Cuadro Un Mundo, de Ángeles Santos Torroella (1929)

Cuadro Un Mundo, de Ángeles Santos Torroella (1929)Archivo

La genio incomprendida a la que encerraron en un psiquiátrico por ser demasiado libre

Ángeles Santos revolucionó la pintura vanguardista española con el cuadro Un mundo, pero la presión social y familiar truncó su audaz genio

En la pintura española del siglo XX hay irrupciones tan potentes que cuesta etiquetarlas y la de Ángeles Santos Torroella (Portbou, 1911 - Madrid, 2013) es una de las más fascinantes. Hija de un inspector de aduanas, creció mudándose de ciudad en ciudad. Nada en su entorno hacía presagiar que, con solo diecisiete años y desde una provincia tan conservadora como la Valladolid de finales de los veinte, acabaría siendo un referente del arte moderno.

Su vocación se inició por casualidad en un colegio de Sevilla, cuando una monja vio sus bocetos y aconsejó a la familia que se dedicara a la pintura. En Valladolid tomó clases con el profesor italiano Cellino Perotti. Su estilo verdadero no nació en la academia. Surgió leyendo la poesía de la época, de las publicaciones sobre el realismo mágico europeo y de una imaginería personal desbordante.

En la primavera de 1929, guiada por la idea de pintar el mundo, pidió a su padre un lienzo gigante de tres metros que clavó con chinchetas a la pared de su habitación. De ahí surgió Un mundo (1929), una obra icónica de la vanguardia. Inspirada por el ensayo de Franz Roh y la lírica de Juan Ramón Jiménez o Baudelaire, reinventó la gravedad mostrando la Tierra como un planeta cúbico con casas, trenes y figuras femeninas encendiendo estrellas en la noche. En ese mismo año pintó Tertulia, un retrato de mujeres leyendo y fumando que plantaba cara al rol tradicional femenino.

Cuando llevó los cuadros al Salón de Otoño de Madrid en 1929, dejó boquiabierta a la intelectualidad de la Generación del 27, Federico García Lorca, Jorge Guillén y Ramón Gómez de la Serna entre ellos, y la crítica la consagró como una revelación genial.

El éxito de Ángeles Santos tuvo su cara amarga. Pasar del recogimiento de Valladolid al escaparate público madrileño fue un terremoto difícil de asimilar. Aquella chica menuda se vio en el centro de todas las miradas. La invitaban a dar conferencias, exponía en el Círculo de Bellas Artes o en el Lyceum Club Femenino. Todo el mundo quería a la niña prodigio. El acoso de los medios y a su propia exigencia artística acabó pasándole factura.

A comienzos de 1930 estaba exhausta. El cuerpo y la mente le dijeron basta. El agotamiento se traducía en noches en blanco, ataques de ansiedad y un poso amargo de melancolía. Ella misma lo explicaba al recordar aquellos días. «Estaba nerviosa y solo me apetecía llorar. No sabía lo que quería». No era más que la respuesta natural de una muchacha de dieciocho años desbordada por su propio genio y por el vértigo de un entorno que no le daba tregua.

En la España conservadora de 1930 no había espacio para comprender lo que le pasaba. Su familia no reaccionó con comprensión ni sensibilidad. Su padre, Julián Santos, un inspector de aduanas severo y acostumbrado a la disciplina, vio con espanto la transformación de su hija. Para él lo que le ocurría a Ángeles no era el desgaste propio de una artista de vanguardia, sino un desequilibrio peligroso que amenaza con arruinar el futuro de una joven de buena familia.

El internamiento en un psiquiátrico no respondió a ninguna razón médica. Fue la respuesta de un entorno incapaz de asumir la diferencia. En aquella época salirse del guion, mostrar independencia, dejar de lado la religión, pintar cuadros oscuros o rechazar el destino tradicional del noviazgo y el hogar, se etiquetaba como histeria o misticismo morboso. La libertad de Ángeles resultaba incómoda y la solución fue intentar someterla.

Su padre la trasladó a Madrid y la ingresó a la fuerza en un sanatorio mental. Ángeles quedó encerrada, incomunicada, sin acceso a sus pinceles y separada del mundo. La noticia provocó la indignación inmediata de los intelectuales que tanto la habían admirado. Todos comprendieron que no se trataba de un problema de salud, sino de un castigo contra una mujer demasiado libre para su tiempo.

El encargado de alzar la voz con más fuerza fue Ramón Gómez de la Serna. Fascinado por la pintura de Ángeles utilizó la prensa como altavoz. El 1 de abril de 1930 publicó en La Gaceta Literaria un artículo titulado «La genial pintora Ángeles Santos incomunicada en un sanatorio». Escribió que «ella se quedó en Valladolid, sojuzgada a la ley común de las menores, tan estrecha y tan injusta para ella, penando de soterración, bajo unas estrellas provincianas que eran como guijos que hacían daño a su carne almada, a su espíritu sobrehumano».

La presión mediática y el escándalo social acorralaron a la familia. Sin argumentos para justificar el encierro ante el clamor público, el padre cedió y Ángeles salió del psiquiátrico tras mes y medio de reclusión. En octubre de 1930 el Salón de Otoño de Madrid le rindió un homenaje cediéndole una sala entera para exponer treinta y cuatro obras. Ahora bien, por dentro algo se había roto para siempre. El trauma de la reclusión funcionó como una advertencia sobre los peligros de ser demasiado audaz. La fuerza salvaje y visionaria que alumbró el cuadro Un mundo empezó a apagarse. Ángeles llegó a destruir o pintar encima de varios cuadros de esa época, como queriendo borrar las huellas de un dolor insoportable.

Años después, instalada en Barcelona y tras casarse en 1936 con el pintor Emilio Grau Sala, su lenguaje místico y provocador dejó paso a un postimpresionismo amable, luminoso y sereno, con paisajes, flores e interiores domésticos que ya no asustaban a nadie. Ángeles Santos vivió más de un siglo y acabó recibiendo reconocimientos como la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes o la Creu de Sant Jordi. Aunque su inspiración se apagó por unas circunstancias sociales marcadas por los convencionalismos y el decoro de la época, al hablar de ella uno debe retroceder a 1929, a la imagen de esa chica de diecisiete años que quiso pintar el universo entero en un lienzo y a la que le cortaron las alas en cuanto intentó volar demasiado alto.

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