Una estatua de Cristóbal Colón en Washington
El delirio nacionalista
Una teoría que defiende que Cristóbal Colón era catalán se refiere en realidad a un noble muerto 15 años antes
La pseudohistoria nacionalista lleva años asegurando que Joan Colom descubrió América
Existe una vieja tentación en el estudio del pasado que consiste en tergiversar los documentos para que digan lo que queremos que digan. Cuando la investigación histórica deja de rastrear los hechos y la verdad, convirtiéndose en la búsqueda de una irrealidad, el resultado suele ser un refrito donde la verdad se esconde y la fantasía se impone.
Así ocurre en el intento del nacionalismo catalán por transformar al noble barcelonés Joan Colom i Bertran en el almirante Cristóbal Colón. Esta hipótesis empezó a fraguarse en 1927 por autores como el historiador peruano Lluís Ulloa, el abogado Enric Mitjana de Las Doblas Alegrín, el historiador Pere Català Roca, o Jordi Bilbeny y el Institut Nova Història (INH). También debemos incluir al abogado Lluís Matamala. Su tesis merece ser analizada no solo por su falta de rigor, sino por resucitar a los muertos.
Joan Colom i Bertran nació en Barcelona hacia el 1419. Fue un aristócrata que combatió en la Guerra Civil Catalana, o de los Remensas, en el bando contrario a Juan II y ejerció como embajador de la Diputación del General en el Empordà. Lejos de ser ese prófugo romántico, corsario atlántico y perseguido sin tregua que imaginaron algunos, Colom mantuvo una vida política y civil vinculada a las instituciones catalanas.
Entre 1473 a 1475 se sabe que vivía en Barcelona otorgando poderes ante notario y participando con total normalidad en las Corts Catalanes convocadas por el rey Juan II, en las que llegó a intervenir en nombre del monarca. No lo condenaron a exiliarse ni se sabe que fuera ajusticiado. Colom se integró y obedeció a Juan II aunque hubiera luchado contra él.
Joan Colom murió en 1477. Desde ese año, y de forma reiterada en 1484 y 1487, las escribanías barcelonesas estampan junto a su nombre la palabra latina quondam. En documentos o genealogías antiguas, especialmente en italiano o latín, solía colocarse delante del nombre de una persona fallecida o antecesora para indicar «que en vida fue» o «el difunto».
No significaba, como sostienen algunos «muerte civil». Quondam refleja la muerte biológica de una persona. Pretender que, 15 años después, navegaba al frente de la carabela Santa María requiere aceptar que el descubrimiento de América fue capitaneado por un catalán errante.
Una tesis absurda
Es aquí donde la tesis del abogado Lluís Matamala, como escribió Mark Twain, alcanza las más altas cotas del absurdo. Ante la evidencia de su fallecimiento en 1477, la estrategia consiste en inventar una figura jurídica inexistente y sostener que el notario usó quondam para certificar una «muerte civil por exilio».
Para confirmarlo se esgrimen dos documentos posteriores. Una sentencia del Infante Enrique de Aragón de 1488 y un testamento de Caterina de Gualbes i Colom de 1490. Como en esos pasajes se menciona a Joan Colom sin adjuntarle en ese momento el adjetivo de quondam, Matamala concluye que el noble estaba vivo y disfrutaba del vigor biológico suficiente como para viajar al Nuevo Mundo.
Cristóbal Colón tomando posesión del Nuevo Mundo
Cualquiera que haya hojeado un protocolo notarial del siglo XV sabe que la omisión notarial en citas indirectas es una constante de la redacción gótica, no una fe de vida. Ni en la sentencia de 1488 ni en el testamento de 1490 interviene Joan Colom, ni nadie espera que lo haga.
En el primer texto su nombre es una mera referencia genealógica para situar la cadena sucesoria entre su padre Jaume, él mismo y su hijo Jaume, todos ellos herederos del patriarca Guillem Colom. En el testamento de 1490, su sobrina Caterina lo nombra únicamente para especificar cómo se repartirán los bienes maternos una vez fallezca el usufructuario Gabriel Samsó.
Convertir la mención técnica de un antepasado difunto en la prueba de que un marino de 73 años estaba ajustando las velas en el puerto de Palos, sinceramente, es un ejercicio de prestidigitación que sonrojaría a cualquier estudiante de primer curso de Historia.
Una omisión desconcertante
A esta fabulación notarial hay que añadir una omisión todavía más desconcertante. No existe un solo papel, un solo legajo, ni una sola mención en los archivos de la época que vincule a Joan Colom i Bertran con la marinería, la cartografía o la navegación de alta mar. Fue un hombre de leyes, de embajadas y de estamento militar terrestre. Transformarlo en un marinero audaz, dominador de los vientos del Atlántico, exige atribuirle unas virtudes que nunca experimentó. Y más hacernos creer que ese hombre descubrió el Nuevo Mundo.
Desde 1927 se ha estructurado una falsedad y esta ha legado a las cotas más altas gracias al INH y Matamala. Creernos lo que nos explican es igual que afirmar, sin documentos que lo atestigüen, que los Reyes Católicos, la cancillería de la Corona de Aragón, los cronistas italianos, los diplomáticos europeos y el hijo del almirante Hernando Colón, empeñado en pleitear hasta el último maravedí contra la Corona, se confabularon para inventar un origen genovés y ocultar que el descubridor del Nuevo Mundo era un noble barcelonés.
Todos estos personajes guardaron ese secreto y murieron sin explicar la verdad, esperando que cinco siglos después un grupo de visionarios descubriera la trama examinando una cláusula de usufructo. Todo ello es esperpéntico.
Joan Colom i Bertran fue un personaje noble y respetable dentro de las complejidades políticas y sociales de la Cataluña del siglo XV. Inventarle una nueva vida de marino, después de muerto, solo se entiende por el afán de estos pseudohistoriadores del INH que desean adjudicar a Cataluña hitos que nunca ocurrieron.
Es más, nos debemos preguntar: ¿por qué Cristóbal Colón ha de ser Joan Colom? ¿Qué necesidad hay en relacionarlo con alguien muerto antes del descubrimiento del Nuevo Mundo? ¿por qué Colón ha de ser catalán? Ni el uno ni el otro se necesitan para pasar a los anales de la historia. La respuesta a estas preguntas las contestó Josep Pla cuando escribió que «el sentimiento de inferioridad de los catalanes es la causa de algunas de nuestras cosas más grotescas: la tendencia al victimismo y la propensión al orgullo indiscreto y tonto».