Gaudí en la procesión de Corpus Christi, en 1924Wikimedia

Historias de Barcelona

El último viaje de Gaudí, el arquitecto de Dios: «Ha muerto como un santo de los tiempos antiguos»

El entierro de Gaudí sacudió la ciudad de Barcelona

El último viaje de Antonio Gaudí, el hombre que estuvo mimetizado con la Sagrada Familia –sobre todo, los últimos años de su vida–, emprendió su último viaje desde el Hospital de la Santa Creu. No lo hizo como el genio universal que hoy en día reconoce todo el mundo, que visita diariamente sus obras, sino como el pobre de solemnidad que eligió ser.

Días antes había sido atropellado por el tranvía de la línea 30, en el cruce de las calles Bailén y Gran Vía de Barcelona. Era el 7 de junio de 1926, lunes. Pedro Zuarera conducía el tranvía de la línea 30, sobre las seis de la tarde. Un anciano de aspecto descuidado se cruzó en el paso del tranvía y fue derribado.

Ningún taxista quiso recogerlo, al confundirlo con un mendigo ebrio o alguien desamparado. Fue un guardia civil quien finalmente obligó a un vehículo a trasladarlo al Hospital de la Santa Creu, conocido en Barcelona como el hospital de los pobres, locos, heridos y otros miserables.

El periódico El Correo Catalán publicó que «aquel que proyectaba palacios para la fe, yacía en una cama común, identificado solo por un puñado de avellanas en el bolsillo y los Evangelios que siempre le acompañaban». A Gaudí lo ingresaron en la cama número 19 de la sala de Santo Tomás, y allí lo reconoció el primer párroco de la Sagrada Familia, mosén Gil Parés Vilasau, una de las pocas personas que realmente comprendía su profunda ascética

En aquel momento se supo que el arquitecto de Dios se estaba apagando en la sala de indigentes. A las cinco y ocho minutos de la tarde del jueves 10 de junio de 1926, Gaudí falleció; tenía 74 años.

«Ha muerto el genio»

La noticia se propagó por toda la ciudad. El periódico La Veu de Cataluña publicó en su edición especial:

Ha muerto el genio. La noticia ha caído sobre Barcelona como una losa de piedra de Montjuic. El arquitecto de la Sagrada familia, el hombre que hacía hablar a las columnas y cantar a las piedras, ha entregado su alma al Creador en la misma pobreza en la que vivió sus últimos años.

Durante el viernes 11 de junio, el Hospital de la Santa Creu se convirtió en el epicentro de un peregrinaje incesante. El cadáver de Gaudí fue amortajado con el hábito negro de la orden tercera de san Francisco, con una cruz de madera entre las manos y un rosario.

La prensa destacó la heterogeneidad de la multitud. El periódico La Vanguardia describía que «vimos pasar ante el féretro a la dama envuelta en sedas y al obrero con la blusa de trabajo manchada de cal. Todos lloraban al mismo hombre». Los estudiantes de la Escuela de Arquitectura formaron guardias de honor, mientras el escultor Joan Matamala realizaba la máscara mortuoria que preservaría para la posteridad los rasgos afilados y la barba blanca del maestro.

Gaudí visita la Sagrada Familia junto al nuncio Ragonesi, en 1915Wikimedia

El entierro tuvo lugar el 12 de junio, convirtiéndose en una de las manifestaciones de sentimiento colectivo más impresionantes vividas por la ciudad. El Ayuntamiento de Barcelona y la Junta del Templo habían acordado un funeral de Estado, pero se respetó la voluntad de austeridad del finado en los detalles ornamentales.

El cortejo estaba encabezado por el alcalde de Barcelona, Darío Rumeu Freixa, barón de Viver. A las cinco de la tarde partió la comitiva. El féretro de madera sencilla fue portado a hombros en diversos tramos por arquitectos, artistas y obreros del templo. El itinerario fue un recorrido por el corazón de Barcelona.

El féretro salió del Hospital de la Santa Creu. El centro del cortejo paso por Las Ramblas. Las floristas arrojaron pétalos blancos al paso del coche fúnebre. Las crónicas detallan que, cuando la cabecera llegaba a la Catedral, la cola aún estaba en la Rambla del Centro.

Luego subieron por la Vía Layetana llegando a la Plaza Urquinaona. De ahí continuaron hasta el templo de la Sagrada Familia. El periódico El Diluvio reseñó que «la hilera de gente era tan extensa que cuando la cabeza del cortejo llegaba a la Plaza de Tetuán, la cola aún no había abandonado el casco antiguo. Barcelona no despedía a un hombre, despedía a una época».

En la Sagrada Familia

Al llegar a la Sagrada Familia, el templo que consideraba su hogar y su tumba, la emoción se hizo presente en todos los presentes. Con anterioridad se había pedido permiso a la Santa sede y al Gobierno permiso para poderlo enterrar en la cripta del tempo, pues estaba prohibido desde el siglo XVIII.

Gaudí fue enterrado allí debido a su papel fundamental como arquitecto de la obra y su profunda vida de fe, casi considerada de santidad. El acto fue sobrio, con la presencia de su círculo más íntimo. Allí estaban sus colaboradores Domènec Sugrañes y Francesc Quintana y sus amigos más cercanos.

El clérigo, periodista y escritor mosén Lluís Carreras Mas escribió en La Veu de Catalunya el 13 de junio de 1926 «salió de allí el lunes [de la Sagrada Familia], solo. Y volvió el sábado, acompañado de todo un pueblo. [...] Barcelona entera ha sentido la muerte del maestro como una pérdida propia. Aquel hombre que pasaba inadvertido por las calles, que vivía con la humildad de un santo, ha sido llevado en triunfo por la ciudad que él tanto amó y que ahora llora su ausencia».

La noticia de su muerte traspasó las fronteras. La noticia llegó a París y Londres. El diario francés Le Figaro comentó que «ha muerto el Dante de la arquitectura. Su obra queda inacabada, pero su espíritu ha quedado sellado en la piedra de Barcelona para siempre».

El periódico La Publicitat cerraba su edición del 12 de junio publicando que:

Gaudí ha muerto como un santo de los tiempos antiguos. Despojado de todo lo material, nos deja una herencia de formas imposibles y fe inquebrantable. Su funeral no es un adiós, es la consagración de su inmortalidad. A partir de hoy, la Sagrada familia no es solo una iglesia; es el mausoleo de un genio que prefirió la compañía de los pobres a la gloria de los salones.

Al estallar la Guerra Civil, su tumba permaneció intacta, a pesar que los milicianos incendiaron la cripta y el obrador, perdiéndose planos, fotografías y las maquetas originales de yeso que servían de guía para continuar las obras. Se dice que el respeto que muchos obreros le profesaban ayudó a que su lugar de descanso no fuera perturbado.

Gracias a ellos en su lápida aún hoy podemos leer: «Antoni Gaudí Cornet. De Reus. Nacido hace 74 años, varón de vida ejemplar, eximio artífice, autor de la admirable obra de este templo, murió piadosamente en Barcelona el día 10 de junio de 1926; desde aquí las cenizas de tan gran hombre esperan la resurrección de los muertos. Q.E.P.D.».