Carmen Cadierno posa con su libro

Carmen Cadierno posa con su libroJ. L. Leal / Ical

Una zamorana que llegó a pesar 36 kilos escribe un libro para ayudar a salir de la anorexia: «No quería morirme»

Carmen Cadierno, quien sufrió la enfermedad durante ocho años, publica Princesa de cristal. Entre la luz y la fragilidad, con el que da por terminada esa etapa de su vida y afronta un futuro esperanzador, que quiere transmitir a cualquier persona que esté pasando por un trance similar

Carmen Cadierno Justel sufrió un trastorno alimentario grave durante ocho años que le llevó a pesar solamente 36 kilos y cuyas posibilidades de sobrevivir fueron puestas en serias dudas. La joven, nacida en Zamora hace 33 años, aunque ha pasado toda su vida en Benavente, tiene un hijo pequeño, completó sus estudios de Marketing y Publicidad y compatibiiza el grado de Psicología con su trabajo en un estanco.

Acaba de presentar el libro titulado Princesa de cristal. Entre la luz y la fragilidad, con el que da por terminada esa etapa de su vida y afronta un futuro esperanzador, que quiere transmitir a cualquier persona que esté pasando por un trance similar, informa Ical.

En la portada del libro aparece la imagen de una hermosa joven coronada con una tiara. Mira al cielo, con una mezcla entre serenidad y anhelo, mientras un intenso rayo de luz cae sobre ella.

Carmen, acompañada en el estrado por su amiga Carla, esboza una sonrisa tímida y advierte a quienes asisten en el Salón de Actos de la Biblioteca Pública de que se trata de su primera presentación. No obstante, su voz es decidida y encuentra con facilidad las palabras para exponer con tranquilidad los momentos tan duros que han marcado su vida.

Carla hace una pequeña introducción, en la que pone de manifiesto «lo despacio que estamos avanzando como sociedad, especialmente en temas sanitarios como trastornos de la alimentación y salud mental, en general».

Carmen Cadierno explica cuál fue el detonante de escribir el libro, que no es totalmente autobiográfico. «Yo estaba ingresada aquí, en Zamora, estaba en 36 kilos y bajando. Ya llevaba siete años y medio y me dijeron que me invitaban a marchar a mi casa porque mi cuerpo ya no daba para más y era inútil seguir luchando. Y yo dije que quería seguir luchando y mi psicólogo Vicente Merino, a quien le doy las gracias, habló con el director, habló cn la psiquiatra para llevarme a Burgos y lo consiguió».

Carmen Cadierno

Carmen CadiernoJ. L. Leal / Ical

«Yo quería seguir viviendo. No quería morirme en casa. El detonante fue ver que me moría. Y yo soy muy cabezona», recalca.

Escarbar en una vorágine de recuerdos registrada a fuego durante los últimos ocho años suponía «reabrir heridas, «volver a conectar» con la Carmen del pasado y «comprender» pensamientos que resultaron recónditos en su momento. «No tenía las herramientas. Tenía que vivir la historia y no sabía cómo gestionarla. Perder esa libertad y ese control fue muy duro porque, al final, yo veía cómo iba perdiendo a mi familia, a mis amigos, momentos, mi vida y mi salud. Ahí me sentí muy culpable porque me decía: Carmen, te has metido tú solita en esta enfermedad», indica.

«Me sentía inútil porque no podía salir de ella y bastante humillada, la verdad. Solo deseaba que la enfermedad me llevara por delante», sentencia.

«En principio, iba a ser solo la historia para mí porque era una forma de desahogarme y de poner en orden todo lo que estaba sintiendo. Pero, tras una charla con mi padre, que me apoyaba y quería ayudarme a publicar el libro, pensé que esta historia tenía un propósito y que todo el dolor que he vivido podría ayudar a otras personas», explica.

«Quedó ahí la cosa. En mayo falleció mi padre y volví a retomar el libro porque sentí que tenía que publicarlo. Primero, por mí, por cerrar una etapa y, después, porque sentí que se lo debía él», añade.

Sucesivos ingresos hospitalarios

El poso resultante de los sucesivos ingresos hospitalarios durante esos ocho años tampoco resulta fácil de gestionar ya que, «tras de cada uno de ellos», ha habido personas, experiencias, sufrimiento y recuperación.

«No quería relatarlo, simplemente, sino que la gente se sintiera conectada con todo lo que hay detrás. Después de tantos ingresos, sentí que perdía mi identidad. Ahora, ha cambiado pero, en mis primeros ingresos, entraba en Psiquiatría y me dejaban solo con un pijama. Me quitaban hasta los cordones de las zapatillas y te ponían unas calzas. Por aquel entonces, nada con lo que entretenerte. Te despojaban de todo. Te quedabas, literalmente, en bragas», describe.

«Y muchas normas. Si te portabas bien, te daban premios. A mí, me gusta dibujar. Te podían traer unas pinturas, un libro y, si te portabas mal, te lo quitaban. Me han quedado secuelas y, hoy, inconscientemente, intento portarme bien y no llamar mucho la atención. Aunque, a veces, me hagan daño a mí, intento evitar el conflicto. El lado positivo es que he trabajado mucho la empatía y puedo ver el sufrimiento de otras personas. Las personas que hemos sufrido mucho no queremos hacer daño a los demás», explica.

La importancia de pedir ayuda

La historia plasmada en el libro permite a Carmen revisar cada momento de esos ocho años y detectar los errores cometidos para poder volcar con eficacia sus conclusiones a personas que estén pasando por el mismo trance.

«Le diría a la Carmen de entonces que no tiene que demostrar su sufrimiento a nadie, que su valor no depende del peso ni del cuerpo ni de las expectativas que otros le imponen y, sobre todo, le diría que no tiene que esperar a estar peor para pedir ayuda», recalca.

«Sé que, cuando estás dentro de la enfermedad –porque me ha pasado a mí–, estos consejos son insuficientes porque yo misma tuve que atravesar mi camino y, poco a poco, aprender y salir de él. Lo que no le diría es que se va a curar de un día para otro porque sería mentira», puntualiza.

Como ocurre con todos los trastornos mentales, la anorexia no cuenta con un botón de anulación ni existe un fármaco directo que pueda zanjar de raíz el problema, como puede hacer un antibiótico contra una enfermedad bacteriana habitual.

«Descubrí que era mucho más que la enfermedad aunque, durante mucho tiempo, pensé lo contrario. Con el tiempo, comprendí que, detrás de muchas conductas que yo tenía, las emociones, los miedos, inseguridades necesitaban ser escuchadas y trabajadas y que mucho de mi enfermedad dependía de cómo actuaba y cómo me veía a mí misma», expone.

«También descubrí que la fortaleza no consiste en llevárselo todo para dentro, en soledad, sino en pedir ayuda y en saber dejarse ayudar para cambiar las cosas», añade. Su amiga Carla recalca: «Hay que ser muy valiente para pedir ayuda».

La gente «deja de estar»

Carmen mira fijamente a los ojos cuando habla pero lo hace sin intimidar, probablemente, porque, cuando la vida se puso muy cuesta arriba y empezaron a fallar personas que parecía que siempre estarían allí, llegó a comprenderlo y, ahora, puede disfrutar la serenidad de quien no experimenta rencor ni siente que deba juzgar a nadie.

«Desde que me diagnosticaron hasta que me dieron el alta médica, ocho años con anorexia. Al principio, está todo el mundo. Según va pasando el tiempo, van dejando de estar, obviamente, porque a ellas también les supone un desgaste emocional y un sufrimiento ver cómo una persona a la que quieres se está muriendo. Porque se está muriendo», reitera.

«Entonces, se van alejando para protegerse a sí mismas. De últimas, me quedó poquita gente pero yo no guardo rencor a nadie. Lo entiendo perfectamente. Es muy importante la gente de tu entorno, amigos, familia… porque van a ser quienes te sostengan pero lo más importante de todo es la ayuda profesional. Sin ayuda profesional no hacemos nada», subraya.

Objetivos

Con este libro, Carmen Cadierno permite que salga parte del vapor de la olla exprés y relaja un poco la tensión acumulada en el alma durante estos años pero insiste en que la verdadera intención radica en ser útil para otras personas que padezcan problemas similares a los que ella tuvo.

«Me gustaría que sintiesen y comprendieran que, tras la fachada de una persona, hay muchas experiencias y situaciones que no estamos viendo. Debemos tener más cuidado con lo que decimos. Para las personas que estén pasando por lo mismo o algo parecido y lean el libro, me gustaría que no se sintieran solas y que vieran un rayito de esperanza», desea.

«Que los adolescentes entiendan que no tienen que entrar en cánones de belleza porque se lo digan los demás y, quienes no tengan estos trastornos, puedan ver un poco más allá de la fachada y ser más empáticos. Tengamos o no trastornos, todos tenemos problemas y creo que a cualquier persona que le gusten las historias humanas, este libro le puede servir en algún momento de su vida», considera.

Vivir demasiado rápido

La vida, en plena era de la información y la comunicación, avanza con tal rapidez que apenas deja tiempo para la reflexión, lo que constituye uno de los principales problemas de la modernidad, especialmente para la gente joven.

Carmen Cadierno posa para Ical

Carmen Cadierno posa para IcalJ. L. Leal / Ical

«Estamos avanzando demasiado rápido y eso está bien, por una parte pero, por otra, es peligroso. Tenemos muchísima sobre información y en realidad poco criterio. Nos dejamos llevar sin pensar realmente. Cuando tenemos tiempo para pensar, ¿qué hacemos? Sacamos el móvil para no pensar. Y, con las redes sociales, te puedes comparar más», describe.

«No tengo miedo de volver a recaer. Sigo yendo al psicólogo y a la psiquiatra. Es una tarea que hay que hacer diario. Cuando llegan las moscas, que llamo yo, que son los pensamientos intrusivos, mi mantra es, ¿te hablarías a ti como hablarías a una personas querida?», pregunta.

Al final de la presentación, Carla y Carmen comparten con el público algunos de los párrafos más reveladores del libro.

«Esto es mucho más que un simple baúl. Guardas sueños, secretos y mucha paciencia. Es un tesoro, sí, pero quizás su verdadero valor no esté solamente en lo que contiene, sino en el camino que tendrás que recorrer para conseguir abrirlo. Guárdalo bien, pequeña. Algún día, cuando menos te lo esperes y estés preparada, encontrarás la manera de abrirlo», dice abuela en el relato.

«La vida se parece un poco a este baúl. A veces, parece cerrada a cal y canto y no encontramos la llave por ninguna parte. Pero si seguimos buscando y no nos rendimos, tarde o temprano aparece. Y no siempre tiene que ser una llave de metal. A veces, puede ser una manera nueva de mirar las cosas», concluye.

Por último, Carmen Cadierno hace hincapié en la necesidad de «vivir el aquí y el ahora», después de un paréntesis de ocho años. «Vivir los momentos. Cuando estás ingresada, te quedas solo con las bragas. No sabes lo que valoro ahora un café con amigos o poder salir a dar una vuelta y respirar el aire. Todo eso no lo valoras si no lo has perdido nunca».

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