Torre de telegrafía óptica en el Castillo de Montjuïc de Barcelona
Historia
El ingenioso sistema del siglo XIX que permitía llevar mensajes de punta a punta de Cataluña en 30 minutos
Una red de telegrafía óptica que unía Madrid con la frontera francesa
Desde 1845 ciertas montañas catalanas se convirtieron en lugares destinados a un proyecto muy específico, lo que se conocía como telegrafía óptica. Este sistema de mensajes fue perfeccionado en España por José María Mathé, a partir del modelo francés de Claude Chappe, basándose en un código de posiciones mecánicas.
En Cataluña tuvo una importancia estratégica vital, tanto por la necesidad de conectar Madrid con la frontera francesa, como por las exigencias militares de las diferentes guerras carlistas que se desarrollaron a lo largo de ese siglo. Para ello muchos cerros catalanes vieron como, encima de ellos, se construían torres que actualmente aún se pueden contemplar, aunque hayan perdido su primitiva función.
Cada una de esas torres estaba habitada por dos o tres torreros que vivían en condiciones de semi-aislamiento. Su rutina diaria consistía en observar permanentemente, mediante catalejos, La torre anterior y posterior a la línea donde se encontraban. Cuando la torre vecina movía un indicador horizontal y un travesaño móvil, conocidos como brazos, el torrero debía replicar la señal con exactitud en su propio mecanismo.
Al ser el único medio de comunicación visual existente, la vigilancia de las señales era constante. Un mensaje podía cruzar Cataluña en apenas media hora si el cielo estaba despejado. La niebla, la lluvia o la noche silenciaban el sistema. Estos hombres eran guardianes de secretos de Estado y órdenes militares que, a menudo ni siquiera comprendían, pues el código estaba cifrado. Su responsabilidad era tal que cualquier error en la réplica de la señal podía alterar el mensaje original kilómetros después de ser lanzado.
Sistema de señales
El sistema de señales consistía en un bastidor vertical con una pieza móvil llamada indicador que podía desplazarse hacia arriba y hacia abajo, y además girar sobre su eje central. El indicador adoptaba distintas posiciones que no representaban letras directamente, sino números. Por ejemplo, una posición horizontal a media altura podía ser un 2, y una inclinada en la parte superior un 5.
Los mensajes se enviaban como secuencias de números. Los torreros tenían un libro de códigos donde cada número o combinación correspondía a una frase, palabra o concepto predefinido. Por ejemplo, el número 012 podría significar «llegada de tropas». Esto permitía transmitir frases complejas con muy pocos movimientos. Los torreros intermedios a menudo ni siquiera sabían qué mensaje estaban transmitiendo, lo que garantizaba el secreto oficial.
Imágenes que describen el sistema
La geografía de la telegrafía óptica en Cataluña se dividió en la Línea Civil de Madrid a Francia y en diversas Líneas Militares para el control del territorio. La línea General de Madrid-Valencia-Barcelona-Francia fue la columna vertebral del sistema. Entraba en Cataluña por el sur y seguía la costa y el prelitoral hacia el norte. Se dividía en tres sectores:
El sector sur (Tarragona). Tras cruzar el Ebro, la línea pasaba por puntos como la Torre de la Guardiola en Sant Carles de la Rápita y la Torre de la Figuera. En el Baix Penedés la Torre del Telégrafo en El Vendrell y la Torre de la Mixarda en Figuerola del Camp, una de las mejores conservadas, que servía de enlace con el interior.
El sector central (Barcelona). La línea avanzaba hacia el macizo de Montserrat, donde la Torre de la Guardia ejercía ua vigilancia privilegiada. Al acercarse a Barcelona la señal pasaba por la Torre de Sant Pere Màrtir en Esplugues, un punto neurálgico que conectaba con el castillo de Montjuic, el centro receptor que había en la ciudad.
El sector hacia la frontera (Gerona). Desde Barcelona la línea seguía hacia el Maresme y Gerona. Eran emblemáticas la Torre de Can Baladia en Mataró y la de Sant Pere de Riu en Tordera. Al llegar a Gerona la Torre de Puig d’en Roca dominaba el paso, extendiéndose luego por el Alt Empordà mediante torres como la de Sant Mori y la de la Vall de Santa Creu hasta alcanzar la Jonquera.
Una red única
Las Líneas Militares se ocupaban del control interior de Cataluña y por ello tuvo una red única por su densidad, diseñada para combatir las partidas carlistas y asegurar la comunicación entre las capitanías.
Línea de Barcelona a Vic. Esta ruta era esencial para el control de la Cataluña central. Incluía torres como la del Figaró o la de l’Ametlla del Vallès que vigilaban los valles del Congost.
Línea de Manresa a Solsona. Aquí las torres adquirían un carácter más defensivo y robusto, como la del Serrat del Moro en Balsareny o la Torre de Castelltallat, situadas en puntos de difícil acceso para evitar sabotajes.
Línea de Lérida a la Seo de Urgel. Concebida para vigilar la zona pirenaica, contaba con torres estratégicas como la de Gualter o la de Pontons, fundamentales para el movimiento de tropas en la frontera norte.
Las torres de la red catalana no eran uniformes, pero compartían características comunes dictadas por la funcionalidad. La mayoría eran construcciones de planta cuadrada de unos 6 o 7 metros de lado con tres plantas. La baja era almacén y defensa con aspilleras; la intermedia como vivienda de los torreros; y la superior donde se encontraba el mecanismo y el telégrafo propiamente dicho.
En la azotea se alzaba el bastidor de madera y hierro que gesticulaba hacia el horizonte. Aunque el diseño que Mathé estandarizó muchas de ellas, en Cataluña encontramos variantes como la Torre de l’Arboç o la Torre de la Tossa de Montbui, que adoptaron su estructura a las edificaciones preexistentes o a la necesidad de mayor fortificación.
Hacia 1855 el telégrafo eléctrico comenzó a desplegar sus cables, dejando a la telegrafía óptica obsoleta. Los cables no dormían, no sufrían las inclemencias del tiempo, y no requerían que un hombre estuviera pegado a un catalejo durante hora. Las torres fueron abandonadas. La mayoría de ellas quedaron en ruinas. Algunas de ellas hoy en día se conservan, como la Torre del Telégrafo de Caldes de Montbui, la de Puiggraciós o la de Can Pasqual en Collserola, como testigos de aquella red de telegrafía óptica.