Nueve de la Fama
La obsesión por un trapo de pared para salvar la legitimidad de una dinastía
En 1351, Pedro IV compró un tapiz de los Nueve de la Fama, modelo caballeresco que en España terminó adaptándose localmente
En el otoño de 1351, un mensajero cruzaba las puertas del Palacio de la Aljafería de Zaragoza portando un tesoro de hilos y lana. El rey Pedro IV, conocido como el Ceremonioso por su obsesiva fijación con el protocolo, la heráldica y la legitimidad dinástica, acababa de autorizar un desembolso astronómico de cincuenta florines de oro, que serían unos 60.000 euros actuales, para adquirir una pieza singular.
Se trataba de un drap de paret (trapo de pared). Un tapiz de gran formato que representaba la llamada Istoria Novem Militum. Aquella compra no era el capricho de un monarca obsesionado con el lujo, sino el reflejo de una profunda necesidad humana e intelectual. En un siglo, el XIV, marcado por las devastaciones de la peste negra, las crisis de autoridad y las transformaciones de la guerra feudal, las cortes europeas buscaban asideros éticos y estéticos que dieran sentido a una nobleza en transición. Pedro el Ceremonioso intuyó que en aquellos hilos se tejía el arquetipo definitivo de la virtud caballeresca.
La fascinación de Pedro IV por el motivo de los Nueve de la Fama pronto reveló una faceta humana que las crónicas de la época rara vez cuentan de manera explícita, pero que la correspondencia diplomática nos deja al descubierto. En el verano de 1356, cinco años después de la compra del tapiz, el monarca redactó una carta dirigida al tesorero de la Catedral de Gerona que nos describe una sincera debilidad intelectual.
El rey contemplaba las figuras imponentes de Héctor de Troya, Alejandro Magno, Julio César, Josué, David, Judas Macabeo, el rey Arturo, Carlomagno y Godofredo de Bouillón, pero se dio cuenta de que, más allá de la rutilante belleza de sus armaduras y estandartes, apenas conocía los detalles de sus vidas. Con una mezcla de urgencia cultural y humildad intelectual, instó al clérigo a buscar en las bibliotecas catedralicias crónicas, libros y cualquier información disponible sobre quiénes eran exactamente aquellos caballeros y qué hazañas específicas los habían hecho merecedores de tal distinción.
Para comprender la trascendencia de esta búsqueda real, es preciso remontarse a los orígenes mismos de esta singular nómina de héroes. En 1312, el poeta lorenés Jacques de Longuyon, en su poema épico Les Voeux du Paon (Los votos del pavo real), decidió pausar el fragor de una batalla mítica ante las puertas de Éfeso para ponderar la audacia del guerrero Porrus frente a Alejandro Magno. En un ataque de inspiración lírica y retórica, Longuyon argumentó que la valentía de su personaje solo podía compararse con la de los mayores paladines de la historia de la humanidad, estructurándolos en una simétrica y perfecta tríada que dividía la historia universal en tres eras providenciales.
El poeta consagró a tres héroes paganos, Héctor, Alejandro y César, representantes de la grandeza de la Antigüedad clásica; tres héroes judíos del Antiguo Testamento, Josué, David y Judas Macabeo, símbolos de la lucha armada por la fe divina; y tres héroes cristianos, el rey Arturo, Carlomagno y Godofredo de Bouillón, cúspide de la caballería que defendía la cristiandad frente al infiel. Esta división ternaria no solo estructuraba el tiempo histórico, sino que ofrecía un canon ecuménico y atemporal en el que cualquier noble de la época podía mirarse como en un espejo de perfección moral.
La adopción de este motivo por parte del Ceremonioso demuestra la rapidez con la que las corrientes culturales del norte de Europa penetraban en la Corona de Aragón, un territorio que funcionaba entre el gótico caballeresco francés y las realidades mediterráneas. A medida que la Historia Novem Militum se asentaba en la península ibérica, comenzó a sufrir un fascinante proceso de traducción cultural y adaptación ideológica.
Un ejemplo lo encontramos en la crónica biográfica de Pero Niño, conocida como El Victorial, escrita por su alférez Gutiérrez Díaz de Games. La rigurosa estructura ideada por Jacques de Longuyon y atesorada por Pedro el Ceremonioso se desvanece para dar paso a una reformulación de los Nueve de la Fama adaptada a las urgencias de la Reconquista y a la mentalidad fronteriza del ámbito hispánico.
En El Victorial, el autor altera la nómina canónica de los héroes europeos para introducir figuras ligadas a la épica y la espiritualidad peninsular, en un esfuerzo por nacionalizar la virtud militar y conectarla con la providencia divina local. Aunque mantiene la fe combativa de figuras bíblicas como Josué contra los filisteos, la valentía de David frente al gigante Goliat, o el fervor de Judas Macabeo, que arengaba a sus pocos hombres recordando que la victoria no depende de la superioridad numérica sino de tener a Dios de su parte, el texto castellano desplaza el foco europeo.
El rey Arturo o Godofredo de Bouillón ceden su protagonismo a héroes más cercanos al corazón y a la tierra de sus lectores, como el conde Fernán González, Ruy Díaz de Vivar «el Cid» y el rey Fernando III «el Santo». Al equiparar a los grandes conquistadores y héroes universales de la Antigüedad con los guerreros que forjaron los reinos cristianos frente al Islam, la literatura no solo democratizaba el ideal caballeresco, sino que lo dotaba de un propósito sagrado e inmediato.
Mientras el Ceremonioso buscaba en Gerona el saber enciclopédico para descifrar un código de prestigio global que consolidara su autoridad dinástica ante las demás cortes europeas, los cronistas posteriores utilizaron esas mismas figuras como moldes maleables en los que verter las virtudes domésticas de sus propios señores.
La Istoria Novem Militum no era un simple catálogo de nombres del pasado, sino una guía moral que recordaba a los hombres de armas que la violencia del combate terrenal solo era legítima si se supeditaba a un ideal de justicia, fe y templanza. Aquellos Nueve Hombres de Fama también se utilizaron, en el imaginario catalán, para crear la leyenda de los Nueve Barones de la Fama que, junto a Otger Cataló, le dieron nombre a Cataluña y sus linajes nobles durante la Reconquista.