Catedral Vieja a la izquierda y la Nueva, a la derecha

Catedral Vieja a la izquierda y la Nueva, a la derechaGetty Images/iStockphoto

¿Por qué Salamanca tiene dos Catedrales?

El gesto de conservación de la primera románica para ofrecer culto a los salmantinos durante la construcción de la Nueva, hizo que quedaran unidas

En Salamanca parece que la historia en lugar de borrarse, se superpone. Este principio, tan propio de una ciudad universitaria, explica por qué hoy la capital del Tormes exhibe un fenómeno arquitectónico excepcional: dos catedrales adosadas, la Vieja y la Nueva, que comparten varios de sus muros, vida litúrgica y nueve siglos de memoria.

A comienzos del siglo XII, bajo el impulso del obispo Jerónimo de Perigord, Salamanca levantó su primera gran catedral: un edificio románico de transición, solemne y compacto, coronado por la inconfundible Torre del Gallo, cuyo cimborrio bizantino se convirtió en símbolo de la ciudad. Durante siglos fue el corazón espiritual de Salamanca, testigo del nacimiento de la Universidad y de la vida medieval que bullía en torno al Patio de Escuelas.

Pero hacia el siglo XV, la ciudad había cambiado. Crecía la población, aumentaba el prestigio académico y la catedral se quedaba pequeña. El auge de la Universidad de Salamanca trajo consigo un importante aumento de la población. Así, la catedral Vieja se quedó pequeña, baja y oscura. Salamanca necesitaba un templo acorde a su nueva dimensión.

En 1513, con el apoyo de los Reyes Católicos, comenzaron las obras de la Catedral Nueva, un proyecto ambicioso que pretendía sustituir a la románica. El plan inicial era claro: levantar la nueva y derribar la vieja. Así se había hecho en otras ciudades españolas.

Plantas de las dos catedrales de Salamanca; la Nueva en gris y la Vieja en azul

Plantas de las dos catedrales de Salamanca; la Nueva en gris y la Vieja en azulWikimedia Commons

Pero en Salamanca ocurrió algo distinto. El Cabildo, consciente del valor histórico y artístico del templo románico, se negó a destruirlo. Y así, en un gesto de conservación adelantado a su tiempo, se decidió mantener ambas catedrales unidas, integrando la vieja en el nuevo conjunto.

Catedral Nueva de Salamanca, vista desde la Plaza de Anaya

Catedral Nueva de Salamanca, vista desde la Plaza de Anayahttps://catedralsalamanca.org/

También es cierto que la construcción de la imponente Catedral Nueva se prolongó más de doscientos años, hasta 1733. Durante todo ese tiempo, la Catedral Vieja permaneció abierta para mantener los servicios religiosos.

En la Nueva trabajaron algunos de los grandes maestros del tardogótico y el plateresco: Juan y Rodrigo Gil de Hontañón, Juan de Álava y los Churriguera, entre otros. El resultado fue un templo monumental, luminoso, de bóvedas estrelladas y casi un centenar de vidrieras que inundan de color su interior.

La nueva catedral no sustituyó a la vieja sino que la abrazó. Y esa convivencia insólita es hoy uno de los mayores atractivos de Salamanca, además de un motivo de orgullo para los salmantinos.

El visitante que entra por la Puerta de Ramos no imagina que, tras los muros góticos, se esconde un tesoro románico como el retablo de los hermanos Delli, la capilla de San Martín, el órgano medieval y el cimborrio que vigila la ciudad desde hace nueve siglos.

Retablo de la Catedral Vieja de Salamanca

Retablo de la Catedral Vieja de Salamancahttps://catedralsalamanca.org/

La coexistencia de ambos templos permite recorrer, en apenas unos pasos, del románico al barroco, del silencio medieval a la grandiosidad renacentista. Es un viaje arquitectónico que ninguna otra ciudad ofrece con tanta continuidad.

Hoy, las dos catedrales no son solo monumentos: son una lección de identidad. Salamanca decidió no borrar su pasado, sino integrarlo. Y gracias a esa decisión, la ciudad puede mostrar al mundo un conjunto catedralicio único.

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