El Papa León XIV, en la Catedral de Barcelona

El Papa León XIV, en la Catedral de Barcelona

Cataluña

La generosidad del Papa con el catalán no sacia la voracidad del separatismo

Los independentistas han convertido la cuestión lingüística en el nuevo «procés»

Hubo un tiempo en que el independentismo catalán necesitaba referendos, declaraciones unilaterales o grandes manifestaciones para mantener viva la movilización. Hoy, con el procés sin un horizonte político inmediato y con la amnistía alterando el tablero, el conflicto ha cambiado de escenario. La lengua se ha convertido en el nuevo terreno de confrontación.

La visita del papa León XIV a Barcelona lo ha vuelto a demostrar. Lo que comenzó como una discusión sobre el idioma en el que el Pontífice debía pronunciar una breve bendición de la cruz y la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia terminó derivando en una campaña política, una recogida de firmas, presiones institucionales y llamamientos a la protesta.

Paradójicamente, la controversia gira en torno a un texto de apenas unos párrafos que el Vaticano mantiene previsto en castellano, mientras que el Papa sí ha incorporado el catalán en parte de sus intervenciones y homilías. Sin embargo, para una parte del independentismo eso resulta insuficiente. La reivindicación ya no es únicamente que el catalán esté presente, sino que ocupe un lugar central en un acontecimiento con enorme proyección internacional.

La reacción ha movilizado a entidades soberanistas y a dirigentes políticos, encabezados por el expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, que ha alentado las protestas. Se han impulsado campañas públicas para reclamar un mayor uso del catalán y se han organizado concentraciones coincidiendo con los actos papales, tanto en Montserrat como en la Sagrada Familia. Incluso se han realizado gestiones entre la Generalitat y el Arzobispado para intentar modificar el protocolo previsto.

El episodio ilustra una tendencia que se viene consolidando desde hace años: la sustitución del relato independentista por el relato lingüístico. Ante la ausencia de nuevos hitos políticos, la defensa del catalán se ha convertido en un elemento de cohesión para buena parte del movimiento soberanista. La lengua funciona ahora como un símbolo identitario capaz de activar a una base social que ya no encuentra en la agenda de la independencia la movilización permanente de hace una década.

La paradoja es que el debate político ha eclipsado otras realidades de la propia Iglesia catalana. Muchas parroquias celebran hoy buena parte de sus oficios en castellano debido a la llegada de sacerdotes latinoamericanos y al cambio demográfico de sus fieles, mientras las iglesias evangélicas continúan creciendo entre la población inmigrante. Son transformaciones profundas que apenas aparecen en el debate público, monopolizado estos días por la discusión sobre el idioma de una bendición.

La polémica también ha evidenciado diferencias institucionales. Mientras sectores del independentismo responsabilizan al Govern de Salvador Illa, al cardenal Juan José Omella o incluso a la Conferencia Episcopal Española de una supuesta marginación del catalán, el ejecutivo catalán ha optado por una estrategia distinta: reivindicar precisamente que el Papa utilice la lengua catalana en parte de sus actos como un reconocimiento internacional que conviene poner en valor y no convertir en motivo de confrontación.

No es casual que, durante su encuentro con León XIV, el presidente del Parlament, Josep Rull, aprovechara para recordar que Cataluña es «una nación con lengua propia e instituciones propias», o que Salvador Illa haya preparado una carta al Pontífice en la que expresa el deseo de que el catalán tenga presencia en futuras intervenciones solemnes del Vaticano. La cuestión lingüística se ha instalado así en el centro de la agenda política incluso durante una visita de carácter eminentemente religioso.

Mientras León XIV habla de unidad, concordia y paz, parte del independentismo intenta trasladar el foco hacia otro terreno. Después de años en los que la independencia ocupó toda la conversación pública, la defensa del catalán ha pasado a desempeñar, para una parte del soberanismo, el papel de nuevo gran relato movilizador. El procés ya no llena las calles; ahora es la lengua la que pretende hacerlo.

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