Lluís Companys en Sabadell, en 1937.Wikimedia

Historia

Los diarios privados de Manuel Azaña desmontan el mito de Lluís Companys

La relación entre ambos estuvo marcada por la amargura y el resentimiento hacia el presidente catalán

Ya en el exilio, Manuel Azaña le escribió a Carlos Esplá que «estos catalanes tienen muy merecido lo que les pasa. Lo malo es que su locura ha dañado a todos». Estas palabras, escritas hace ochenta años, podríamos escribirlas hoy en día y serían actuales.

El problema catalán sigue siendo una lacra: lo fue en la II República y lo es hoy en día. Azaña tenía cruzado a Lluís Companys. Cuando Azaña y Companys tenían que encontrarse para cruzar la frontera francesa, el primero se negó a pasar en compañía del segundo, al entender que de hacerlo le daría pie a insinuar que los dos estaban al mismo nivel. Y no era así. Companys era el presidente de una comunidad autónoma, mientras que Azaña lo era de la República española. ¿Cómo fue su relación personal y política?

Cuando Azaña defendió el Estatuto de Autonomía en 1932, se le consideró un gran amigo de Cataluña. Con el paso del tiempo ese amor inicial se transformó en amargura. Los escritos privados de Azaña demuestran cómo la insurrección y la agenda unilateral de Lluís Companys debilitaron la causa republicana y su relación no fue tan idílica como intenta demostrar el independentismo. En su imaginario, Companys creía que Cataluña se había independizado de España y esto, a parte de ser falso, dificultaba las relaciones del gobierno de Azaña con los políticos catalanes.

El primer desengaño político y personal para Manuel Azaña se produjo el 6 de octubre de 1934. Aquel día Companys decidió proclamar, de manera unilateral, el Estado Catalán dentro de la República Federal Española. Un golpe de estado contra la legalidad vigente de la II República que, en ese momento estaba liderada por el centro-derecha de Alejandro Lerroux. Aprovechando los sucesos de Asturias Companys creyó que le jugada le saldría bien. Lo destituyeron y encarcelaron. A Azaña lo arrastró al abismo.

¿Por qué decimos esto? Azaña estaba en Barcelona por motivos personales. Lo arrestaron y fue confinado en bajo la falsa acusación de haber instigado el golpe. En Mi rebelión en Barcelona describió su profunda indignación ante una aventura nacionalista que consideraba irresponsable, egocéntrica y carente de toda visión de Estado. Ahí empezó la desconfianza de Azaña contra Companys. Este egocentrismo que describe Azaña lo heredó, entre otros, Carles Puigdemont.

En río revuelto

En julio de 1936, en lugar de priorizar el esfuerzo bélico unitario para «salvaguardar el orden democrático frente a las tropas del general Francisco Franco», la Generalidad de Cataluña optó por otra estrategia, siguiendo las ordenes de Companys. Aquella actuación la describió Azaña como «pescar en río revuelto». Aprovechando el vacío de poder inicial y la debilidad del gobierno central, las autoridades autonómicas iniciaron un proceso de competencias exclusivas del Estado que dinamitó la cohesión interna del bando republicano.

Gabinete del gobierno de Azaña, fotografiado en 1936

La Generalidad de Cataluña procedió a incautar bienes estatales. Asumió el control absoluto de las fronteras aduaneras, emitió papel moneda y creó un órgano militar autónomo llamado Ejército de Cataluña. Para Azaña esta estructura militar paralela respondía a consignas estrictamente regionales y se negaba sistemáticamente a coordinarse con el mando centro republicano.

Azaña describió con amargura una situación de «franca rebelión e insubordinación», denunciando que la actitud de Companys representaba una «sustracción de fuerza enorme» que vaciaba de autoridad al Estado y restaba recursos vitales al frente de batalla, facilitando indirectamente el avance del bando nacional.

Guerra dentro de la guerra

La situación de convivencia institucional se volvió insostenible en mayo de 1937, cuando se produjo una guerra dentro de la guerra, por la cual el comunismo tomó el mando y destronó a los anarcosindicalistas y al POUM. Cuando Azaña vino a Barcelona, después de pasar por Valencia, se sintió sin el amparo de la Generalidad y aislado como si fuera un prisionero político.

Sus diarios revelan su temor a ser espiado, ninguneado e, incluso, agredido por los elementos más radicales amparados por la Generalidad. Azaña era rehén y hostil en una España que él consideraba republicana y unida.

El agravio definitivo quedó registrado al descubrirse las maniobras diplomáticas secretas que el entorno de Companys realizaba a espaldas del gobierno central. ¿Qué ocurrió? Emisarios del gobierno catalán entablaron contactos discretos en París y Londres con el objetivo de negociar una paz por separado con el bando nacional o, en su defecto, forzar una mediación internacional que garantizara la supervivencia de la autonomía a costa del sacrificio del resto del territorio español.

Cuando se supo de estas gestiones, en febrero de 1937, Companys se vio obligado a emitir un desmentido público. A pesar de estas palabras Azaña dejó constancia escrita de la veracidad de unos contactos que consideraba una alta traición al pacto de lealtad constitucional.

No solo Azaña estaba enfadado con Companys, sino también Juan Negrín. Este estaba hastiado e indignado ante las exigencias nacionalistas, porque solo pensaban en ellos. Sobre el separatismo catalán Negrín afirmó: «No estoy haciendo la guerra contra Franco para que nos brote en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino… Antes de consentir campañas separatistas que dividan a España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos entenderíamos nosotros, o nuestros hijos o quien fuere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco».

Lluis CompanysWikipedia

Azaña estaba de acuerdo con las palabras de Negrín. En sus últimos escritos llegó a afirmar, con dureza, que los líderes políticos catalanes tenían «muy merecido lo que les pasa», concluyendo que la irresponsabilidad histórica y el delirio político de Lluís Companys había sacrificado la legalidad democrática común en aras de una utopía regional insolidaria.

Y no solo fue todo lo que hemos dicho. Bajo el mandato del presidente Companys no solo se erosionó la autoridad del Estado legítimo refrendado por las urnas, el republicano, sino que se amparó el terror revolucionario que costó la vida a 26.606 ciudadanos de Cataluña. Se puede asegurar, sin equivocarnos que, en gran parte, la deslealtad institucional y la fractura interna catalana fueron factores determinantes para dinamitar la legalidad republicana. Por eso resulta surrealista que Puigdemont u Oriol Junqueras reclamen que el Estado español pida perdón por el fusilamiento de Companys en 1940.