Ábside de la iglesia de San Martín de Fuentidueña en el MET de Nueva York

Ábside de la iglesia de San Martín de Fuentidueña en el MET de Nueva Yorkhttps://www.metmuseum.org/

El tesoro segoviano que se llevaron piedra a piedra al Museo Metropolitano de Nueva York

En 1957, tras largas negociaciones, España y Estados Unidos alcanzaron un acuerdo insólito por el que esta pieza, que resume la esencia del románico castellano, viajó hasta el famoso museo americano

En lo alto de un páramo segovianos se alzaba hace apenas un siglo un ábside románico que parecía condenado a desaparecer sin dejar huella. Pertenecía a la iglesia de San Martín de Fuentidueña, un pequeño pueblo de apenas unos cientos de habitantes que jamás imaginó que su modesto templo acabaría convertido en una pieza estrella del Metropolitan Museum of Art de Nueva York (popularmente conocido como MET).

Hoy, miles de visitantes lo contemplan cada año sin saber que esas piedras, perfectamente ensambladas en la sala 301 del museo, viajaron más de 5.500 kilómetros desde un rincón remoto de Segovia.

La iglesia de San Martín, construida entre los siglos XII y XIII, era uno de esos templos rurales que condensaban la esencia del románico castellano: sobriedad, proporción y una belleza que no necesitaba alardes.

Imagen del ábside de Fuentidueña, que se expone en el MET

Imagen del ábside de Fuentidueña, que se expone en el METhttps://www.metmuseum.org/

Su ábside semicircular, reforzado por contrafuertes y coronado por una elegante arquería ciega, destacaba por la pureza de sus líneas y por la calidad de su sillería. No era monumental, pero sí representativo de un estilo que floreció en la meseta norte y que, en muchos casos, sobrevivió gracias a la obstinación de los propios vecinos.

A mediados del siglo XX, sin embargo, el templo estaba en ruinas. La despoblación, la falta de recursos y el deterioro acumulado amenazaban con borrar para siempre aquel vestigio medieval. Fue entonces cuando apareció en escena un actor inesperado: el MET.

En plena posguerra, el Gobierno español buscaba reforzar sus relaciones internacionales y mejorar su imagen exterior. Estados Unidos, por su parte, deseaba enriquecer la colección de su museo más prestigioso con un ejemplo sobresaliente del románico europeo.

En 1957, tras largas negociaciones, ambos países alcanzaron un acuerdo insólito: España cedería el ábside de Fuentidueña al MET en calidad de préstamo a largo plazo, y a cambio recibiría seis frescos románicos procedentes de la iglesia de San Baudelio de Berlanga, que hasta entonces estaban en Nueva York.

La operación, supervisada por el Ministerio de Asuntos Exteriores y por historiadores del arte de ambos países, fue tan polémica como inédita. En Fuentidueña, muchos vecinos asistieron con incredulidad a la decisión. Para algunos, era una forma de salvar un patrimonio que se estaba perdiendo; para otros, una amputación injusta de su historia.

Un traslado que duró meses

El traslado fue una proeza técnica para la época. Un equipo de arquitectos, restauradores y canteros numeró cada silla, cada dovela y cada fragmento escultórico. Las piedras se desmontaron una a una, se embalaron y se enviaron en barco rumbo a Nueva York. El proceso duró meses y dejó en el pueblo una mezcla de vacío y alivio: el ábside ya no estaba, pero al menos no se había perdido.

Las piedras del ábside se dispusieron en tres mil trescientos cajones –370 toneladas– se trasladaron en camiones al puerto de Bilbao, donde llegaría un barco desde Nueva York.

En el MET, la reconstrucción se convirtió en un desafío monumental. El museo creó una sala específica, con iluminación y proporciones diseñadas para reproducir la atmósfera original. El resultado fue tan preciso que muchos visitantes creen estar ante un templo completo, no ante un fragmento rescatado de un pueblo castellano.

Hoy, el ábside de Fuentidueña es una de las piezas más admiradas del The Cloisters, la sección del MET dedicada al arte medieval europeo. Allí, entre capiteles franceses y claustros catalanes, las piedras segovianas conservan su serenidad rural, aunque rodeadas de un contexto completamente distinto al que las vio nacer.

Mientras tanto, en Fuentidueña quedaron las ruinas de lo que fue la nave de la iglesia y un esqueleto de su torre campanario. El hueco que dejó el ábside se ha convertido en un símbolo: el recordatorio de un tiempo en el que España negociaba su patrimonio para sobrevivir y de cómo un pequeño pueblo puede acabar, sin pretenderlo, formando parte del corazón cultural de Nueva York.

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