la ladera oriental de la Sierra de Ayllón, en la provincia de Segovia, aparece Madriguera, un pueblo diminuto y remoto que ha convertido el color rojo en su sello de identidad.
No es un capricho estético ni una moda rural; es la huella geológica de un territorio que respira hierro y arcilla. Y es, también, uno de los rincones más singulares para una escapada tranquila, fotogénica y profundamente auténtica.
Lo primero que siente el viajero al llegar es el desconcierto de que un pueblo entero tenga ese tono rojizo intenso. Lo cierto es que las casas, los muros, los corrales, las chimeneas… todo está construido con piedra ferruginosa, un material local que, al oxidarse, adquiere un color entre el bermellón y vino viejo que, con la luz de la tarde se enciende aún más.
Madriguera forma parte del conjunto de «los pueblos rojos y negros» de la comarca, pero es, sin duda, el más icónico. Su homogeneidad cromática lo convierte en un escenario perfecto para pasear sin prisa, cámara en mano, dejándose llevar por calles que parecen diseñadas para la fotografía.
Apenas cuenta con 25 habitantes, dedicados en su mayoría a labores agrícolas, ya que ha ido sufriendo con el paso de los años la despoblación, muy especialmente a finales del siglo XX y en este siglo XXI.
La puerta de una iglesia medieval roja, en Madriguera, Segovia
El casco urbano es pequeño, pero cada rincón tiene carácter. Las calles son estrechas, ligeramente serpenteantes, y conservan la estructura tradicional de los pueblos serranos. Las casas, de dos alturas, muestran puertas de madera maciza, con dinteles irregulares, con el rojo como protagonista.
No hay grandes monumentos ni museos, y ahí reside parte de su encanto. Llama la atención su iglesia, un edificio de tres naves, coro, capilla, espadaña y sacristía, con un altar mayor y un órgano barrocos. Pero Madriguera es un pueblo para mirar, respirar y escuchar. Para descubrir cómo la arquitectura popular se adapta al clima, al terreno y a la vida rural de antaño. Para entender que la belleza, a veces, está en lo diferente y lo auténtico.
Imagen general del pueblo de Madriguera, en Segovia
En los últimos años, Madriguera ha atraído a visitantes senderistas, fotógrafos, amantes de la arquitectura tradicional y viajeros que huyen del ruido. La oferta turística es discreta, casas rurales restauradas con mimo, pequeños alojamientos que respetan la estética local y propuestas gastronómicas basadas en productos de la zona.
Desde el pueblo parten rutas hacia la Sierra de Ayllón, ideales para quienes desean combinar patrimonio y naturaleza. El paisaje, dominado por robledales, jaras y praderas de altura, cambia de color con cada estación, pero siempre mantiene ese aire rojizo característico al mirar hacia el municipio segoviano.
Madriguera, a pesar de parecerlo, no es un pueblo de postal, es un pueblo real que ha sabido conservar su identidad sin artificios. Allí no hay rótulos estridentes, ni tiendas de souvenirs, ni prisas. Solo un puñado de casas rojas que parecen brotar de la tierra, un silencio que invita a quedarse y una sensación de autenticidad que cuesta encontrar en otros destinos.