Cabeza de la manifestación convocada por ANC, Òmnium y otras entidades con motivo de la Diada, este viernesEuropa Press / Kike Rincón

La Diada empezó y acabó de la misma forma: con el independentismo clásico renunciando a gritar contra España para centrar su ira y frustración en Sílvia Orriols.

La vigilia de la Diada trajo la dimisión de Josep Lluís Trapero, jefe de la policía autonómica durante el referéndum ilegal del 1 de octubre del 2017 y gran fichaje de Salvador Illa, que abandona la consejería de Interior tras llegar al máximo de incompatibilidad personal y profesional con su titular, Núria Parlon.

Pero la bomba Trapero quedo en nada ante la encuesta de Sigma Dos para El Mundo según la cual, en su horquilla más favorable, Orriols está a solo tres escaños de Illa. Aliança Catalana ha pasado de 0 a 100 en menos tiempo que un Tesla, y los partidos independentistas establecidos y aliados de Sánchez están desesperados.

Aquellos que, durante décadas, con la aquiescencia del poder establecido, se hartaron de quemar banderas nacionales, de gritar «p… España» y de prometer la independencia para ayer por la tarde ahora han girado los cañones para bramar contra el monstruoso hijo fruto de su supremacismo: Aliança Catalana. Los autoproclamados antifascistas mientas quemaban contenedores en la noche del viernes estaban más preocupados de perder su poder e influencia a manos de los de Orriols que de seguir insultando a la España, que, incomprensiblemente, les mantiene y subvenciona.

Cambio de gobierno

El hundimiento de Junts y los Comunes o el estancamiento de ERC que apuntan las encuestas, así como la caída del PSC, es un terremoto demoscópico que no solo aleja a Pedro Sánchez de su cacareada intención de seguir más allá de 2031, sino que también le hace imposible soñar en repetir el Frankenstein en 2027.

Illa y los socialistas catalanes, en colapso multisectorial por la deficiente gestión y conflictos en educación, salud o transportes fueron unos invitados de piedra en una Diada donde los radicales habituales y autorizados le hicieron la campaña gratis a Orriols. Si entró en el 11S a tres escaños de Illa, quién sabe si no salió empatada o por encima.

Y es que lo que proponen AC o Vox, ambos en ascenso en las encuestas en Cataluña, basado en poner orden en la calle y echar a los emigrantes ilegales, suena a ultraderecha en los oídos de la élite política catalana, pero es lo quiere la mayoría de los catalanes, incluidos los votantes del PSC, ERC y, obviamente, Junts.

Ante el pinchazo de público –que una indulgente Guardia Urbana de Barcelona situó en 45.000 asistentes–, la ANC hizo ya un llamamiento a la Diada del próximo año y es que para el independentismo catalán nada motiva más para movilizarse que la presencia de la derecha en el gobierno de España. Parece que el independentismo ya sabe que su alianza con el sanchismo tiene fecha de caducidad y fían su supervivencia y resurrección a que Feijóo y Abascal encabecen el próximo Consejo de Ministros.

Un manifestante carga una urna del referéndum ilegal de 2017, este viernes en BarcelonaEFE

El futuro de la política catalana ya no es España sí o no. La cuestión nuclear es Orriols. Cada vez que Illa, Junqueras, Albiach o los de la CUP llaman a combatir el fascismo, en alusión a Aliança, estos suben en las encuestas. Pero que nadie crea que no puede haber reconciliación entre independentistas, al igual que en su día Artur Mas y David Fernández, por entonces líder de la CUP, se abrazaron para formar gobierno, el independentismo dejará a un lado sus diferencias y se unirá para volver al poder en la Generalitat, y más si este es contra el PP y Vox.

La Diada, en definitiva, fue una muestra más de debilidad de los socios de Sánchez y una exhibición impúdica de la división independentista. Y es que ya lo dijo Aznar: «Antes se dividirá Cataluña que se romperá España». Pero ante todo la Diada fue el anuncio de que el independentismo, hoy social y políticamente moribundo y solo asistido por la respiración artificial que le da el sanchismo, tiene claro que dentro de un año renacerá de sus cenizas contra Feijóo y Abascal.

Los independentistas ya saben lo que Sánchez se niega a asumir: el cambio en España parece inevitable... y los independentistas, paradójicamente, lo celebran por adelantado a un año vista.