Origen mitológico y falso de la bandera catalana
Los falsos mitos fundacionales que los nacionalismos en España presentan como hechos históricos
Los nacionalismos en España se han servido de mitos y fabulaciones para dotarse de un origen épico
Los nacionalismos periféricos en España (principalmente el catalán, gallego y vasco) se han esforzado en construir relatos históricos, o más bien historicistas, que justifiquen sus pretensiones independentistas, doten a sus presuntas naciones de legitimidad histórica y proporcionen un origen épico a sus pueblos.
Hay casos tan exagerados como ridículos, como el intento del nacionalismo catalán de apropiarse del origen de figuras como Cristóbal Colón, Miguel de Cervantes o el Cid Campeador.
Pero sin llegar al extremo de lo grotesco, hay varios mitos fundacionales que incluso las administraciones autonómicas se esfuerzan en presentar como verídicos cuando son absolutamente falsos o, en algún caso, hasta fantásticos.
Cataluña y sus más de cien presidentes
A Carles Puigdemont solía gustarle –aún lo hace en su perfil de Twitter– presentarse como el 130 presidente de la Generalitat de Cataluña.
Hoy, Salvador Illa, insiste en presentarse de esa manera. En su momento, muchos se preguntaban de dónde sacaba el presidente fugado 130 presidentes de la Generalitat, y el actual president socialista, 133.
Las cifras no salían. Desde la recuperación del autogobierno en Cataluña ha habido ocho presidentes de la Generalitat: Jordi Pujol, Pasqual Maragall, José Montilla, Artur Mas, el propio Puigdemont y sus sucesores, Quim Torra, Pere Aragonès y Salvador Illa.
Incluyendo en el recuento a los presidentes durante la Segunda República española habría que añadir dos más, Francesc Macià y Lluís Companys.
Pero es que, incluso añadiendo a los presidentes de la Generalitat en el exilio sólo se suman dos más, Josep Irla y Josep Tarradellas. En ningún caso 130. Entonces ¿de dónde sale la cifra? Sale de una manipulación histórica que roza lo fantasioso.
Según Puigdemont, y en general los independentistas catalanes, la Generalitat es una institución que surge en el siglo XIV con el nombre de Diputación General. Lo cierto es que en 1354 se crea la mencionada Diputación General, que se mantendrá vigente hasta el siglo XVII. Sin embargo, aquella Diputación General nada tenía que ver con la actual Generalitat, aunque la institución del gobierno catalán actual haya tomado su nombre prestado.
La Generalitat del siglo XIV representaba los intereses de la nobleza de la época, no era una institución democrática, más bien al contrario, servía para apuntalar los intereses de la nobleza, y funcionaba, en esencia, como un instrumento de recaudación de impuestos.
Considerar la Generalitat de hoy como la misma institución que la Generalitat medieval es como restaurar hoy el imperio Romano y presentar a un nuevo César como sucesor de aquel Rómulo Augústulo que claudicó ante Odoacro.
El de la Generalitat no es el único mito fundacional falso de la Cataluña de hoy. Está también el mítico origen de la bandera catalana. Según el relato del que tanto disfrutan los independentistas catalanes, habría sido el rey de Francia Carlos II quien en agradecimiento por su ayuda en la batalla habría mojado cuatro dedos en la sangre del herido conde de Barcelona Wifredo el Velloso en su propia sangre y habría dibujado las cuatro barras sobre un escudo de fondo amarillo. La historia, obviamente, es falsa.
Breogán, el fundador de Galicia
La presencia de un personaje de dicho nombre en las crónicas medievales irlandesas y la identificación de su origen con Galicia permitió al primer nacionalismo gallego ubicar a Breogán como rey de la Galicia celta.
Hoy el personaje se ha alzado como mito fundacional de Galicia, protagoniza el himno oficial de la comunidad y es reivindicado hasta la saciedad.
Sin embargo, Breogán nunca existió. Es un mito. Eduardo Pondal se inspiró en dicho mito para su poema Os pinos, que se empleó para la letra para el himno gallego. Esa particularidad sirvió al nacionalismo gallego para ubicar el origen de la actual Galicia en los pobladores celtas prerromanos.
La misma identificación de Galicia como «nación celta» es un absoluto sinsentido, ya que la condición básica para dicha identificación es hablar una lengua celta, cosa que no ocurre: el gallego es una lengua romance, igual que el castellano.
El esfuerzo para celtificar Galicia ha llevado a presentar modas modernas como el samaín (un intento de disfrazar el Halloween como una tradición gallega milenaria), como propias de la idiosincrasia nacional gallega.
El mito de Breogán como fundador de Galicia no es algo exclusivo del nacionalismo. En la misma web de la Xunta de Galicia, por medio de la Enciclopedia Galega Universal, se afirma que «Breogán es el patirarca fundador de la nación galaica, que la tradición remonta a la Edad de Bronce, y al que se le atribuya la fundación de Brigantium o Brigantia (La Coruña o Betanzos)».
Galicia tiene otros mitos fundacionales falsos, como el origen de la bandera gallega, de la que se ha llegado a decir que representa al río Miño atravesando Galicia. Se trata de una absurdez teniendo en cuenta que el Miño atraviesa las provincias de Lugo y Orense de noreste a sudeste, mientras que la franja azul de la bandera gallega va desde la esquina superior izquierda de la bandera a la inferior derecha.
Pero es que, además, la bandera gallega es un símbolo puramente práctico. Nació durante el reinado de Carlos III en el siglo XVIII como enseña de la provincia marítima de La Coruña y tiene su origen en la bandera de la Cruz de Borgoña, identificada con la monarquía y las fuerzas armadas españolas desde tiempos de los Habsburgo.
El milenario pueblo vasco
Otro mito ampliamente aceptado hoy es el del origen milenario del pueblo vasco, sustentado en el supuesto origen milenario de la lengua vasca y con un inquietante componente etnicista.
Dejando de lado las tesis racistas de Sabino Arana, fundador del Partido Nacionalista Vasco y origen de dicho mito, el principal argumento, el supuesto carácter milenario de la lengua vasca, es falso. Y hay varios argumentos que apuntan a ello.
En primer lugar, la lengua vasca actual tiene poco que ver con las hablas vasconas de la España prerromana de la que supuestamente procede. Es evidente que un vascón de entonces no podría comunicarse con un vascoparlante de hoy.
Si se presenta ese argumento como válido, también un castellano parlante de hoy podría defender que el español es la lengua más antigua del mundo, pues su relación con el latín hablado con Julio César y con la lengua indoeuropea primigenia hablada a orillas del mar Negro es la misma que la relación entre el vascuence actual y la lengua hablada por las tribus vasconas en el siglo I antes de Cristo.
Pero es que, además, el vascuence actual, el euskera, es el producto de una reconstrucción artificial a partir de los diferentes dialectos vascos que se hablaban en las provincias vascas y en Navarra en tiempos de Sabino Arana (el batúa o estandarizado): Una suerte de esperanto a la vasca que nadie habla de manera materna y que únicamente se aprende en la escuela.