Pantalla vara seguir la final del Mundial en Badalona
Cataluña
Decenas de miles de personas celebran eufóricas la victoria de España en Cataluña, también en feudos nacionalistas
La euforia por el triunfo de la selección llena plazas y pantallas gigantes en toda Cataluña y deja al separatismo sin capacidad para imponer su relato
Más de 10.000 personas, muchas de ellas catalanohablantes y ataviadas con la bandera española, siguieron el partido desde la pantalla del Parque Central de Mataró, un espacio público ubicado dentro del 08304, el código postal que hace Lamine Yamal con sus dedos cuando marca un gol.
Aunque el Atlético de Madrid era el club que aportaba más jugadores a la final, Barcelona, por los años que Messi jugó y vivió aquí y por Lamine Yamal, llamado a sustituirle, se convirtió en el centro de una final que se jugaba a miles de kilómetros, al otro lado del Atlántico, y en la que todos aquellos que no querían que ganara España se encomendaron a Messi, aunque este, en sus muchos años de presencia en Barcelona, jamás hizo un solo guiño al independentismo y, el año antes de que Laporta no le renovara, había pedido por burofax salir del club azulgrana.
En Barcelona se congregaron cerca de 30.000 personas en el Fòrum, a pesar de que el Ayuntamiento cambió la ubicación en el último momento y apartó la pantalla del centro. Otras decenas de miles lo hicieron en Badalona y Sabadell, pero también cientos de jóvenes en Manresa, donde Cubarsí o Joan Garcia tienen raíces; e incluso en Ripoll, el pueblo de Sílvia Orriols, que se jactó de no poner pantalla. En casi cien ciudades catalanas hubo pantallas, decenas de miles de personas y ni un solo incidente.
Una larga noche protagonizada por los jóvenes que en 2010 eran muy pequeños o no habían nacido, y que tomaron las calles de las ciudades y pueblos de Cataluña sin más objetivo que celebrar la victoria de su selección, sin peros y sin matices.
En la previa, el independentismo no pudo contener su incomodidad ante la pérdida del relato. Lo que se ha visto estos días de Mundial en las calles catalanas desmiente la idea de que Cataluña no es España.
Entre los hiperventilados, Els Pets (Los Pedos), un grupo musical con un nombre que, sin duda, le hace justicia, en un concierto en la víspera de la final pidió a Messi: «Haz un último milagro por el pueblo catalán. Líbranos de los petardos, de las banderas estanqueras y del 'yo soy español'».
Tampoco perdió la oportunidad de mostrar su habitual cara odiadora Carme Forcadell, la presidenta del Parlament que permitió la declaración unilateral de independencia. Escribía ayer en X que tiraba la toalla en su intento de buscar un canal de televisión que no hablara de la final.
El Ayuntamiento de La Rápita, gobernado por una coalición del PSC y ERC, puso una pantalla en la plaza 1 de Octubre. Lo peor para quienes en ese Ayuntamiento, al sur de Tarragona, usaron el nomenclátor para demostrar lo sectarios que son es que los cientos de jóvenes que fueron a esa plaza, en su inmensa mayoría, no tienen ni idea de por qué lleva ese nombre.
En Sant Andreu de la Barca, municipio vecino al de Oriol Junqueras, el Ayuntamiento, de ERC, cedió a la presión popular y también puso una pantalla. Una vez más, la normalidad se impuso. Lo peor para el separatismo no fue la victoria de España, ni la multitud que, sin romper nada, la celebró, sino el olvido.
Las redes sociales de Puigdemont y de Junqueras llevan 48 horas en silencio. Por su parte, Rufián, candidato a ser candidato a la presidencia de un país que aspira a destruir, se limitó a un lacónico «España 1 - Infantino 0». Illa celebró la victoria con un breve y poco lúcido mensaje bilingüe. Orriols, frustrada y de mal humor, equiparó a VOX con el PSC.
El separatismo, durante los días previos, se frotaba los ojos viendo cómo la Torre Agbar, en el skyline del 22@, hacía pruebas para iluminar el edificio con los colores de España por si la selección triunfaba. Llegó a afirmar que era una imagen falsa, hecha con IA, porque, en su cabeza, la posibilidad de que Cataluña no sea unidireccional, monolingüe y de pensamiento único es incomprensible e inaceptable.
Ayer, en Cataluña, no se impuso una ideología sobre otra; se impuso la normalidad y también se impuso la realidad. Los catalanes no viven pendientes de «volverlo a hacer», ni de que nadie regrese de su huida de la justicia. Ayer, en Cataluña, venció la normalidad. ¿O es que no es normal que la gente celebre la victoria de su país? Lo anormal es pitar al himno, quemar banderas o desear la victoria del adversario... Y la realidad es que la normalidad absoluta, en Cataluña, solo se alcanzará cuando el mismo sentimiento que ayer se vivió en las calles traspase el umbral de los edificios públicos y se instale en las instituciones.