El presidente de Junts per Catalunya, Carles Puigdemont, ofrece declaraciones a los medios, a 24 de enero de 2026, en Perpiñán (Francia)

El presidente de Junts per Catalunya, Carles Puigdemont, ofrece declaraciones a los medios, a 24 de enero de 2026, en Perpiñán (Francia)EUROPA PRESS

El ocaso de Puigdemont dos años después de su segunda fuga

Los agentes encausados en su defensa han alegado que el dispositivo policial estaba organizado para proteger al expresidente y no para evitar su fuga

A las puertas del segundo aniversario de la tocata y fuga de Puigdemont, un 8 de agosto de 2024, de las cercanías del parlamento catalán, coincidiendo con el pleno que invistió presidente al socialista Salvador Illa, se ha sabido que el juzgado de instrucción 24 de Barcelona ha procesado a tres agentes de los Mossos de Escuadra por facilitar la fuga del prófugo expresidente de la Generalitat.

Los agentes encausados en su defensa han alegado que el dispositivo policial estaba organizado para proteger al expresidente y no para evitar su fuga. La realidad es que Puigdemont se ha convertido en un maestro del escapismo. Primero desapareció para aterrizar en Bélgica un 28 de octubre de 2017, un día después de proclamar unilateralmente la independencia, y luego repitió la operación hace dos años. Ambos casos tienen en común que muchos de sus más leales seguidores fueron engañados y en ninguna de las dos ocasiones sabían que Puigdemont huiría y dieron la cara por él, quedando en evidencia.

Puigdemont ha prometido dos veces a su electorado volver a España. La primera vez fue durante la campaña electoral de las elecciones de diciembre de 2017, el líder de Junts afirmó que si ganaba volvería para tomar posesión del cargo, pero finalmente no cumplió su palabra y el investido fue Quim Torra.

Algo más de seis años más tarde, cuando se convocaron las elecciones autonómicas de 2024, repitió su promesa de regresar a España para participar en la investidura, pero en este caso entró de incógnito en la península y, con la presunta colaboración de los tres Mossos, ahora procesados, y con la evidente dejación de funciones de las autoridades locales, autonómicas y nacionales, le permitieron entrar y salir a pesar de la orden de detención que pesaba sobre él, Puigdemont volvió a irse.

Tras nueve años huido de la justicia y dos años después de su última performance, el aura mítica de Puigdemont, su intento de convertirse en una especie de Masud del independentismo catalán, ha ido a menos y lo vivido por Puigdemont en las calles de Barcelona en agosto de hace dos años, sin masas para recibirle, es un reflejo de su pérdida de liderazgo político y de declive electoral.

En las elecciones generales de 2023, Junts perdió un escaño al Congreso y 35.000 votos. En las autonómicas del año siguiente, Junts pasó de estar a un diputado de la victoria a quedarse a siete de distancia del PSC. Las elecciones europeas en las que Junts retrocedió de 3 a 1 escaño fueron otro varapalo. Ahora las encuestas apuntan a que, tanto en las próximas municipales como en las generales y autonómicas previstas para 2027 y 2028 respectivamente, Junts va a perder gran parte de su electorado en beneficio, en gran medida, de Aliança Catalana, pero también de otras fuerzas políticas.

Es más que posible que Puigdemont, tras el fallo del Tribunal Constitucional el 22 de septiembre y la posterior toma de posición del Tribunal Supremo, pueda volver a España, pero ni él ni su partido tienen claro cuál será su futuro. Nadie ve a Puigdemont ocupando su escaño en el parlamento autonómico para ejercer de líder de la oposición a Illa por lo que queda de legislatura, y los candidatos locales de Junts no muestran mucho entusiasmo con la participación de Puigdemont en su campaña. En ciudades clave, como Barcelona, donde Junts ganó las últimas municipales y ahora las encuestas apuntan a la pérdida de hasta siete concejales, Puigdemont no ha sido capaz de imponer su candidato, demostrando así una desconexión creciente de las bases de su partido.

Si los deseos expresados por Sánchez e Illa de que Puigdemont hubiera regresado de inmediato a España a continuación de la resolución del TJUE sobre la ley de amnistía se hubieran materializado, Puigdemont habría llegado a una Cataluña en plena efervescencia patriótica, celebrando la victoria de España en el Mundial de fútbol.

Hace dos años Puigdemont comprobó que ya no levanta pasiones, que la gente que fue a apoyarle a las puertas del Parlament y a la que usó como escudo humano para huir no es la masa que él esperaba y que la realidad no es la que los visitantes a su chalé de Waterloo le dibujan.

Para Puigdemont, volver puede ser un trago muy amargo. Su llegada en plena precampaña de las elecciones municipales, a las puertas de una previsible hecatombe electoral sería un colofón negro a casi un década de huida de la justicia.

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