Una mujer embarazada

Una mujer embarazadaGetty Images/iStockphoto

La maternidad real como arma de Estado en las Cuatro Grandes Crónicas de la Corona de Aragón

Las Grandes Crónicas catalanas muestran cómo las reinas consortes ejercieron un poder clave en la legitimidad, diplomacia y continuidad dinástica

Las conocidas como Quatre Grans Cròniques (Cuatro Grandes Crónicas), las obras de Jaime I, Bernat Desclot, Ramón Muntaner y Pedro el Ceremonioso, no fueron meros registros cronológicos. Redactadas en catalán, la lengua vulgar de la cancillería, estas crónicas buscaban moldear el presente y asegurar el futuro de una dinastía. Y es en ese ejercicio de memoria interesada cuando la figura de la reina consorte emerge no como un adorno cortesano, sino como una pieza vital para la legitimidad, la diplomacia y el ejercicio del poder.

La construcción de esta reginalidad se edifica a partir de la tensión entre el ideal arquetípico y la realidad política. El relato más íntimo y descarnado de esta dualidad lo ofrece el Llibre dels feits de Jaime I. Al dictar sus memorias no solo esculpió su propia leyenda, sino que ajustó cuentas con el pasado familiar. La maternidad de su madre, María de Montpellier, se eleva a la categoría de acto de Estado.

Descrita como sabia y bondadosa, María aparece como la verdadera salvadora de la dinastía frente a un esposo, Pedro el Católico, definido por su hijo como un hombre de mujeres, dominado por la pasión y desentendido de su deber sucesorio. La concepción de Jaime, presentada como una conjura sagrada donde la reina astutamente asegura la consumación legítima, prefigura el papel de la consorte como guardiana del linaje, una mujer que antepone la supervivencia de los reinos a sus agravios personales.

En el relato del monarca Leonor de Castilla encarna la frustración y la falta de sintonía. El rey recuerda con amargura el cautiverio que ambos sufrieron en la Aljafería de Zaragoza cuando apenas era un adolescente de quince años. En un pasaje lleno de viveza humana narra cómo intentó descolgar a la reina con cuerdas y una tabla por un ventanal para ponerla a salvo. Un plan que ella rechazó con firmeza por desconfianza y temor.

Al negarse a colaborar en la huida Leonor se convierte a ojos del rey en un obstáculo. Una fuente de debilidad en lugar de fortaleza. Esta ausencia de armonía conyugal acabará sellando el destino de Leonor. Tras el divorcio su nombre y su recuerdo son prácticamente borrados de la crónica. Un destino compartido por todas aquellas cuya descendencia no llegó a sentarse en el trono. Para el cronista real la maternidad sin continuidad dinástica no merecía ser recordada.

La antítesis de este desencuentro es Violante de Hungría, la segunda esposa de Jaime I. En ella se personifica la perfecta colaboradora, la consejera de confianza en un entorno cortesano donde el rey sospechaba de todos. Durante la compleja capitulación de Valencia, una empresa que los nobles preferían resolver por la fuerza para obtener botín, Jaime busca el consejo íntimo de Violante.

Los emisarios musulmanes celebran su intervención, reconociendo en la reina una interlocutora legítima y discreta. Es Violante quien aconseja aceptar el pacto para asegurar la ciudad sin arriesgar la victoria. Ella también es la mediadora incansable, la mujer que interviene con lágrimas para aplacar el temperamento belicoso de su esposo en sus tensos encuentros con Alfonso de Castilla. Su piedad y su capacidad de pacificación suavizan la rudeza del monarca.

En Libre del Rey en Pere d'Aragó e dels seus antecessors passats de Bernat Desclot lo femenino adquiere un matiz diferente, más relacional y dinástico. En su crónica, el anonimato suele sepultar a las mujeres que no ostentan la condición de madres de reyes. La identidad femenina se nombra como hijas de o esposas de, a menos que hayan cumplido con la gesta biológica de dar un heredero al trono. Existe una excepción en su relato. La beata Constanza II de Sicilia, esposa de Pedro el Grande, es representada como la legítima heredera del reino de Sicilia.

Desclot nos descubre a una mujer de acción que asume funciones militares y administrativas que prefiguran las grandes lugartenencias del siglo XIV. Constanza coordina la defensa marítima de Messina, arma galeras con catalanes y almogávares, y gestiona la entrega de castillos calabreses enviando trigo para mitigar el hambre de los vencidos. La escena en la que el almirante Roger de Lauria se arrodilla ante ella para besar su mano mientras la reina llora conmovida, no es un simple cuadro de sentimentalismo cortesano. Es la plasmación de un pacto de lealtad feudal donde la figura femenina asume la cúspide de la autoridad política en ausencia del monarca.

La visión más generosa y coral de la mujeres de la familia real nos lo ofrece Ramón Muntaner en su Crónica. Para este las reinas son el espejo absoluto de las virtudes cardinales y teologales. Muntaner sublima la belleza exterior como reflejo de la pureza de sus almas y otorga al honor femenino un peso histórico sin igual, llegando a justificar el estallido de la guerra de Sicilia en un conflicto de protocolo y orgullo herido entre la duquesa de Anjou y la reina de Francia.

Es en el retrato de Blanca de Anjou donde Muntaner deposita toda su devoción caballeresca. Blanca, esposa de Jaime II, es descrita como la santa reina de la santa paz, la personificación física de la concordia de Anagni que puso fin a décadas de guerra. Su figura trasciende la mera alianza matrimonial para convertirse en un bálsamo social, un símbolo de estabilidad y prosperidad para un territorio exhausto por los conflictos bélicos.

El reverso de esta idealización la encontramos en la Crónica de Pedro el Ceremonioso, donde la reginalidad se tiñe de sombras políticas. Aquí la gran protagonista no es una de sus cuatro esposas sino su madrastra, Leonor de Castilla. Esta es retratada como una mujer ambiciosa, manipuladora y mal aconsejada. Con todo el Ceremonioso no puede evitar reconocer la administración política de las mujeres de su estirpe. Recuerda con agradecimiento cómo su madre, Teresa de Entenza, y la anciana reina viuda Elisenda de Montcada unieron sus fuerzas e influencias para presionar al rey Jaime II y asegurarle ser heredero.

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