Cana
La cana de piedra esculpida en la pared que evitaba los fraudes en la Barcelona medieval
La cana barcelonesa, patrón oficial de piedra en Santa Llúcia, regulaba con extrema precisión el comercio medieval evitando fraudes
Si uno camina por el cruce de las calles del Bisbe con la Plaza de Santa Llúcia, adosado en la iglesia de esta santa, hay una señal que aparece imperceptible para la mayoría de los cientos de transeúntes que, cada día, pasan por delante. Y es que esa esquina tiene una estructura diferente a otras. Este elemento se conoce como cana barcelonesa y sirvió durante muchos años como herramienta de medición.
La cana barcelonesa era el patrón público, la unidad de longitud, con la que se compraban los paños que llegaban de Flandes o Génova. Fue el Consejo de Ciento quien decidió instalarla en un lugar público para que allí se comprobaran las varas de madera que portaban los mercaderes. Si un comprador sospechaba que un comerciante le había vendido menos tejido del acordado, acudía a esa pared, introducía el listón de madera en la guía tallada en la piedra y resolvía la disputa de forma inapelable.
La cana barcelonesa era la adaptación local de la canna, una medida de origen románico extendida por la Europa mediterránea, desde Languedoc y la Provenza hasta Sicilia y los reinos de la Corona de Aragón. Su nombre remite directamente a las cañas vegetales que se cortaban para usarlas como reglas de campo, pero en Barcelona el instrumento adquirió un rigor institucional extremo.
La unidad métrica de la cana barcelonesa quedó fijada en 1,555 metros. Se estructuraba en una escala duodecimal muy precisa. Equivalía a 8 palmos de 19,43 centímetros cada uno, a 6 pies de 25,91 centímetros, o a 2 pasos. El palmo se subdividía en 4 cuartos o 12 dedos. Para la medición de fincas rurales y terrenos edificables se recurría a la cana destra, que ascendía a 12 palmos, 2,33 metros, mientras que para calcular superficies la unidad fundamental era la cana cuadrada, equivalente a 2,418 metros cuadrados.
Mientras que la Corona de Aragón utilizaba variantes de la cana y la vara, la Corona de Castilla basaba todo su sistema en la vara castellana, empleando ambas unidades para medir telas y distancias cortas. Dentro de la Corona de Aragón destacan la cana de Tortosa (1,587 m); la vara de Valencia/Castellón (0,906 m), equivalente a media cana valenciana o 0,58 canes de Barcelona; y la vara de Aragón (0,772 m), que correspondía exactamente a la mitad de una cana (0,49 canes). Por su parte la vara de Burgos o castellana (0,836 m) se situaba en una proporción tal que una sola cana barcelonesa equivalía casi a dos de estas varas castellanas.
En el resto Europa las unidades de referencia para medir tejidos comerciales mostraban una enorme variación longitudinal según la región. En el sur de Francia y Occitania la canne alcanzaba los 1,99 metros en Montpellier y 1,78 metros en Carcasona, mientras que en Francia convivía la toise parisina de 1,949 metros para la construcción con el aune de 1,18 metros para el comercio textil. En Italia se usaba la canna por el intenso comercio marítimo con Barcelona, destacando la de Nápoles con unos 2,10 metros, al tiempo que en Inglaterra se consolidó la yarda anglosajona fijada en 0,914 metros.
Lo que otorgaba un carácter singular a la cana barcelonesa era su valor regulador en el comercio marítimo. Durante el esplendor Bajomedieval, con el Consulado de Mar dictando el comercio en las rutas del Mediterráneo, la estabilidad de las medidas de la ciudad era un asunto de Estado. Mientras que en las zonas rurales o en otras poblaciones catalanas la cana sufría oscilaciones, en Barcelona el patrón municipal era inalterable. El Consejo de Ciento vigilaba mediante los inspeccionadores de pesas y medidas, conocidos como mostassafs, que ningún vendedor utilizara una caña alterada. Utilizar una cana más corta para la venta o una más larga para el cobro de diezmos constituía un delito castigado con severas multas y la inhabilitación del gremio.
La coexistencia de la cana con otras unidades peninsulares y europeas exigía a los mercaderes una notable agilidad matemática. Al intercambiar mercancías con el Reino de Castilla era necesario convertir canas a varas castellanas, teniendo en cuenta que dos varas no equivalían exactamente a una cana. En las operaciones con la Corona de Castilla la relación habitual marcaba que 100 canas barcelonesas equivalían aproximadamente a 186 varas de Burgos. Esta variedad de equivalencias exigía la edición constante de compendios aritméticos y tablas de conversión, redactadas por eruditos locales para facilitar la contabilidad en las tablas de cambio.
El declive de la cana barcelonesa comenzó en el siglo XIX. La necesidad de crear un mercado nacional unificado y de facilitar el comercio internacional empujó a la adopción del sistema métrico decimal, legalizado en España mediante la Real Ley de 19 de julio de 1849 bajo el reinado de Isabel II. La norma imponía el metro como unidad universal de longitud. Pese al decreto oficial la erradicación de la cana en la vida diaria fue extremadamente lenta. Durante décadas arquitectos, carpinteros, labradores y comerciantes de tejidos continuaron pensando y calculando en canas y palmos. Los ayuntamientos tuvieron que imprimir mapas de equivalencia y los diarios de la época publicaban avisos didácticos para convencer a la ciudadanía que la compra por metros no mermaba el valor de las mercancías.
La cana barcelonesa ha quedado relegada al ámbito de la historia y la arqueología urbana. Ahora bien, si uno se acerca a la esquina de la capilla de Santa Llúcia para observar la piedra desgastada que sirvió durante siglos como árbitro del mercado, verá que su colocación no es una casualidad. La cana se ponía en edificios públicos y religiosos muy visibles para que cualquier comerciante o vecino pudiera comprobar que sus varas de medir eran exactas y no había engaños. Otros lugares de medición era la Llotja de Mar, la Portaferrissa, el Ayuntamiento, y los mercados municipales, como los que se instalaban en la Plaza del Rey o Santa María del Mar.