Ilustración del Teatro La Zarzuela, surgido en Barcelona en 1865

Ilustración del Teatro La Zarzuela, surgido en Barcelona en 1865Generada con IA

Historia

El coliseo efímero que desafió la moral burguesa con el cancán y revolucionó el ocio popular

Surgido en Barcelona en 1865, el Teatro de la Zarzuela democratizó el ocio popular y desafió a la burguesía con cancán

A mediados del siglo XIX Barcelona era un proyecto en fase de construcción. Tras el derribo de las murallas el Paseo de Gracia no albergaba palacetes modernistas ni locales comerciales de lujo, sino una ancha calzada de tierra flanqueada por hileras de árboles y espacios de recreo campestre. Lugares de esparcimiento como los Campos Elíseos, el Prado Catalán, el Jardín de Euterpe o el modesto Criadero, un vivero municipal concebido para nutrir de vegetación la zona, funcionaban como una vía de escape indispensable para una población ansiosa de aire puro y entretenimiento. Fue en este marco cuando en 1865 se puso en marcha el efímero Teatro de la Zarzuela.

Aunque en la documentación de la época figura alguna mención dispersa previa a 1865 referida a locales bajo dicha denominación, la investigación historiográfica sitúa el nacimiento de esta sala estival a finales de mayo de aquel año. Su origen fue humilde e improvisado. La empresa teatral arrendó una parcela de terreno dentro del propio recinto del Criadero. Allí levantaron a toda prisa una estructura de madera y desprovista de las mínimas condiciones de comodidad e higiene. El público barcelonés no tardó en bautizarla con el apodo de «El Barracón».

A pesar de las grietas, el calor sofocante del verano y los rudimentarios asientos, el telón se alzó el sábado 3 de junio de 1865. Para la velada inaugural la compañía puso en escena la aclamada zarzuela en tres actos «Jugar con fuego», con música de Francisco Asenjo Barbieri y libreto de Ventura de Vega. La función contó con la participación de la Sociedad de Amigos Tintoreros. Este coro gremial interpretó, a cappella, la pieza «De bon matí», obra de Josep Anselm Clavé galardonada en un festival coral.

El precio de las localidades estaba ajustado para que todo el mundo pudiera acudir a ver el espectáculo. Iban desde los 3, 2 y 1 reales. Los dos primeros tenían derecho a sentarse. Para facilitar la asistencia, la venta de entradas y abonos para series de 20 funciones se gestionaba en céntricos puntos de la ciudad, como la sombrerería del señor Puig, Rambla del Centro, núm. 8 o en el casino de la Amistad, Rambla de San José, núm. 39, piso primero.

La estancia en los terrenos del Criadero duró veinte días. El espacio resultaba pequeño para las ambiciones de la compañía y la creciente afluencia de espectadores. El 13 de junio, las páginas del Diario de Barcelona publicaron un anuncio urgente. La empresa informaba que el teatro se trasladaba a la acera opuesta del Paseo de Gracia. La mudanza prometía notables mejoras en las instalaciones. Un escenario más amplio, mayor aforo en el patio de butacas y un refuerzo en el elenco artístico para programar obras con mayor número de intérpretes y cuerpo de baile.

El último pase en la ubicación original tuvo lugar el 15 de junio, tras haber ofrecido el 5 de junio las zarzuelas «El postillón de La Rioja» de Cristóbal Oudrid y Luis de Olona y «El niño» de Asenjo Barbieri y Mariano Pina; el 7 de junio las zarzuelas «El gran bandido» de Cristóbal Oudrid y Manuel Fernández Caballero y «El último mono» de Cristóbal Oudrid y Narciso Serra; el 10 de junio la zarzuela «Un tesoro escondido» de Asenjo Barbieri y Ventura de la Vega; y el 14 de junio la zarzuela «¡Diez mil duros!» de Luis Arche y Mariano Pina Bohigas.

El 22 de junio de 1865, «El Barracón» reabrió en su emplazamiento definitivo. La nueva sede se situó en la acera del lado Llobregat, en la manzana delimitada por la Gran Vía, entonces calle Corts, el Paseo de Gracia y la Rambla de Catalunya. En ese terreno, donde en 1868 se construiría el Palacio de Exposiciones de Bellas Artes y que en 1869 pasaría a ser propiedad de Llorenç Oliver Soler, conde de San Juan de la Violada, el recinto alcanzó su etapa de mayor popularidad. La reapertura se celebró con la zarzuela «Los diamantes de la Corona» de Barbieri y Francesc Camprodón.

A pesar de su nombre, el Teatro de la Zarzuela no fue un espacio dedicado en exclusiva a la lírica española. Como era habitual en los coliseos populares del siglo XIX, la programación abarcaba múltiples géneros. Con las obras de Barbieri o Cristóbal Oudrid convivían comedias costumbristas, exhibiciones de circo ecuestre y las aplaudidas actuaciones de las compañías de bufos, actores cómicos que encandilaban al público con parodias satíricas.

La historia del local cambió como consecuencia del triunfo de la Revolución de septiembre de 1868, también conocida como La Gloriosa. La caída de Isabel II y el inicio del Sexenio Democrático trajeron consigo mayor libertad de prensa y un relajamiento de la moral oficial. En esa atmósfera de transformación desembarcó en el teatro un baile procedente de los cabarés parisinos conocido como el cancán.

Los movimientos acrobáticos y las faldas agitadas en el aire desataron un intenso debate en la Barcelona de la época. La burguesía conservadora denunció las representaciones como una falta grave contra la decencia y la moral pública. La juventud liberal y las clases populares acudieron en masa a la sala, convirtiéndola en un punto de encuentro lleno de entusiasmo y aplausos. El modesto barracón de madera se transformó en el centro de las discusiones culturales de la ciudad.

El esplendor del Teatro de la Zarzuela fue breve. Con el avance de la urbanización del Paseo de Gracia y el incremento en el valor inmobiliario de los terrenos, las estructuras efímeras de madera fueron perdiendo su razón de ser. A lo largo de 1872 el recinto comenzó a desaparecer de las carteleras de espectáculos que la prensa local publicaba a diario. Sin una despedida formal, «El Barracón» cerró definitivamente sus puertas, dejando paso al desarrollo urbano del Ensanche. Hoy apenas queda el recuerdo de aquel espacio de madera donde la zarzuela, el circo y el cancán formaron parte de la vida cotidiana barcelonesa.

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