Retrato de Antonio Gaudí, coloreado
Historia
La obsesión lingüística del separatismo desvirtúa el catalanismo místico y católico de Antonio Gaudí
Para Gaudí, el idioma no era un arma arrojadiza, sino una herramienta natural de evangelización
El secesionismo catalán tiene un problema en 2026: han perdido el argumentario que enarbolaron en 2017, y por eso deben aferrarse a cualquier historia para dar calor a sus seguidores. Ahora solo les queda el idioma, y a él se aferran como a un clavo ardiendo, como ha quedado patente en su uso interesado de la figura de Antonio Gaudí y la Sagrada Familia.
El problema es que razonan con mentes del siglo XXI lo que ocurrió en el XIX y a principios del XX. Como muestra, cabe recordar que esta semana los grupos del PSC, Junts, ERC, los Comunes y la CUP en el Parlamento de Cataluña han tramitado una declaración institucional que eleva a Gaudí a la categoría de mártir lingüístico, por haber sido encarcelado, dicen, por el uso del catalán.
Para ellos se ha convertido en un símbolo de la dignidad lingüística y un «defensor ferviente» del catalán. Además remarcan el compromiso del arquitecto con «Cataluña, con el catalanismo, con la cultura y con la lengua catalana».
Hablar así de Gaudí es exagerar la realidad. Veamos, pues, los hechos. El 11 de septiembre de 1924, durante la dictadura de Primo de Rivera, Gaudí, de 72 años, fue detenido por la policía tras negarse a dirigirse a los agentes en castellano. El arquitecto pasó varias horas en el calabozo antes de pagar una fianza y ser liberado. La historia de este famoso altercado ocurrió en el contexto de las restricciones lingüísticas impuestas por la dictadura.
Gaudí se dirigía a la iglesia de los Santos Justo y Pastor de Barcelona para asistir a una misa conmemorativa de la Diada. Este acto estaba prohibido por el gobernador. Fue interceptado por agentes de policía que le exigieron documentación y le hablaron en castellano. Gaudí respondió cortésmente en catalán. Los oficiales insistieron en que debía hablarles en castellano, alegando que, por ser una persona educada, debía conocer el idioma oficial del Estado.
Antoni Gaudí, durante la procesión de Corpus Christi, en 1924
Ante la firme negativa de Gaudí a cambiar de lengua, fue llevado a comisaría, donde un oficial llegó a gritarle: «¡Si usted no fuera tan viejo, le rompería la cara!». Tras unas cuatro horas en el calabozo, un conocido pagó su fianza y fue liberado. El incidente no frenó su activismo. Su resistencia era puramente civil y cultural, basada en hablar su lengua nativa y proteger las tradiciones locales frente a la asimilación centralista marcada por la dictadura de Primo de Rivera.
¿Gaudí era independentista?
A pesar de esta declaración institucional Gaudí no era independentista, ni lo que hoy se entiende como nacionalista. Era un catalanista de corte tradicional, cultural y profundamente católico. A finales del siglo XIX y principios del XX, el movimiento catalanista mayoritario no buscaba la separación de España, sino el reconocimiento de la identidad propia, la autonomía y la defensa de la lengua. Su pensamiento se estructuraba bajo los parámetros que marcó la Renaixença.
Era un catalanista conservador y su ideología se alineaba con la Lliga Regionalista. Este partido, el de la burguesía catalana, defendía la autonomía regional dentro de España. Para Gaudí, la identidad catalana iba ligada a la religión católica. Creía que Cataluña tenía una misión espiritual, la cual plasmó en la Sagrada Familia.
Este pensamiento lo heredó de su mentor espiritual e ideólogo. Nos referimos al obispo Torras i Bages. Este marcó profundamente su catalanismo católico y conservador. El obispo, autor de la famosa frase «Cataluña será cristiana o no será», guió a Gaudí en un momento de profunda crisis personal y ayuno extremo en 1894, convenciéndolo de que su verdadera misión divina era edificar la Sagrada Familia. Junto a él, existió un grupo muy cerrado de intelectuales y artistas que compartían esta misma visión mística y regionalista de Cataluña, influyendo mutuamente en el arquitecto.
El pintor Joan Llimona y su hermano, el escultor Josep, junto a Torras i Bages, fundaron en 1893 el Cercle Artístic de Sant Lluc, una asociación de creadores cristianos a la que Gaudí se unió de inmediato. Rechazaban la vida bohemia y defendían que el arte debía servir para elevar el espíritu y exaltar las raíces catalanas. El polifacético artista y diseñador gráfico Alexandre de Riquer, también miembro fundador de Sant Lluc, introdujo el gusto por el detalle artesanal y los motivos de la naturaleza local en las artes decorativas.
Los arquitectos Enric Sagnier Villavecchia y Josep Puig i Cadafalch, que participaban en los mismos debates culturales, aunque competían profesionalmente, compartían la idea de que la arquitectura debía recuperar el glorioso pasado medieval de Cataluña para proyectarlo hacia el futuro. Eusebio Güell, más allá de ser su gran mecenas, compartía la ideología de la Lliga Regionalista y fomentó en Gaudí la idea de que la burguesía catalana debía financiar obras monumentales que devolvieran el prestigio cultural a su tierra.
La Basílica de la Sagrada Familia, en Barcelona
Este círculo intelectual alejó a Gaudí del modernismo más transgresor, progresista, vanguardista y laico, como el que reunía en el famoso bar Els 4 Gats a Pablo Picasso, Santiago Rusiñol, Ramón Casas, Isidro Nonell, Joaquín Mir, inclinándolo hacia un catalanismo austero, tradicionalista y enfocado en la religión.
Así pues, reducir a Gaudí a una suerte de mártir lingüístico desvirtúa la verdadera esencia del arquitecto, cuya relación con el catalán no nacía de una militancia política o idiomática secular, sino de una profunda concepción mística y espiritual. Influenciado por el obispo Torras i Bages, en cuya obra La tradició catalana defendía que la esencia de la identidad de Cataluña residía en sus valores tradicionales y espirituales, Gaudí entendía la identidad y la lengua catalanas como dones de la Creación.
Para él, el idioma no era un arma arrojadiza, sino una herramienta natural de evangelización, providencialmente arraigada en su tierra. Su máxima expresión artística, la Sagrada Familia, fue concebida precisamente bajo esta teología. Una Biblia en piedra que fusionaba la fe católica universal con el espíritu y las formas del pueblo catalán. Así, su resistencia idiomática en 1924 no fue el acto de un activista político, sino la manifestación de una coherencia religiosa e intelectual indisociable de su devoción a Dios.