Orlando Furioso

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La teoría nacionalista que atribuye un origen catalán al Orlando Furioso de Ariosto

La obra renacentista de Aristo sobre la locura de Orlando furioso es objeto del deseo de las teorías nacionalistas catalanas

La publicación definitiva de Orlando furioso en 1532 se convirtió en uno de los hitos literarios del Renacimiento literario. Su autor, Ludovico Ariosto, consolidó con esta obra una tradición caballeresca a través de una rigurosa estructura métrica de casi cuarenta mil versos organizados en octavas reales. Ariosto, funcionario de carrera y diplomático en la corte de la Casa del Este en Ferrara, sometió a una revisión obsesiva su obra durante décadas hasta que finalmente le dio el visto bueno.

Esta epopeya caballeresca rescata el mito medieval de Roldán, el famoso paladín de Carlomagno que siglos atrás había protagonizado la Chanson de Roland. Ariosto se basó en una obra inacabada de Matteo Maria Boiardo, Orlando enamorado, publicada en 1495, y decidió llevarla hasta las últimas consecuencias.

Si el mito carolingio nos hablaba de un soldado ejemplar que moría defendiendo la fe cristiana frente a los sarracenos en los Pirineos, Ariosto prefirió desarmar al héroe de cualquier misticismo y hacerlo sucumbir después del rechazo de una mujer. Sobre esta obra se inspiraron Vivaldi, Haendel y Lully para componer óperas y, en 1928, Virginia Woolf publicó su Orlando.

La trama principal de este monumental poema describe la absoluta debacle mental del guerrero más formidable de la cristiandad. En mitad de una guerra decisiva para el destino de Europa, Orlando olvida por completo sus obligaciones marciales, sus juramentos feudales y su honor de caballero para arrojarse a una persecución desesperada por Angélica, una princesa pagana dotada de una belleza tan deslumbrante como su desdén por el protagonista.

Cuando Orlando descubre que el corazón de la dama pertenece a un humilde soldado enemigo llamado Medoro, el dolor fractura su psique. Desnudo, furioso, arrancando árboles de raíz y arrasando campos a su paso, el gran paladín se transforma en una bestia salvaje desprovista de cualquier atisbo de razón.

Es en esta deriva fantástica donde el genio de Ariosto despliega un universo donde conviven hipogrifos, orcas marinas, islas encantadas y magos caprichosos. La cumbre del absurdo humanista llega cuando Astolfo, fiel compañero de armas de Orlando, asume la misión de rescatar la cordura del héroe. Para ello debe montar un hipogrifo y viajar nada menos que a la Luna, descrita por el autor como un colosal almacén donde va a parar todo lo que los seres humanos perdemos en la Tierra. Esto es: las lágrimas de los amantes, las promesas de los políticos, el tiempo desperdiciado y el juicio. Envasado en un frasco etiquetado con su nombre, reposa el sentido común del protagonista, listo para ser inhalado y devolver al guerrero a la cruda realidad de la guerra.

El destino del desdichado paladín parece haber tomado en los últimos tiempos un rumbo todavía más grotesco que su histórico viaje lunar. Si Ariosto demostró una imaginación desbordante al enviar a Astolfo al satélite terrestre en busca de un frasco de cordura, los entusiastas de la historiografía alternativa del Institut Nova Història han decidido superarle en audacia inventiva. A través de análisis que harían palidecer al mismísimo mago Atlante, estos nos descubren que la verdadera patria del Orlando furioso no son las fértiles llanuras de la Emilia-Romaña ni los salones cortesanos de Ferrara, sino los mismísimos condados catalanes. Orlando era catalán. ¿Cómo llegan a esta conclusión?

La obra cumbre del Renacimiento italiano es, en realidad, un monumento de la literatura catalana que fue, de manera astuta, traducido por la cultura itálica en una suerte de conspiración geopolítica de proporciones colosales. No deja de ser la misma tesis que vincula El Quijote, El Cantar del Mío Cid u otras obras a la lengua catalana.

Bajo esta óptica, Ludovico Ariosto, quien pasó su vida creyendo que escribía en el romance de su tierra y puliendo su lengua siguiendo los cánones toscanos de Pietro Bembo, se convierte en una pieza más del engranaje manipulador de una Florencia y una Italia ávidas de inventarse un pasado glorioso a costa del genio ajeno.

Es fascinante comprobar cómo la acumulación de mentes brillantes en la península itálica durante el Cinquecento deja de ser un florecimiento cultural explicable por el mecenazgo económico para transformarse en una sospechosa conspiración destinada a ocultar que Dante, Petrarca o San Francisco de Asís disfrutaban de un buen pan con tomate con fuet antes de dictar sus obras. Ironías aparte, según el Institut Nova Història, todos ellos escribían en catalán.

Para sostener que el poema es de origen catalán, recurren a una pirueta etimológica que transforma al protagonista en un hipotético Roland Furius, sugiriendo que las andanzas del caballero carolingio cobran un sentido mucho más profundo si se leen con acento de la marca hispánica. Al fin y al cabo, si el Roldán histórico exhaló su último suspiro en el paso pirenaico de Roncesvalles, ¿qué territorio tiene más derecho a reclamar su origen? ¿Pues aquel que custodia los Pirineos?

El hecho de que Ariosto dedicase su obra al cardenal Hipólito de Este y pasase años buscando el favor de los duques de Ferrara no deja de ser un despiste biográfico o, mejor aún, un sofisticado nombre en clave para algún noble de la corona aragonesa cuyo verdadero rastro fue borrado por los censores del Vaticano.

Resulta poético que una obra nacida para satirizar los excesos de los libros de caballerías y las fantasías desmedidas de la Baja Edad Media acabe convertida en el objeto de deseo de una cierta mitología caballeresca nacionalista. Ariosto concebía el juicio como algo volátil, un líquido etéreo que se escapa entre los dedos ante el menor embate de la pasión.

Seguro que Ariosto sonreiría desde su tumba al ver que el frasco de la Luna sigue acumulando disparates. Vincular el gran poema italiano con los orígenes de la patria catalana o el mito de la senyera es un quiebro que ni el hipogrifo vio venir. Cuando se trata de buscar orígenes épicos, la imaginación política resulta tan desatada y furiosa como Orlando fuera de sí.

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