Imagen de Oriol Junqueras y Gabriel Rufián

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Cataluña

Las maniobras de Rufián y la relación con el PSOE ahondan la crisis que arrastran ERC y Junqueras

La gota que ha colmado el vaso es el movimiento de Gabriel Rufián apostando por una plataforma de izquierdas para las generales

La legislatura catalana avanza y, con ella, la presión política sobre Esquerra Republicana de Cataluña (ERC) aumenta. El partido encara una fase de redefinición estratégica marcada por tres vectores simultáneos: la negociación presupuestaria en la Generalitat, los movimientos internos que apuntan a debates de rumbo y la persistencia de un liderazgo simbólico condicionado por factores judiciales. Más que una crisis puntual, la formación atraviesa un momento de transición estructural.

El principal condicionante sigue siendo la situación de Oriol Junqueras. Aunque mantiene ascendencia política y orgánica dentro del partido, continúa inhabilitado para cargo público por la sentencia vinculada al procés, una circunstancia que limita su capacidad de ejercer liderazgo institucional directo. La consecuencia es una anomalía operativa: el referente político existe, pero no puede ocupar el espacio institucional desde el que ordenar la estrategia. Ese desajuste se traduce en decisiones más lentas, equilibrios internos más delicados y mayor exposición a tensiones.

En paralelo, el foco se ha desplazado hacia Gabriel Rufián. El portavoz en el Congreso ha defendido públicamente la necesidad de articular un espacio amplio de izquierdas que supere siglas para frenar a la derecha y la extrema derecha. La iniciativa no constituye formalmente una plataforma alternativa a ERC, pero sí revela un debate latente sobre la orientación del proyecto.

En términos políticos, cuando dirigentes relevantes exploran fórmulas propias fuera del marco orgánico habitual, suele ser síntoma de que el consenso estratégico interno se ha erosionado.

Presión por los presupuestos

A esa tensión se suma el contexto parlamentario catalán. Tras el aval de los comunes a abrir negociaciones presupuestarias, la presión sobre ERC para facilitar acuerdos aumenta. El partido se encuentra así ante un dilema clásico de formaciones bisagra: ejercer influencia institucional mediante pactos o reforzar perfil propio asumiendo mayor distancia negociadora. Ambas opciones tienen costes. La primera puede diluir identidad; la segunda puede reducir capacidad real de incidencia.

El presidente de la Generalitat, Salvador Illa, inauguraba oficialmente el viernes el «pressing» a ERC, a quien instaba a negociar los presupuestos de la Generalitat. Todo ello, después de haber conseguido un acuerdo con los Comunes para apoyar las cuentas. El sueño del gobierno catalán era que, este martes, el Consejo Ejecutivo diera luz verde a los presupuestos, aunque los republicanos se van a hacer de rogar. ¿Cuánto? Ahí está el quid de la cuestión.

Desde ERC siguen insistiendo en llegar a un acuerdo para la constitución de un consorcio de inversiones y también que haya un compromiso claro y explícito a favor de que la Generalitat recaude todo el IRPF. El presidente de la Generalitat, Salvador Illa, ya lo ha hecho. Pero no basta con eso.

El tablero competitivo tampoco ofrece tregua. En el eje soberanista, la pugna con Junts per Catalunya continúa marcando el pulso del liderazgo independentista. Y ahora se ha añadido Aliança Catalana. En el eje ideológico, el espacio progresista institucional está dominado por el PSC, que capitaliza la centralidad política. Entre ambos polos, ERC corre el riesgo de quedar atrapada en una posición intermedia difícil de sostener si no define con nitidez su propuesta.

El momento actual no apunta a ruptura, pero sí a mutación. Históricamente, los partidos que atraviesan fases como esta no se fragmentan necesariamente; tienden a reconfigurarse. La incógnita es hacia qué dirección: si hacia una fuerza de izquierda pragmática centrada en gobernabilidad o hacia un actor independentista con perfil ideológico más marcado.

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