Retrato de Antonio Gaudí

Retrato de Antonio GaudíWikipedia

La dieta «franciscana» de Gaudí: lechuga, nueces o avellanas sostenían al autor de la Sagrada Familia

El genio de la Sagrada Familia vivió con una alimentación frugal marcada por el naturismo, el vegetarianismo y una profunda espiritualidad

El arquitecto Antoni Gaudí, figura capital de la arquitectura catalana y universal, llevó durante toda su vida una dieta extremadamente sencilla y frugal, influida por el naturismo, el vegetarianismo y la medicina natural, especialmente a raíz de su salud delicada en la juventud y de la tradición familiar, como relatan en La Vanguardia. Su alimentación, basada en verduras crudas, frutos secos, lácteos y pan, se mantuvo prácticamente invariable hasta su muerte en Barcelona el 10 de junio de 1926, cuando fue atropellado por un tranvía y, según diversas fuentes, en sus bolsillos solo encontraron un puñado de avellanas y un Evangelio.

Una salud frágil y la medicina natural

Desde niño, Gaudí sufrió reumatismo articular, fiebres y otras dolencias, lo que le llevó, siguiendo los consejos de su padre, a recurrir a la medicina natural y a conectar con los movimientos naturistas de finales del siglo XIX. En aquella época tuvo gran influencia el médico alemán Sebastian Kneipp, precursor de la hidroterapia, que defendía una vida sobria: dieta de frutas y verduras, dormir con la ventana abierta, caminar mucho y duchas de agua fría.

En este contexto, Gaudí se apartó de los excesos de mesa y abrazó una forma de vida marcada por la sobriedad, la disciplina y la idea de cuidar el cuerpo sin caer en el culto hedonista a la comida.

El huerto familiar y los orígenes de su alimentación

Durante su infancia, el huerto del Mas de la Calderera, en Riudoms —considerado posible lugar de su nacimiento— abastecía a la familia de frutas, verduras, huevos y frutos secos. Aquellos productos de la tierra se convirtieron en la base de la dieta del niño enfermo, reforzando una alimentación sencilla, de proximidad y muy ligada al campo.

Ese vínculo con lo natural y lo humilde se mantendría después en su vida adulta, tanto en su forma de comer como en su concepción casi ascética del día a día.

Lechuga, frutos secos y pan: el menú diario del genio

Gaudí no era amigo de las comidas copiosas ni de los banquetes. Su rutina alimentaria diaria se centraba en platos muy simples: hojas de lechuga o escarola aliñadas con aceite de oliva, acompañadas de avellanas, almendras o nueces, un poco de leche, pan y miel; de bebida, únicamente agua.

El arquitecto evitaba perder tiempo en la mesa, pero sí cuidaba qué ingería y cómo lo hacía, siempre dentro de parámetros de sobriedad y autocontrol. Esta forma de comer encaja con la imagen de un hombre austero, trabajador incansable y poco dado a la ostentación.

Testimonios sobre su peculiar manera de comer

Algunos detalles de su dieta han quedado recogidos en testimonios directos. En el libro Conversaciones con Gaudí de César Martinell Brunet (Ediciones Punto Fijo, 1969), se describe cómo el arquitecto comía «un plato compuesto de verdura cruda, que ha triturado con un cuchillo y ha mezclado durante largo rato. Parecía un gazpacho sin caldo. Luego se ha bebido un vaso de leche, en el cual había una rodaja cocida al horno con media mandarina».

Las mujeres que le atendieron en la Torre Rosa del Parque Güell, donde vivió con su padre y su sobrina entre 1906 y 1925, recuerdan que su plato más solicitado eran las judías verdes hervidas con patatas y una cebolla. El escritor y crítico gastronómico Gijs van Hensberg describe en su obra Gaudí (Harper Collins, 2001) que al arquitecto le bastaba con lechuga, un poco de leche o aceite de oliva, nueces, tallos de acelga cocidos y miel sobre pan, junto con agua en abundancia, para mantenerse saludable.

Otro rasgo característico era su forma de terminar las comidas: siempre acompañaba todo con pan y concluía con una miga que utilizaba como una especie de esponja para limpiar la dentadura, antes de beber un poco de agua y darse un paseo antes de volver al trabajo.

El descubrimiento del yogur y la modernidad discreta

Pese a su vida sobria, Gaudí no permaneció ajeno a ciertas novedades científicas y alimentarias de su tiempo. Ya de joven, instalado en Barcelona para estudiar, descubrió en la calle dels Àngels, número 1, el que se considera el primer yogur comercial del mundo, impulsado por Isaac Carasso siguiendo las pautas del Nobel de Medicina Elías Metchnikoff, del Instituto Pasteur.

Gaudí incorporó ese yogur artesanal a su dieta cotidiana, adelantándose a lo que hoy se considera un alimento saludable de consumo habitual.

Avellanas y Evangelio: una vida coherente hasta la muerte

El final de Gaudí mantuvo la coherencia con su modo de vida. Cuando fue atropellado por un tranvía, tardó en ser atendido porque su aspecto era descuidado, no llevaba documentación y fue confundido con un indigente. Diversas fuentes coinciden en que, al registrar sus bolsillos, encontraron únicamente un puñado de avellanas y un Evangelio, una imagen elocuente de un hombre que unía austeridad material y profunda fe cristiana.

Tras pasar unos días en el Hospital de la Santa Creu, Gaudí falleció el 10 de junio de 1926. Un siglo después, su legado arquitectónico continúa inspirando al mundo, y su forma de alimentarse —frugal, ordenada y abierta a ciertos avances científicos, pero lejos de cualquier exceso— sigue siendo un reflejo de su personalidad y de una visión de la vida donde el cuerpo se cuida sin convertirse en ídolo.

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