Imagen de unas personas tomada durante la ola de calor en Valencia
Cataluña
El día que Barcelona alcance los 50 grados
La ciudad empieza a ensayar este escenario para comprobar si seguirá funcionando cuando el termómetro lleve al límite hospitales, transporte, electricidad o telecomunicaciones
Son las tres de la tarde de un mes de julio. El termómetro marca 49 grados. En la calle apenas queda gente. Los refugios climáticos están llenos y las ambulancias encadenan avisos por golpes de calor. El consumo eléctrico se dispara por el uso masivo del aire acondicionado y cualquier incidencia puede dejar sin climatización una residencia de ancianos o un hospital. En el metro se reducen velocidades para proteger las infraestructuras y los servicios sociales multiplican las visitas a personas mayores que viven solas.
No es una escena de una película ni un ejercicio de ficción. Es el escenario que Barcelona ha decidido empezar a estudiar antes de que ocurra. La pregunta ya no es si algún día la ciudad rozará temperaturas que hoy parecen impensables. La pregunta es otra: ¿está preparada Barcelona para seguir funcionando si eso sucede?
Con esa idea como punto de partida, el Ayuntamiento ha puesto en marcha un proyecto inédito que pretende someter la ciudad a un ensayo general frente al calor extremo. Durante los próximos dos años reunirá a meteorólogos, responsables de emergencias, hospitales, operadores eléctricos, compañías de agua, transportes, telecomunicaciones, servicios sociales, escuelas y entidades vecinales para poner a prueba la capacidad de respuesta de una gran capital mediterránea frente a una crisis climática sin precedentes.
Mucho más que una ola de calor
Hablar de 50 grados puede parecer exagerado. Sin embargo, hace apenas dos décadas también lo parecía imaginar una Barcelona superando con frecuencia los 40 ºC. Los datos muestran hasta qué punto ha cambiado el clima. Cuatro de las cinco temperaturas más altas registradas en la ciudad desde que existen mediciones se han alcanzado en los últimos años.
El Servicio Meteorológico de Cataluña advierte de que superar los 40 grados será cada vez más habitual en el litoral y algunos modelos climáticos sitúan episodios próximos a los 50 ºC hacia finales de siglo. Nadie puede asegurar cuándo ocurrirá. Pero la ciudad ha decidido que esperar a comprobarlo no es una estrategia.
El proyecto parte de una idea sencilla: el verdadero problema no son los 50 grados, sino lo que ocurre alrededor de ellos. Una ciudad funciona como un mecanismo de precisión. Si el consumo eléctrico bate récords, la red trabaja al límite. Si se produce una avería, hospitales, residencias o centros sanitarios pueden perder capacidad de refrigeración. Si aumentan los golpes de calor, las urgencias reciben más pacientes. Si el transporte registra incidencias, también se resiente la capacidad de respuesta de los servicios esenciales.
Los expertos lo denominan efecto en cascada: un fallo aparentemente aislado termina afectando a otros servicios hasta comprometer el funcionamiento del conjunto de la ciudad. Es precisamente esa reacción en cadena la que Barcelona quiere identificar antes de que una emergencia obligue a improvisar.
La iniciativa no se limitará a redactar informes. Durante el otoño comenzarán talleres de trabajo con todos los sectores implicados para detectar vulnerabilidades e interdependencias. Después llegará un simulacro institucional en el que responsables públicos deberán tomar decisiones como si la ciudad estuviera atravesando una ola de calor extrema. El proceso culminará con un gran ejercicio operativo sobre el terreno, previsto para 2027, que permitirá comprobar cómo responderían los distintos servicios ante una situación real.
Además, el proyecto incorporará herramientas de simulación digital para analizar cómo afectaría una incidencia en una infraestructura crítica al resto del sistema urbano. La intención es descubrir dónde están los puntos débiles antes de que el clima lo haga por sorpresa.
Barcelona no parte de cero
En los últimos años ha multiplicado los refugios climáticos, ha creado nuevas zonas de sombra, ha incorporado juegos de agua en el espacio público y trabaja para mejorar el confort térmico de escuelas y equipamientos. Son medidas pensadas para responder al calor que ya existe.
El nuevo proyecto cambia la perspectiva. La cuestión deja de ser cómo refrescar una plaza o proteger a la población vulnerable durante una ola de calor. Ahora el objetivo es averiguar cómo respondería una metrópoli de más de un millón y medio de habitantes si las temperaturas alcanzaran niveles nunca vistos.
No es casualidad que Barcelona se haya sumado a iniciativas internacionales como Cool Cities, impulsada por la red C40, o al programa 50 Cities to 50 promovido por Naciones Unidas. Las grandes ciudades mediterráneas comparten una misma preocupación: adaptarse a un clima que evoluciona más deprisa que las infraestructuras diseñadas para soportarlo.
Durante décadas Barcelona planificó cómo crecer, cómo ganar espacio al coche o cómo transformar su frente marítimo. Ahora intenta planificar algo mucho más incierto: el comportamiento de una ciudad sometida a un clima que todavía no existe.
Puede que los 50 grados nunca lleguen. O que lo hagan dentro de muchas décadas. Pero si algún día el termómetro alcanza esa cifra, el éxito de la respuesta no dependerá únicamente de la meteorología. Dependerá, sobre todo, de las decisiones que se hayan tomado mucho antes.